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¿Qué nos dejó el Mundial?

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Después del gol, ¿qué nos queda?

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Omar Castro

Facultad de Filosofía y Letras

El Mundial de Fútbol 2026 ya terminó. España bordó la segunda estrella a su uniforme. Grandes estrellas dijeron adiós a los grandes escenarios y tuvimos grandes sorpresas como Cabo Verde que, en su primer torneo, logró empatar sus tres juegos de la fase de grupos: España (0-0), Uruguay (2-2) y Arabia Saudita (0-0), permitiéndole jugar un partido de eliminación directa contra Argentina, que era el campeón defensor. Con el orgullo tocado, Argentina recibió lo que sería elegido, tiempo después, como el gol del Mundial 2026. La representación de la pequeña isla africana habría hecho historia y, en cuatro juegos, su portero, Vozinha, con 40 años de edad, se convirtió en leyenda.

¿Pero qué pasó en México? La magia del fútbol inundó de forma literal al país. Para el primer juego contra Sudáfrica salieron a las calles quinientas mil personas a ver el encuentro en los múltiples Fan Fest de la Ciudad de México, según el gobierno local. El fenómeno evolucionó de forma drástica conforme la selección fue ganando sus compromisos. Fiestas en las calles que hacían parecer que era 15 de septiembre, destrozos y hasta riñas fueron la constante. Hasta que la noche del 30 de junio, cuando la selección mexicana logró la hazaña de ganar el derecho de jugar un quinto encuentro al vencer a su similar de Ecuador, la locura llevó a festejar a nada más y nada menos que un millón de personas en Paseo de la Reforma y el Primer Cuadro de la Ciudad, potenciando el ánimo y la expectativa. 

Esa noche no se durmió y la fiesta continuó hasta el amanecer. Ese desbordamiento de emoción, un fenómeno colectivo, fue una muestra de la hospitalidad del mexicano al compartir la fiesta con los extranjeros que se encontraban en el país. ¡Quiere volar, quiere volar!, ¡vamos México!, ¡sí se puede!, ¿y si sí?, eran los gritos de victoria junto al fragmento de Hasta que te conocí, de Juan Gabriel. Pero esa felicidad tuvo un costo; lamentablemente, el festejo le arrebató la vida de al menos cinco personas, conforme a varias fuentes.

Yo no recuerdo algún evento en el país que convoque a un gran número de personas por su voluntad, salvo los festejos a la Virgen de Guadalupe, pero los millones de devotos llegan desde días antes y no todos logran estar cerca de la Basílica el 12 de diciembre. Aun así, creo que la devoción a la Guadalupana sí podría ser comparada con la pasión que muchos mexicanos experimentaron esa noche.

La emoción se apagó tras el juego del 5 de julio contra Inglaterra. La sociedad mexicana entró en un duelo por volver a quedar en octavos de final y los fantasmas aparecieron nuevamente —Jugamos como nunca, perdimos como siempre—. Aun así, muchos no regresaron a la realidad, aún no se asimilaba la idea de que una semana antes fallecieron sofocadas varias personas. En cambio, la gente empezó a opinar en redes sociales sobre la sede para la edición del 2038, pidiendo que el torneo regresara a México por el gran ambiente que hubo. 

Claro que es innegable que aquí hay ciertas condiciones que favorecen al ambiente futbolero, pero ignorando las constantes que se repetían hasta antes de la inauguración: las remodelaciones al Metro son molestas por su mala planeación, la FIFA discrimina por no dejar acercarse al estadio a la gente sin boleto, las transmisiones son caras, la FIFA cobra cada vez más, en México los sindicatos están haciendo marchas, las madres buscadoras están pidiendo justicia.

Incluso, a pocos días de que acabara el torneo de la FIFA, el 24 de julio y hasta el 4 de agosto, atletas mexicanos tuvieron un compromiso en Santo Domingo, el centenario de los Juegos Centroamericanos y del Caribe, donde la delegación tricolor regresó con 407 medallas (167 de oro, 125 de plata y 115 de bronce). El apoyo a los atletas mexicanos se diluyó por completo. También, el aliento a la selección femenil de fútbol parece más un apoyo moral para ser equitativo que un genuino acompañamiento para las representantes mexicanas que se preparan para el Mundial del próximo año en Brasil. El fútbol profesional femenil ya es un hecho y es tratado como una cosa exótica, sin representar la misma pasión y discusión ante su par varonil, relegando por completo el foco deportivo, centrándose en aquella generación dorada que brilló en casa y en la Liga MX.

No es que el balompié sea un problema, ya que logró unir a la gente, logró bajar tensiones sociales. El problema es cómo permitimos que esa euforia nos haga perder la sensibilidad ante los problemas reales y ningunear otras expresiones deportivas y quienes las practican.

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