Educación social para la paz
Por Natalia Hernández Santelmo
La violencia es un hábito que podemos cambiar
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Quetzalcóatl, dios con evolución.
En leyendas aztecas estuviste,
dador de la vida en Texcoco fuiste,
al humano creaste con emoción.
En la actualidad, ¿dónde te has quedado?
¿Sólo se te concibe como deidad,
la representación de la dualidad?
La población ignora tu legado.
O te habrás vuelto valor monetario,
pagar por conocimientos en textos
para no volver a ser sólo hueso.
Tu creación es moneda del diario,
tú estás difuso por tantos contextos,
tus enseñanzas están en deceso.
El poema anterior lo escribí cuando tenía diecisiete años y se originó en la inquietud por entender quién o qué se ha erigido como la deidad suprema de nuestra época. En esta composición planteé que en la actualidad el lugar de Quetzalcóatl ha sido usurpado por el dinero, al que se le atribuyen propiedades divinas y cuyos seguidores lo honran mercantilizando todo lo que pueden. Si bien el dinero todavía es objeto de veneración en la sociedad contemporánea, cada vez es más importante poner el foco en el hecho de que esto es producto de la imposición de un sistema socioeconómico equiparable a una religión: el capitalismo, mismo que desde hace alrededor de cinco décadas se encuentra en una fase conocida como “neoliberalismo”.
Este razonamiento estuvo en gran medida inspirado por el poema Aullido del escritor estadounidense Allen Ginsberg, donde se compara al sistema capitalista con Moloch, dios asociado con el sacrificio ritual de niños. En particular, Ginsberg describe al capitalismo como un ser sin amor cuya sangre es dinero, y con un alma compuesta por electricidad y bancos, el cual devora el cuerpo, la mente y la imaginación de sus hijos a la par que los juzga. Pese a su supuesta omnipotencia, este autor concibe a Moloch no como deidad natural, sino como creación humana, y por ello su fuerza radica en la instauración de su culto desde la infancia.
Aunque Ginsberg escribió Aullido en los años cincuenta del siglo XX, sus reflexiones siguen vigentes debido a que, desde que entró en su etapa neoliberal, la religiosidad del capitalismo no ha parado de crecer. Como resultado de esto, hoy día el neoliberalismo se ha afianzado como una especie de religión al imponer una manera única de comprender la naturaleza del mundo y el sentido de la vida, difundir creencias basadas en la fe y veneración al mercado, promover normas de conducta y exigir sacrificios. Cabe señalar que el neoliberalismo ha sido equiparado a un sistema religioso hasta por sus principales promotores, como lo demuestran las declaraciones de Margaret Thatcher: la economía debe cambiar el alma y corazón de la gente, y “no hay alternativa” a las formas de vida resultantes de este proceso.
A grandes rasgos, el neoliberalismo se puede concebir como la agudización del capitalismo, producto de la sacralización del mercado, bajo la creencia de que el libre actuar de éste siempre lleva a la asignación más eficiente de los recursos. En el plano estatal, esta idea de que el mercado es más eficaz que la gestión pública justifica las políticas de privatización y desregulación. A nivel individual, esta “superioridad” de la lógica del mercado incita a las personas a pensar sus acciones en términos de ganancias y costos, razón por la cual, —para aumentar sus beneficios—, los individuos se convierten en “empresarios de sí mismos” obligados a medirse, compararse y optimizarse de manera continua.
Una vez esclarecido que el neoliberalismo se extiende más allá del ámbito de la economía es relevante destacar que varios de los elementos que le confieren su religiosidad actual han surgido de la relación entre el capitalismo y el cristianismo. En este sentido, uno de los mayores antecedentes de la religión neoliberal es la Reforma Protestante, ya que ésta colocó al trabajo como el medio fundamental por el cual el humano se gana su salvación espiritual. Bajo esta lógica, el tiempo de ocio debería de reducirse al máximo, debido a que distrae al ser humano de alcanzar el paraíso. A lo largo de los siglos posteriores, como el pensador alemán Walter Benjamin acota en su texto El capitalismo como religión, tal sistema socioeconómico se volvió una especie de parásito del cristianismo, lo que le permitió emular sus lógicas.
