Somos lo que amamos
Por: Naomi Urbina Chávez
El amor jamás se acaba en nosotros
Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala
Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala
La violencia, un tema incómodo porque nos obliga a reconocer de qué somos capaces como seres humanos: amar, ser empáticos, creativos; o también de destruir, desde las agresiones y crueldad cotidiana o escalar a atrocidades como guerras o genocidios.
Desde la antigüedad la violencia era explicada principalmente como una cuestión moral o social, bajo la idea de que “se es violento porque se quiere serlo”. Más tarde, otros autores, especialmente desde posturas biologicistas de finales del siglo XIX y principios del XX, atribuyeron la violencia exclusivamente a factores genéticos, asumiendo que ciertos individuos nacían predispuestos a la agresividad. Sin embargo, hoy sabemos que ambos planteamientos son insuficientes para explicarla, ya que la ciencia actual ha demostrado que la agresividad es un fenómeno bastante complejo donde estas tres ideas convergen y logran darle una explicación más acertada. Si bien no existe un “gen de la violencia”, hay predisposiciones, no hay un “cerebro malo”, pero sí circuitos vulnerables, y obviamente no hay una persona violenta aislada del mundo, sino un individuo en un contexto que incuba, desencadena o legitima la agresión. Es decir, que la violencia humana surge cuando el cerebro vulnerable se encuentra en un ambiente que la alimente.
Por el lado biológico, la neurociencia ha demostrado que la agresión no es un evento aislado, sino el resultado de interacciones complejas que involucran neurotransmisores, genes, hormonas y estructuras cerebrales.
Los primeros estudios que buscaron entender la violencia desde la biología encontraron algo sorprendente, niveles anormalmente bajos de 5-HIAA (principal metabolito de la serotonina) en asesinos impulsivos y aún más disminuidos en personas con múltiples crímenes. La serotonina en óptimas condiciones sirve como el sistema de frenado del cerebro, ya que ayuda a regular emociones, inhibir impulsos y tomar decisiones racionales, y cuando se inhibe su producción o se dañan las neuronas serotoninérgicas, la agresividad aumenta. Por ello se explica que cerebros de suicidas agresivos muestren más receptores serotoninérgicos como mecanismo de compensación ante la falta de serotonina disponible.
Un estudio realizado por Brunner HG. et al. en 1993, “Abnormal behavior associated with a point mutation in the structural gene for monoamine oxidase A”, realizado en una familia holandesa que presentaba antecedentes criminales de violencia extrema (intentos de asesinato, violaciones, piromanía), evidenció que tenían una mutación en el gen MAO-A, que degradaba menos serotonina y provocaba desregulación agresiva. Esto ayudó a reafirmar que la serotonina es clave para entender la violencia impulsiva: la explosión, el arrebato, la falta de control y el clásico “se cegó por la ira”
La noradrenalina va a ser la encargada de regular hacia dónde se dirige la agresión, algunos estudios muestran que niveles altos de este neurotransmisor están asociados a agresividad a terceros (heteroagresividad), mientras que niveles bajos se relacionan con agresión hacía uno mismo (autoagresividad). Además, una variante de baja actividad de la enzima COMT (que metaboliza catecolaminas como la noradrenalina) está asociada con mayor agresividad, especialmente en esquizofrenia.
Las hormonas no crean violencia, pero modifican el umbral para que sea más probable que se desencadene. La testosterona siempre ha tenido mala fama, pero la ciencia se mantiene firme en que no genera violencia de la nada, pero sí vuelve más fácil que esta ocurra. En algunos estudios se ha demostrado que los delincuentes tienen niveles más altos de esta hormona; que el uso de esteroides anabólicos puede ser un factor predisponente para episodios psicóticos, irritabilidad y agresividad, así como el tratamiento con andrógenos ya que los corticoides elevados se asocian con más agresión (sobre todo en modelos de animales subordinados).
La otra mitad del fenómeno radica en el entorno. Los estudios sobre violencia estructural han encontrado patrones bastante alarmantes como que antes de que alguien cometa un acto violento, primero se acostumbra a pequeñas agresiones: burlas, humillaciones, intolerancias que derivan en deshumanización, además se ha evidenciado que las sociedades con desigualdad, discriminación o polarización crean ambientes donde la agresividad se vuelve una respuesta adaptativa. Y cuando un grupo es sistemáticamente desvalorizado, es más fácil justificar violencia contra él. Por eso, la violencia extrema no es un accidente. Es un proceso.
Entonces, ¿la violencia es responsabilidad de la biología o de la sociedad? Cualquier explicación que señale solo a una de las dos dimensiones es incompleta. Si atribuimos la violencia únicamente a la biología, caemos en el determinismo y la estigmatización. Si la atribuimos sólo al entorno, ignoramos datos científicos valiosos y perdemos oportunidades de prevención.
La realidad es que si juntamos ambas perspectivas, la neurobiológica y la sociocultural, obtenemos el panorama más completo: un cerebro vulnerable explica la predisposición, la sociedad explica la activación, por lo que es importante entender que la violencia nace y crece en sociedades que la aprenden, normalizan, reproducen y no la sancionan. En este sentido, la metáfora es clara: la biología y la genética son la pistola cargada, la sociedad es el dedo que aprieta el gatillo y la educación emocional es el seguro que puede evitar que se dispare. Ninguna funciona por separado.
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