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Foto de Kampus Production

Un otoño sin descanso

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

¡Es momento de hablar de una política digna de cuidados!

Picture of Paola Vázquez Sandoval

Paola Vázquez Sandoval

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

“El día que yo falte, ¿qué va a hacer él? Pero si él se va primero… que me perdone Dios, pero voy a sentir mucho alivio”. En el otoño de su vida, Manuela se despierta todos los días a las siete de la mañana para revisar que su esposo, Alejandro, no haya mojado el sillón durante la noche. Lleva diez años cuidándolo. No puede salir, le inquieta dejarlo solo. Dice que, entre el desayuno, la comida, la cena y las pastillas, el día se le va como agua. La única compañía de Manuela ni siquiera puede responder con monosílabos. A veces piensa que habla con su propio dedo.

Manuela es una de las siete de cada diez mujeres que cuidan a adultos mayores de 60 años o más en México, según datos de la Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENASIC). Para cuando el reloj de la sala marca las diez, Manuela despierta a Alejandro para que desayune, un proceso que le toma casi dos horas. A las doce le da sus pastillas. Las siguientes horas intenta hacer algunos quehaceres del hogar, pero por el cansancio, generalmente solo logra lavar unos cuantos trastes y recoger un poco. Luego pide comida en una cocina económica a unas calles de su casa. “A nadie le gusta ya como cocino”, comenta.

“No me considero una buena persona, ni santa. No he tenido problemas con nadie. ¿Qué haría yo? ¿Para qué Dios me mandó esta cruz? Que no está pesada como otras.” Manuela reconoce que tiene una posición privilegiada. Antes del derrame cerebral y la diabetes crónica que hoy padece su esposo, él trabajó para el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y ella fue maestra de primaria. Gracias a eso, ambos reciben pensión y pueden acceder a medicamentos a través del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE). Por otra parte, de una lista de más de diez medicamentos que el seguro entrega para su esposo, casi siempre falta uno. Entonces tiene que repetir el proceso: hacer la cita, organizar la salida y llevarlo. Aunque falte una sola caja con 28 pastillas, el ISSSTE exige que pasen los 15 días que le deben durar antes de volver a surtirla. A veces tienen que hacer hasta dos vueltas por lo mismo. Manuela habla con detalle sobre las dosis, los horarios y el tratamiento. El tiempo se le va entre pastillas y cuidados. No habla de ella, lo considera innecesario. La atención está siempre puesta en la persona que cuida:

“Yo deseaba llegar a ser viejita con mi viejito, cariñosos los dos. De esos viejitos que cuando te platican sientes que les robas su experiencia. Pero a mí ya no me platican”, dice Manuela mientras su dedo índice izquierdo tiembla sin parar. Está muy cansada. Últimamente se desespera por todo, pero no quiere quejarse con sus hijos. Ellos no le ayudan: “Están ocupados con sus cosas”. Solo sus hermanos le preguntan cómo está ella; los demás preguntan por la salud de Alejandro. El 39.1 % de las mujeres cuidadoras reporta agotamiento, el 31.7 % duerme menos y el 22.7 % se siente irritable, de acuerdo con la ENASIC. 

El síndrome del cuidador la acecha. Ese desgaste físico y emocional que viven quienes atienden constantemente a otras personas, especialmente cuando estas no pueden valerse por sí mismas, se manifiesta en forma de agotamiento extremo, desmotivación y cambios de ánimo. Alejandro parece contagiarle sus malestares. Si termina todo lo que ella le sirve, Manuela se siente satisfecha. Esa pequeña victoria le da consuelo. “No lo hago porque me lo vayan a pagar, sino por entregarle buenas cuentas a mis nietos y a mis hijos”.

Manuela “aguanta vara”. Cuando Alejandro le pidió que fuese su novia, le obsequió un anillo de ópalo blanco. “Me decía mi mamá, ¡ay no!, el ópalo son puras lágrimas …¡pero yo soy bien machota!”, sostiene. Siempre le tuvo miedo a su mamá. Fue ese sentimiento el que le impidió separarse de Alejandro después de diecinueve años juntos, cuando descubrió que tenía otras “prioridades” o, mejor dicho, a alguien más. “Yo lo adoré. Lo amé con todo mi ser. Diecinueve años duré queriéndolo tanto”, dice mientras voltea a la nada, como si quisiera traer el sentimiento de regreso, pero sabe que no es posible.

El cuidado se aprende y se reproduce dentro de un contexto cultural determinado, guiado por reglas sociales como la división del trabajo basada en el género y las responsabilidades familiares. Estos mecanismos perpetúan un modelo social que exime a los hombres del deber de cuidar, mientras que coloca a las mujeres en una posición de subordinación al servicio de las necesidades de los demás. Manuela fue educada de esta forma. No pretende zafarse de lo que considera “su responsabilidad” como esposa y madre. 

Su dedo sigue temblando, como recordatorio de todo lo que ha sostenido. El anillo de ópalo blanco ya no brilla. El sistema no da tregua, y mientras no exista un verdadero esquema de cuidados en México, miles de mujeres como ella seguirán apagándose lentamente, sin que nadie se dé cuenta. A veces, cuando se queda sola en la sala, siente que, al igual que Alejandro, también se ha ido un poco. Como las hojas en otoño.

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