En dicha obra —la cual data de la década de 1920— Benjamin destaca cuatro rasgos que hacen del capitalismo una religión. Un primer punto a considerar es que en la religión capitalista el utilitarismo se eleva a un nivel divino, de modo que la capacidad para generar ganancias se vuelve el criterio con el que se mide el valor de todo. En segundo lugar, es una religión con un culto permanente, dado que la búsqueda de riquezas se da a diario. En tercer lugar, para subsistir se encarga de generar culpa en todos sus creyentes. Por último, el dios del capitalismo debe permanecer oculto, dándole así una apariencia laica y racional.
Ciertamente, estos antecedentes contribuyeron al desarrollo de los siguientes rasgos de la religión neoliberal contemporánea. Para comenzar, el neoliberalismo impone una visión única de la naturaleza del mundo, puesto que según éste vivimos en un universo regido por la ley de la selva donde los más fuertes son los únicos que sobreviven; en este sentido, la competencia incesante es buena, al motivar a los individuos a volverse cada vez más fuertes y así llegar a la cima. De lo previo se desprende que el sentido de la vida humana consiste en la mejora continua de uno mismo para poder trabajar más y rendir más, lo cual lleva a una mayor acumulación de riqueza y un mayor consumo, símbolos del éxito en este sistema. Como se puede ver, el neoliberalismo se sostiene en creencias tales como que todo es posible con esfuerzo, o que el crecimiento económico por sí solo es sinónimo de bienestar, afirmaciones que no tienen más sustento que la fe.
Respecto a nuestra conducta, el neoliberalismo exige que ésta se rija por la máxima “tiempo es dinero”, ya que al pensar lo más valioso que tenemos en términos monetarios, se abre la puerta para que mercantilicemos todo lo que hagamos. En este sentido, todas las relaciones interpersonales deben tener finalidad más allá de la simple amistad. De igual manera, en este sistema es habitual rendirle culto a los multimillonarios, al ser ellos la supuesta encarnación de la meritocracia.
Es así como el fracaso y el error se erigen como graves pecados, al concebirse como sinónimos de pereza o falta de esfuerzo individual; por ello, no es de extrañar que hoy la frase “el pobre es pobre porque quiere” sea tan difundida. En este sistema también son pecadores aquellos que se niegan a sacrificar su salud en favor del trabajo o que critican la estructura socioeconómica imperante evidenciado en la popularidad que han adquirido las palabras “mediocres” y “resentidos” como insultos.
Una consecuencia de lo anterior es que aquellos que no consiguieron amasar fortuna suelen ser los primeros “sacrificados” en los recortes al gasto público, o en crisis como la del COVID-19, bajo la idea de que esto representa un “castigo apropiado por sus pecados”. Esta noción se ve reforzada por los llamados gurús o coaches, los predicadores neoliberales por excelencia, quienes repiten una y otra vez que con suficiente motivación, voluntad, actitud positiva y disciplina, la eficiencia y la riqueza aumentan.
Ante esta religión que degrada el tejido social, la salud y el medio ambiente, el filósofo Byung-Chul Han en su libro Psicopolítica argumenta que hoy resulta urgente agudizar la conciencia herética, ya que los herejes actuales —es decir, los inconformes que se desvían de la ortodoxia— tienden a abrir espacios de silencio y quietud en donde florecen reflexiones profundas. Esto es crucial dado que el pensamiento crítico emanado de dichos espacios constituye una valiosa herramienta con la capacidad de desmitificar al Moloch neoliberal a través de la articulación de un grito colectivo que diga: ¡Sí hay alternativa!
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