En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Salvador Padilla García / Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Sur

¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando creemos?

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

Las creencias no son simples ideas al azar, sino patrones cerebrales complejos

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Banshee Gómez Gutiérrez

Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala

Las creencias de cualquier tipo (religiosas, políticas, morales o personales) forman parte esencial de la experiencia humana. Han sido exploradas históricamente desde la filosofía, la psicología y la sociología, sin embargo, a últimas fechas la neurociencia nos ofrece una nueva perspectiva que busca explicar cómo surgen las creencias en el cerebro, los mecanismos que las sostienen y otros puntos clave para su entendimiento de forma holística.

Primero es importante definir qué es una creencia. Según la Enciclopedia Británica, una creencia es “la actitud mental que acepta una proposición a la que le falta conocimiento intelectual completo para garantizar su exactitud”, la cual se sostiene gracias a la introspección y a la percepción de certeza. Si una creencia puede demostrarse de manera objetiva a través de la razón y su veracidad, se transforma en conocimiento. Esta frontera entre lo subjetivo y lo verificable resulta especialmente relevante al considerar que creer  sucede en un entramado neuronal complejo que incluye cierto grado de capacidad de abstracción, simbolismo e inteligencia para organizar, filtrar y atribuir sentido a la información que recibimos.

Desde la neurociencia, se entiende que las creencias no son simples opiniones flotantes, sino estructuras mentales que emergen de la actividad coordinada de diversas regiones cerebrales. Gracias a imágenes obtenidas por resonancia magnética funcional se ha mostrado que áreas como la corteza prefrontal dorsolateral (asociada al pensamiento lógico y la toma de decisiones), el sistema límbico (clave en el procesamiento emocional) y el hipocampo (implicado en la memoria y la narrativa autobiográfica), se activan de manera conjunta durante el acto de creer. 

A nivel funcional, el cerebro actúa como un constructor activo de sentido, en este tenor, las creencias tienen un papel crucial ya que influyen en cómo se perciben, procesan y recuerdan los estímulos. Se ha identificado que las redes neuronales involucradas en el sistema de recompensa (como el núcleo accumbens y el área tegmental ventral) se activan cuando una creencia se confirma, generando una sensación de bienestar que refuerza el sentimiento de convicción, lo que influye en el sesgo de confirmación, tendencia a ignorar toda aquella información que cuestiona la creencia mientras que prioriza toda la que la confirma, puesto que nuestro cerebro tiende a preservar la coherencia interna. Cuando una nueva información entra en conflicto con una creencia previa, se desencadena una disonancia cognitiva que genera incomodidad emocional, lo que puede motivar un cambio, o bien (lo más frecuente) lleva a este sesgo para proteger la estructura previa.

Las creencias, además, se consolidan a través de la repetición y el refuerzo emocional, es decir que se ven afectadas por experiencias tempranas, el entorno cultural y los vínculos afectivos, ya que actúan como marcos que las moldean determinando qué creencias se adquieren y cómo se fijan. La plasticidad cerebral permite que esas creencias puedan cambiar, sin embargo este proceso suele ser lento y exigente debido a que requiere experiencias significativas, cuestionamiento consciente y nuevas conexiones neuronales que se fortalezcan con el tiempo. 

En el caso de la fe religiosa, estos mecanismos se hacen especialmente visibles ya que no se construyen únicamente desde la lógica o la educación, sino desde una experiencia emocional que se internaliza intensamente. Este tipo de creencias activan regiones cerebrales que se asocian con el placer, la motivación y los vínculos afectivos, como el córtex orbitofrontal, el cuerpo estriado y el precúneo, así como una mayor actividad en redes relacionadas con la empatía, la imaginación y la atribución de intenciones a otros, sugiriendo que la espiritualidad puede tener sus raíces en capacidades cognitivas evolutivas orientadas a la conexión social y la interpretación de lo intangible.

En definitiva, las creencias no son simples ideas al azar, sino patrones cerebrales complejos que nos ayudan a dar sentido al mundo, ya que a través de ellas filtramos, organizamos y atribuimos significado a la experiencia, por lo que resultan de suma importancia para sostener la identidad, reducir la incertidumbre y establecer vínculos con los demás. 

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