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Foto de Alem Sánchez

Sigo sin saber de qué va

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

El futuro en esta tierra infértil suena más bien a una broma pesada

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Susana Aguilera González

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Sigo sin saber de qué va, pero como todas las demás mujeres, sigo avanzando. Atropellándome, atropellándoles, atropellándonos. Caemos en un sinfín de lugares comunes que nos permiten volver sobre lo conocido para evitar hacer el esfuerzo inaudito (y ciertamente irrealizable) de expresar con nuevas palabras y nuevas formas, nuestra absoluta necesidad de entendimiento. Ya no hay apuestas, no hay nada en el frente que nos haga avanzar y decir: aquí estoy, por fin lista para todo lo que venga, preparada. 

El futuro en esta tierra infértil suena más bien a una broma pesada que se ha salido de las manos. La última apuesta significa todo, la cuestión es: ¿a qué apostar? ¿Cómo saber que hemos elegido la opción correcta, la más viable, la que nos devuelve la esperanza y la fe en estos caminos inciertos? La que va a hacer que vivir tenga sentido. 

Nos hemos quedado mudas pero somos dueñas de la mudez que nos ha arrancado la lengua y nos ha tumbado los dientes, mudas que no hablaron nunca y que ni con señas pueden hacerle frente al arrebato del lenguaje. Ninguna sabe de qué va. Sin embargo, todas lo intentamos. 

Y aunque pudiéramos y supiéramos cómo decirlo, no basta con nombrar para que exista, no basta con saber que existe para hacer algo. Sin el lenguaje suficiente para ver y nombrar todas nuestras dudas, no nos queda más que avanzar sin ojos y sin lengua. Preguntemos; de dónde viene la sensación de hastío que nos asfixia, de dónde sale el deseo insostenible de silencio absoluto que si lo consumáramos terminaría por consumirnos. Aunque supiéramos de qué va y cómo se llama esto que se siente, nos falta humanidad para afrontarlo, nos falta cuerpo para sentirlo todo de una vez y para siempre, porque no somos nosotras; las de ahora, somo todas; las de ayer, las de hace unas horas y también las de mañana. 

En este barco que se hunde y que desde el principio hemos sabido que a flote salió con fugas, preparadas con remos y chalecos para el naufragio, nos aventuramos amarrándonos a la borda para no caer antes de tiempo, aunque malo sea el tiempo y el mar la única salida. Todas nos veremos a los ojos y nos alentaremos pese al miedo. La insensatez no va a devorarnos, porque en todo lo que hacemos está impreso el profundo deseo de alcanzar eso que llaman libertad, aunque nosotras aún no la conozcamos. Porque lo haremos. Porque después de toda la incertidumbre en la que vamos a ahogarnos: alcanzaremos libertad y le daremos la mano. 

Cómo hablar por las otras sobre algo que no tiene nombre pero sí sensación, cómo gritar lo que no se sabe digerir como dolor o como angustia, o como miedo o como amor. Hablamos de un fantasma de piernas largas y brazos cortos, enorme, que puede pisarte tanto como taparte del sol, un fantasma de brazos cortos porque para colmo es del tipo de los que no envuelve pero sí acarrea. De los que persigue. Futuro. Como si existiera, como si pudiera sostenerse, como si dependiera sólo de nosotras. 

Como la gastada y rota idea de utopía, manchada hasta por los codos de mentiras y escenarios que no se ajustan a nada, ni a sí misma. La persecución o bien se vuelve amiga o enemiga, la nueva cosa para caminar. Lo que te muerde los pies y te achica las piernas. Nada más que por andar diría Cabral en una de las más célebres canciones que dio esperanza a un mundo lleno de ganas de llorar. Un mundo perseguido por el duelo, por la desilusión y por lo roto que se siente el cielo cuando no miras nubes y el sol no es cálido sino infernal. 

Ahora la utopía ya no conduce a nada, da pereza, da coraje. Nunca llegar a ella, nunca conocerla, nunca saber cómo se siente. Entonces, ¿qué hacer si hemos nacido sin nada? ¿Para qué andar, Cabral? ¿Acaso solo lo haremos para desquitar el asfalto construido sobre nuestros huesos? Quizá. Quizá la furia y el desaliento sea eso que nos haga avanzar, lo que nos llene de nuevo el cuerpo. 

Por eso ya ni la incertidumbre ni la persecución asusta, ahora alimentan. Sabrá el mundo lo que alimente, el miedo, el odio, o tal vez y solo en el mejor de los casos un amor fugaz como todo lo de ayer, porque hoy, ese amor no logró existir. Pero nosotras sí y sin saber de qué va, seguimos avanzando.

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