En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Angeles Valentina Aguilera Garcia / Facultad de Artes y Diseño

Próxima estación: corazones rotos

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Apertura de puerta del lado derecho

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Andrea Flandes |

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

¿Alguna vez te has preguntado cómo es que todos terminamos en ese mismo vagón? Y no hablo de que hayamos tomado el mismo transbordo, ni de que vayamos en la misma dirección, sino de algo más profundo… como un corazón roto, tal vez. O una entrevista de trabajo. Alguien que va a declarar su amor después de años de pensarlo, o alguien que simplemente tuvo un pésimo día.

Existen tantas historias dentro de un transbordo o una línea del metro que estoy segura de que no me alcanzarían las palabras para contártelas todas, pero hoy quiero hablarte de lo que significa coincidir en un mismo lugar. Algo así como el efecto mariposa, pero con dirección compartida: hacia un mismo destino –nuestros hogares–, porque al final siempre parece ser ahí donde termina la ruta.

Como estudiante de la UNAM y persona que pasa la mitad de su vida en el metro, puedo decirte que me he vuelto experta en leer a la gente. Sé cuándo alguien viene con el corazón roto, cuándo alguien va en su primer día de trabajo o cuándo siente que el mundo se le ha derrumbado porque llora en el transporte antes de llegar a casa. Pero, sin duda, la historia que más se repite es la del desamor.

No me malentiendas, no quiero decir que las anteriores no sean importantes, pero como buena romántica de clóset, son esas a las que más suelo prestar atención.

Hay algo particular en esas personas. Sus ojos siempre parecen gritar: mírame, mírame, pero no me veas. Su expresión corporal suele ser encorvada –como si buscaran refugio en sí mismas– y sus manos siempre parecen aferrarse a algo; aunque, en este caso, solo sostienen un tubo para no caerse.

Suelen quedarse en los rincones, ahí donde casi nadie logra observarlas, con audífonos puestos y pensamientos ausentes. Si me preguntaras cómo suenan, te diría que como “Cada que”… de Belanova.

Existe demasiada complejidad dentro de las emociones de una persona que despierta a las cinco de la mañana y cuyo día termina a las once de la noche, si bien le va. Muchas veces la rutina es tan agotadora que no tenemos siquiera ese pequeño descanso para permitirnos sentir. Sin embargo, dentro de un vagón, todo parece intensificarse.

Y no me refiero a los empujones o a los gritos de “¡Bajo en la que sigue!”, sino a ese instante en el que, rodeado de tantas historias y personas, te permites hacer una introspección: pensar cómo te fue en el día, qué hubieras cambiado o cómo fue que llegaste hasta este punto.

Es ahí donde los sentimientos florecen. Cuando te sientes aislado del mundo con tus audífonos sonando a todo volumen y, de pronto, te das cuenta… de que te acaban de romper el corazón.

El transporte público se vuelve, de cierta manera, un refugio emocional, a pesar de estar rodeado de desconocidos. O bueno, afortunadx eres si no te toca compartir vagón con tu jefe o con tus compañerxs de clase, porque sinceramente pocas cosas son más vergonzosas que llorar frente a alguien conocido en pleno trayecto.

Pero entre desconocidos, llorar se vuelve casi terapéutico y, si me pongo sensible, hasta poético, porque significa que lograste sentir en esa hora y media o más que dura el trayecto.

Hay tantas lágrimas, pensamientos, emociones e historias sucediendo a diario dentro de un mismo vagón, que quizá ese mismo espacio te ha visto enamorarte, crecer, aprender e incluso prosperar. Y, aun así, muchas veces disimulamos todas esas ansias, como si sentir demasiado en público fuera algo de lo que debiéramos avergonzarnos.

Sin embargo, hay algo profundamente humano en compartir ese silencio con otros mientras cada uno libra sus propias batallas internas. Quizá nunca volvamos a coincidir con esas personas durante nuestro trayecto, pero por unos minutos compartimos el mismo cansancio, la misma prisa, el mismo dolor e incluso la misma esperanza de llegar a casa pensando que mañana será un día mejor.

Tal vez por eso me gusta pensar que el metro no solo transporta personas: también carga despedidas, primeras veces, malas noticias, sueños, ansiedad y corazones rotos. Y aunque nadie se mire directamente a los ojos, todos sabemos de alguna manera cuándo alguien está intentando no romperse antes de llegar a su estación.

Quizá por eso nadie juzga demasiado cuando ve a alguien llorando en el transporte; quizá por eso solo apartamos la mirada por cortesía, porque todos hemos sido esa persona en algún momento. Nace una solidaridad silenciosa entre quienes compartimos un vagón con el corazón roto: nadie pregunta, nadie interrumpe, pero todos comprendemos.

Al final, solo nos queda pensar: “Y nada es más triste que hoy… hablar de ti.”

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Próxima estación: corazones rotos

Una respuesta

  1. Que gran trabajo, me quedo con ciertas frases que me llegaron al alma porque en verdad tiene razon el escritor. Me encanto el dibujo, justo de lo que se habla. Felicidades.

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