En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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¿Qué sentido tiene creer, si no vivimos lo que creemos?

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

Creemos para convencernos de que somos mejores

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Nasya Michelle García

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 2

Vivimos en un país profundamente religioso. Los templos, iglesias y centros de culto se llenan cada semana, las plegarias se hacen presentes antes de dormir y los amuletos, imágenes sagradas o símbolos de fe, acompañan muchos bolsillos y carteras. Desde pequeños se nos enseñan rituales, oraciones, gestos o frases para conectarnos con lo divino, para pedir protección o encontrar consuelo en momentos difíciles. La religión está tan arraigada en nuestra cultura que muchas veces la practicamos sin siquiera cuestionarla. Decimos que creemos, seguimos y amamos a Dios y que hacemos el bien. Pero, ¿es eso realmente cierto? ¿Creemos por convicción o por costumbre?

En medio de tanto fervor, existe una contradicción difícil de ignorar, muchas de las personas más devotas, más constantes en su vida religiosa, son también quienes más rápido juzgan, critican, excluyen y señalan. He visto a quienes salen de misa hablando aún la oración del día y, apenas cruzan la puerta, comienzan a hablar mal del vecino, del desconocido o del que piensa diferente. Las mismas voces que pronuncian con solemnidad el “ama a tu prójimo” son las que luego murmuran con desprecio. Las que predican la humildad, menosprecian al que tiene menos. Las que claman por la paz, viven con rencor y con ira acumulada.

No se trata de atacar la fe, tampoco de cuestionar a Dios, ni a las creencias profundas que sostienen a muchas personas en momentos oscuros. Lo que intento señalar es la incoherencia que hay entre lo que decimos y lo que hacemos. ¿De qué sirve ir a misa cada semana si en el día a día no hay compasión, ni paciencia, ni amor por el otro? ¿De qué sirve llevar una cruz al cuello si no somos capaces de cargar con el dolor del prójimo, aunque sea por un momento? La fe, en muchos casos, se ha convertido en una rutina. En una lista de actividades que se cumplen como si fueran parte de un guion. Como si bastara con asistir, repetir y memorizar. Como si todo se tratara de apariencia.

Y es que, tristemente, la religión muchas veces se convierte en un disfraz. Una fachada de virtud para encubrir la indiferencia, el ego o el juicio. Es más fácil ponerse la etiqueta de “persona de fe” que vivir realmente con los valores que ésta exige. Porque vivir con el amor, la compasión, la empatía y la justicia, cuesta. Es incómodo. Nos obliga a mirarnos por dentro y a reconocer nuestros defectos. Nos confronta con nuestras fallas y eso no siempre es agradable.

Tal vez lo más valiente no es creer, sino actuar según lo que creemos. Ser coherentes. Que nuestras acciones hablen por nuestra fe, más que nuestras palabras. No basta con rezar, hay que practicar; no basta con leer, hay que vivir; no basta con repetir frases bonitas en redes sociales o en grupos religiosos, hay que tener una presencia activa con esa bondad que proclamamos. La verdadera espiritualidad no se mide por la cantidad de veces que vamos a una iglesia o a un templo, sino por la forma en que tratamos a los demás fuera de él.

Y quizás, para encontrarnos con Dios o con lo divino y lo sagrado, como cada persona lo entienda, primero tenemos que mirarnos con honestidad. Aceptar que a veces usamos la religión como un escudo para no cambiar. Que muchas veces no somos mejores por creer, sino que creemos para convencernos de que somos mejores. Y que el verdadero camino espiritual no siempre se camina con rezos, sino con acciones que encarnan lo que esas oraciones dicen.

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