Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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Un hecho llamativo de este año 2025 es la reafirmación de que, aunque parezca broma, millones de niños alrededor del mundo se han vuelto adictos a imágenes y videos humorísticos sin sentido, producidos en masa y de consumo inmediato, conocidos en su conjunto como “podredumbre cerebral”.
Uno de los máximos exponentes de este contenido es el llamado italian brainrot, protagonizado por criaturas de fantasía generadas por inteligencia artificial (IA) acompañadas por una melodía pegajosa. Este material, en apariencia juguetón, evidencia el potencial de la IA para reforzar y difundir mensajes simplistas, polarizantes y hasta violentos a gran escala. Por ejemplo, el famoso tiburón Tralalero Tralala se divierte lanzando blasfemias contra Alá; asimismo, Bombardiro Crocodilo —mezcla de lagarto y avión de combate— disfruta participar en bombardeos contra niños palestinos.
Pese a su carácter burdo y ofensivo, la italian brainrot sólo es el síntoma de un problema más grande, el cual es que la IA suele desincentivar el pensamiento crítico de sus usuarios, quienes llegan a aceptar todo lo que dice sin mayor reflexión. En este sentido, aunque la IA en sí no es mala, como lo demuestra su uso en la investigación médica, lo problemático es el concebirla como una máquina omnipotente y neutral. Lamentablemente, esta narrativa de que no deberías cuestionar a la IA porque todo lo hace mejor que tú —desde pensar hasta cantar y dibujar— ha sido promovida con éxito por compañías tecnológicas millonarias, lo que les ha permitido maximizar sus ganancias y minimizar las críticas que reciben.
Alcanzado este punto, vale la pena preguntarse: ¿por qué millones de personas han dejado que la IA piense por ellas, interpretando sus respuestas como verdades absolutas sin importar que puedan ser superficiales y sesgadas? Una clave para entenderlo se encuentra en el concepto de “sociedad porno”, desarrollado por el filósofo Byung-Chul Han en el libro La sociedad de la transparencia, el cual parte de la distinción entre erotismo y pornografía.
Según este pensador, el erotismo es una especie de juego que se vale de la oscuridad, el enigma y la ambigüedad para seducir y generar un placer lento, pero significativo, que va más allá de la exhibición directa de la desnudez; es así que, debido a la importancia que se le da a la ilusión y al uso de signos con múltiples significados, las vivencias eróticas requieren ser tomadas con calma, constituyéndose como auténticos espacios de silencio y contemplación. En contraste, la pornografía consta de experiencias sexuales estridentes pero superficiales, carentes de misterio y ambigüedad, en donde lo que se busca es la obtención de placer inmediato a través del total desnudamiento; cabe señalar que, gracias a su falta de profundidad y fácil consumo, la pornografía ayuda a que el torrente del capital siga fluyendo. En suma, se puede decir que mientras el erotismo presenta diversos matices que “hacen volar a la imaginación”, la pornografía muestra una visión unívoca que “no deja nada a la imaginación”.
Han emplea la comparación anterior para argumentar que vivimos en una sociedad de corte pornográfico, en la que la reacción inmediata, la producción en masa y el hiperconsumo son la norma. Esto no es sorpresa para él, pues un mundo obsesionado con el multitasking que fríe nuestra capacidad de atención, con la hipercomunicación que nos obliga a estar pendientes de infinitas tendencias para no quedarnos atrás, y con la idea de que si no eres visto no existes, sólo puede producir individuos cansados y sobreestimulados sin tiempo ni energía para pensar. En este contexto, los ataques en contra de todo lo que no se apega a los estándares se vuelven frecuentes, al interferir con el ciclo perpetuo de producción-gratificación instantánea. De este modo, la sociedad porno es una sociedad del espectáculo y del consumo atrapada en un presente eterno, en la cual tanto la memoria del pasado como la búsqueda de alternativas futuras pierden su valor.
Las dinámicas previas dejan ver que muchas de las problemáticas que se le atribuyen a la IA, en realidad, ya existían desde antes —producto de la sociedad porno— aunque de manera más “artesanal”. Por ejemplo, en la actualidad a innumerables alumnos se les ha hecho fácil copiar y pegar lo que dice ChatGPT para resolver sus tareas, pero en años pasados hacían lo mismo con datos procedentes de Wikipedia. De igual forma, el uso de herramientas digitales para crear fotografías falsas no es un fenómeno nuevo, ya que lo que hoy se genera con IA ayer se elaboraba con Photoshop. Tampoco hay que ignorar que animaciones de mala calidad que buscan el dinero fácil a la par que menosprecian la inteligencia de los niños —como la italian brainrot— siempre han existido. Bajo esta perspectiva, el hecho de que numerosas personas se dejen guiar por la IA se debe a que ésta se amolda perfectamente a los requerimientos de la sociedad porno imperante de antemano, con sus respuestas inmediatas, sanitizadas y estandarizadas.
Ahora bien, no basta con entender que el furor acrítico por la IA es consecuencia de una sociedad marcada por la superficialidad, sino que es necesario comprender que esta tecnología se ha vuelto una herramienta importante del gran capital para mantener el statu quo. Por una parte, el perfeccionamiento de IA destinada a monitorear la productividad de los trabajadores conducirá a una mayor competencia entre ellos, mermando la capacidad de la acción conjunta. Por otra parte, el constante miedo de ser reemplazados por una máquina llevará a los empleados a dedicar la totalidad de su vida a la adquisición de habilidades deseables para el mercado laboral, atentando así contra el tiempo libre y la reflexión profunda.
Mención especial merece la proliferación de imágenes ofensivas hechas con IA, en las que personas pertenecientes a un grupo en específico —por lo regular migrantes o feministas, pero depende de las particularidades del contexto— son retratadas como seres incivilizados con los que es imposible dialogar. El objetivo de este material se resume en “divide y vencerás”, pues grupos con los mismos sueños y dificultades que tú son exotizados y reducidos a etiquetas, lo cual hace creer a los cerebros cansados que sus miembros son meras caricaturas con las que no se tiene nada común. Esta estrategia tiene un alcance considerable, dado que las imágenes cargadas con emociones negativas se viralizan con rapidez en las redes sociales regidas por la reacción y el desahogo inmediatos.
Por último, cabe resaltar que no es casualidad que la difusión masiva de mensajes de odio contra grupos incómodos al gran capital coincida con el ascenso de la extrema derecha en varios países, puesto que ésta ha hallado en la crueldad un instrumento para llegar al poder y radicalizar a sus seguidores. En este escenario, la IA es utilizada por figuras ultraderechistas para deshumanizar a sus oponentes y reforzar sus discursos simplistas de “yo bueno contra ellos malos”, ya que saben que el éxito de sus proyectos depende de tener a la mano chivos expiatorios a los que culpar de lo que salga mal, desviando así la atención de los problemas estructurales.
En conclusión, a pesar de ser una herramienta con un impacto creciente en el día a día, la IA no es la encarnación de la perfección ni la raíz de todos los males. Esto no se debe perder de vista, debido a que el culpar a dicha tecnología de ser la gran causante del deterioro laboral y cognitivo de nuestro tiempo es caer en el superficial juego del chivo expiatorio, el cual oculta la existencia de un sistema diseñado para mantener a sus habitantes cansados y apáticos. También hay que ser cautos con la idea de que la IA es el futuro, dado que al reproducir los discursos dominantes de la actualidad lo que hace es perpetuar un presente eterno. En última instancia, la construcción de un mejor futuro no es tarea sólo de fríos algoritmos, sino de la creatividad y la pasión del ser humano, con todo y sus imperfecciones.
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