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Tensión y futuro incierto: actualidad de Venezuela

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La intervención militar no puede ni debe presentarse como la solución

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Salvador Padilla García

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

En la madrugada del 3 de enero, en medio de una profunda disputa política y de acusaciones directas por narcotráfico contra el Presidente venezolano Nicolás Maduro por parte del gobierno de Estados Unidos, se llevó a cabo una operación militar calificada como “precisa” con el objetivo de detener al máximo líder de Venezuela. El hecho, que se desarrolló en cuestión de minutos, sacudió de inmediato la conversación pública y las redes sociales, convirtiéndose en un nuevo punto de quiebre en la crisis política venezolana. 

Las reacciones no tardaron en llegar. Mientras algunos sectores interpretaron la acción como una medida necesaria frente al deterioro democrático y la crisis humanitaria que atraviesa el país, otros la denunciaron como una violación flagrante a la soberanía venezolana. Gobiernos, organismos internacionales y analistas se dividieron entre el respaldo, la condena y el silencio. 

Más allá de las posturas inmediatas, el episodio dejó al descubierto un debate de fondo que no es nuevo, pero que se vuelve cada vez más intenso: ¿se trató de un acto de justicia internacional o de una injerencia directa en los asuntos internos de un Estado soberano? Todo ello ocurre en un contexto donde la legalidad, la legitimidad y el poder se disputan en múltiples frentes. 

El 10 de enero de 2025, Nicolás Maduro asumió su tercer mandato como presidente de Venezuela en un clima de alta tensión política y profunda polarización social. La ceremonia se realizó bajo fuertes cuestionamientos sobre la legitimidad del proceso electoral, marcado por denuncias de irregularidades, falta de garantías democráticas y un rechazo abierto por parte de amplios sectores de la oposición. 

En paralelo, una parte significativa de la comunidad internacional desconoció el resultado oficial y reconoció a Edmundo González como presidente electo, profundizando el aislamiento diplomático del gobierno venezolano y reavivando el debate sobre la legalidad y legitimidad del nuevo mandato. Ese mismo día, la tensión escaló aún más cuando el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció el incremento de la recompensa por información que condujera al arresto de Nicolás Maduro, elevándola a 25 millones de dólares. Para Caracas, la decisión fue una provocación directa y un acto de presión política; para Washington, una señal clara de endurecimiento de su postura frente al régimen. 

Para responder si estos hechos constituyen un acto de justicia internacional o una injerencia directa, es necesario reconocer que el caso venezolano se inserta en una crisis más profunda del orden político y jurídico internacional. 

Desde la óptica de quienes defienden la acción como justicia internacional, el argumento central sostiene que el gobierno de Nicolás Maduro ha perdido legitimidad no solo política, sino también moral. Las denuncias de violaciones sistemáticas a los derechos humanos, la persecución de opositores, el colapso institucional y la migración forzada de millones de venezolanos son presentadas como evidencia de que el Estado dejó de cumplir su función básica de proteger a su población. Bajo esta lógica, cuando la justicia interna está ausente o capturada por el poder, la comunidad internacional puede —e incluso debe— asumir un rol activo. No se trataría de castigar a un jefe de Estado por razones ideológicas, sino de responsabilizar a un actor acusado de delitos que trascienden fronteras y afectan la estabilidad regional. 

Este enfoque se apoya en una noción contemporánea del derecho internacional: la responsabilidad de proteger, según la cual la soberanía no es un escudo absoluto, sino una obligación frente a la ciudadanía. Cuando un gobierno incumple de manera sistemática esa responsabilidad, la soberanía se debilita y abre espacio para acciones externas. Desde esta perspectiva, la presión sobre Maduro se justificaría como una respuesta excepcional ante una situación igualmente excepcional. 

No obstante, desde el derecho internacional tradicional y la defensa estricta de la soberanía, los hechos pueden interpretarse como una injerencia directa en los asuntos internos de un Estado soberano. Venezuela, independientemente de su crisis política, sigue siendo un Estado reconocido internacionalmente, con instituciones formales y un gobierno que ejerce control territorial. Cualquier acción unilateral contra su jefe de Estado, sin un mandato explícito de organismos multilaterales como la ONU, vulnera principios fundamentales como la no intervención, la igualdad soberana entre Estados y la autodeterminación de los pueblos. 

Además, este tipo de acciones abre un precedente peligroso: ¿quién decide cuándo un gobierno deja de ser legítimo?, ¿bajo qué criterios?, ¿y con qué autoridad? Si esas decisiones quedan en manos de potencias individuales, el riesgo es transformar la justicia internacional en una herramienta política selectiva, aplicada con dureza a algunos regímenes y con indulgencia a otros. Desde esta perspectiva, más que justicia, lo ocurrido refleja una relación de poder y una forma contemporánea de intervención. 

En realidad, el caso venezolano se mueve en una zona de ambigüedad, donde chocan dos principios hoy en crisis: la soberanía estatal y la legitimidad democrática. No es únicamente un acto de justicia internacional, porque carece de consenso global, de un proceso judicial plenamente reconocido y de una arquitectura jurídica multilateral sólida; pero tampoco puede reducirse a una simple injerencia, porque ocurre en un contexto donde la legitimidad interna del poder está profundamente erosionada y donde amplios sectores de la población no se sienten representados ni protegidos por el Estado. 

Más que ofrecer una respuesta cerrada, el episodio expone un dilema central de nuestro tiempo: el orden internacional no ha logrado resolver qué hacer cuando un gobierno es legal en términos formales, pero ilegítimo para una parte significativa de su pueblo y de la comunidad internacional. En ese vacío, las acciones externas oscilan entre la justicia y la imposición, entre la defensa de los derechos humanos y el ejercicio del poder. 

La pregunta, entonces, no es solo si fue justicia o injerencia, sino qué tipo de mundo se está construyendo cuando la legalidad, la legitimidad y la fuerza dejan de coincidir y, sobre todo, quién termina pagando el costo político, social y humano de esa contradicción. La intervención militar no puede ni debe presentarse como la solución. Lejos de resolver las causas estructurales de la crisis venezolana, el uso de la fuerza tiende a profundizar la polarización, agravar el sufrimiento de la población civil y erosionar aún más los ya frágiles marcos del derecho internacional. La historia reciente demuestra que las intervenciones armadas, aun cuando se justifican en nombre de la democracia o los derechos humanos, suelen dejar más inestabilidad que certezas. 

Si la comunidad internacional aspira a una salida duradera y legítima, esta no puede construirse desde la imposición militar, sino desde mecanismos políticos, diplomáticos y multilaterales capaces de priorizar el diálogo, la presión institucional y el respeto a la autodeterminación de los pueblos. De lo contrario, el remedio corre el riesgo de ser más destructivo que la enfermedad, y el costo recaerá, una vez más, sobre quienes menos poder tienen para decidir el rumbo de su país.

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