Escuela Nacional de Artes Cinematográficas
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El arte tiene la posibilidad de plantear escenarios donde los problemas de una época y las preocupaciones de una generación son atendidos de la manera en que el autor considera ideal. Sobre esto la nueva película de Paul Thomas Anderson, Una Batalla Tras Otra, demuestra que la fantasía puede hacer relucir los síntomas más visibles de los conflictos actuales. En este caso se plantea una revisión de los problemas raciales en Estados Unidos que se han acarreado por generaciones, las instituciones que han buscado mantener una supremacía blanca en el poder, la oposición que les ha combatido desde su trinchera y la herencia que tienen en las nuevas generaciones. La película se estrenó el pasado 25 de septiembre, y actualmente continúa en cartelera.
La trama comienza en los años en que Rocketman y Perfida Beverly Hills (interpretados por Leonardo DiCaprio y Teyana Taylor, respectivamente) fueron una pareja de activistas políticos que defendían a los migrantes y plantaban bombas en el congreso junto con su grupo de revolucionarios “French 75”, haciendo una alusión a los grupos de Francia 68. En esos años Perfida conoce al Coronel Lockjaw (personificado por Sean Penn), con quien tiene una relación que oscila entre el odio y la tensión erótica. Perfida tiene su primera hija, Willa, cuya paternidad es dudosa entre Rocketman y Lockjaw. El peso de la maternidad resulta ser demasiado para Perfida, sus acciones se vuelven impulsivas, se equivoca en un momento crucial y termina por ser atrapada por el mismo Coronel con el que tuvo su romance. Perfida entrega a la mayoría de sus compañeros a la ley, obligando a Rocketman a escapar con Willa y cambiar de identidad para protegerse, pero 16 años después el Coronel regresa a buscar a su posible hija con la intención de eliminar el vestigio de un mestizaje que podría frustrar sus planes para incluirse en una de las máximas organizaciones supremacistas de su país.
Después del exilio Rocketman se vuelve un paranóico adicto a la marihuana, una sombra de lo que llegó a ser. Aunque bienintencionado, es torpe, olvidadizo y constantemente tiene que ser acarreado por otras personas más capaces. A través de este personaje Anderson hace una sátira de los grupos revolucionarios del siglo pasado y los presenta como una generación mediocre que llegó hasta donde pudo en la lucha social, y se concentró en sentar las bases para que las nuevas generaciones estén preparadas para un enfrentamiento y tomen la batuta en su debido momento. Son los mentores de una generación de gente más joven e inexperta, pero con mayor ímpetu para salir a las calles y protestar contra las redadas de detención de migrantes que llegan junto con el Coronel Lockjaw.
El Coronel también es una sátira de las organizaciones complotistas de supremacía aria y la hipocresía al fetichizar las diferentes razas a las que predican odio. A pesar de sus defectos, tiene la enorme ventaja de ostentar un enorme poder que representa el aparato titánico que sistemáticamente favorece los privilegios de las clases altas y puede combatir a las organizaciones civiles que se les oponen con una diferencia considerable en sus fuerzas.
Y aunque todo el planteamiento satírico es en apariencia esperanzador, existe cierta apatía al volver a estos revolucionarios un vestigio viviente de una lucha abandonada y heredar estas responsabilidades a las nuevas generaciones, quienes se enfrentan a un aparato mucho más organizado y aparentemente inamovible. Para Anderson la resistencia social da pasos diminutos, y reconoce que poco se puede hacer contra el sistema de clases. La sátira no es solamente para su generación, sino para los movimientos sociales de hoy en día. Existe una mirada condescendiente hacia el ímpetu de la generación de Willa y sus luchas: los derechos de los migrantes, la identidad de género y la conectividad digital. Todo esto es representado con la actitud paternalista de alguien que puede comprender hasta cierto punto los cambios sociales que se están dando, pero que tiene poca esperanza en que puedan concretarse. Actitud derrotista que se puede sintetizar con la frase “como te ves me ví, y como me ves te verás”.
Lo más extrañamente contradictorio de esta película es el hecho de ver representaciones muy similares de las protestas que actualmente se están dando en Estados Unidos en respuesta a ICE y la detención masiva de migrantes siendo lideradas por un personaje cuyo actor en la vida real es propietario de una isla privada y goza del estatus que en la ficción está combatiendo. Las palabras “Viva la Revolución” pierden todo su significado cuando salen de la boca de DiCaprio y en general la protesta e inconformidad del discurso revolucionario de la película solamente puede llegar hasta un corto límite cuando es producida por un aparato hollywoodense que se encuentra inscrito dentro del sistema que dice criticar. La gente está preocupada por la violencia que se está ejerciendo contra las poblaciones más vulnerables, la presencia de la ultraderecha en varios gobiernos del mundo incrementa, lo que augura que esta clase de segregación y represión vaya en aumento, por eso la necesidad de representación de estos problemas es algo que compete al arte actual. Aunque ciertos medios masivos parecen compartir estas preocupaciones, no pueden brindar un análisis crítico más allá de una superficial empatía por el rol que juegan en el sistema político y económico. Un verdadero análisis crítico a las problemáticas sociales actuales puede ser dado por la misma gente que las está viviendo. Gracias a la era de la comunicación digital, tenemos la posibilidad de que la información difundida goce de puntos de vista que se encuentran presentes en el conflicto y no solamente las representaciones condescendientes a las que nos ha acostumbrado hollywood por décadas.
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