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Crédito: Sebastian Meyer | Política Exterior

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“La historia no se repite, pero rima” – Mark Twain

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Rivardo Arévalo Garzilazo

Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia

La incursión ilegal en Irak, iniciada en marzo de 2003, fue la antesala de un espejismo; mientras Bush proclamaba una victoria prematura, la realidad iraquí dictaba una sentencia distinta: la guerra no terminaba, apenas germinaba en su fase más cruenta. Lo que siguieron fueron ocho años de una dialéctica sangrienta que concluyó en 2011 con la retirada de unas tropas estadounidenses derrotadas, dejando tras de sí una estela de medio millón de iraquíes muertos frente a la pérdida de 4,500 soldados invasores, demostrando que el 2003 no fue el fin, sino el prólogo del desastre. Aquella retórica presidencial de poner orden en zonas peligrosas no era más que el eufemismo para un proyecto de gobernanza neocolonial, donde el territorio funcionaría como un parque de atracciones para el despliegue yanqui. Sin embargo, la maquinaria imperial se vio obligada a claudicar, entregando el poder a una mayoría chiita alineada con Irán y aceptando compromisos que distaban abismalmente de sus pretensiones originales. Esta futilidad se manifestó con mayor crudeza en Afganistán, donde tras dos décadas de una supuesta purga contra el terrorismo iniciada en 2001, la retirada desesperada de 2021 devolvió el mando a los mismos talibanes que pretendían erradicar, quienes para 2025 ya se daban el lujo de rechazar tajantemente las pretensiones estadounidenses sobre sus bases aéreas.

El reciente golpe contra Venezuela, caracterizado por el secuestro del presidente Nicolás Maduro y el discurso triunfalista de Donald Trump, resuena como un déjà vu de la soberbia imperial que confunde el éxito táctico inmediato con la estabilidad sistémica. La captura de un mandatario no es un hecho baladí, sino la apertura de una caja de truenos cuyas consecuencias resultan imposibles de prever para quienes ignoran que la historia no se define por cómo empieza, sino por su desenlace fáctico. Desde la arquitectura del Derecho Internacional, los jefes de Estado gozan de una protección específica consagrada por la ONU desde 1973, por lo que este acto constituye un delito internacional que despoja a los tribunales estadounidenses de cualquier jurisdicción legítima. Bajo la máxima jurídica de que nadie puede beneficiarse de su propio dolo, cualquier proceso judicial derivado de este secuestro carecería de fundamento legal en un sistema que respetara el Derecho. No obstante, esto solo confirma que en el corazón de ese engendro llamado EUA no impera la ley, sino una barbarie que oculta, tras una máscara civilizada, su esencia de esclavista, genocida y pistolero.

Secuestrar a un mandatario es, en esencia, un acto de guerra que pretende legitimar la fuerza bruta y regresarnos al imperialismo salvaje del siglo XIX, donde la supuesta superioridad civilizatoria de Occidente autorizaba el saqueo y la destrucción de los pueblos considerados bárbaros. Esta política no es un arrebato aislado, sino que obedece a una vocación histórica de intervención. El interés declarado de Trump por los recursos venezolanos es, en realidad, una pieza de un rompecabezas geopolítico mayor: el control total del hemisferio como retaguardia para la guerra sistémica que se avecina contra China y Rusia, repitiendo la estrategia militar de esperar el desgaste de otros frentes para intervenir solo cuando el beneficio esté asegurado.

La agresión contra el presidente Maduro y su entorno debe entenderse dentro de la lucha implacable por el cambio de paradigma global, donde Washington busca gobiernos serviles que aseguren su hegemonía en el Pacífico, dejando de lado cualquier beneficio comercial mutuo en favor de la subordinación militar. Las supuestas razones económicas suelen ser cortinas de humo, pues como demostró el desastre financiero de la invasión a Afganistán, cuyo costo superó con creces el PIB de naciones enteras, el imperialismo prioriza la dominación política sobre la racionalidad económica. Esta visión explica también el desprecio de Trump hacia sus aliados atlantistas, a quienes no busca debilitar, sino obligar a un rearme masivo con armamento gringo para financiar su propia maquinaria bélica y amedrentar a Rusia, mientras intenta aislar a China en un eventual choque directo.

Incluso los aparentes gestos de paz de Donaldo hacia Ucrania no son más que caramelos envenenados diseñados para ganar tiempo en el rearme europeo, evidenciando que no busca la estabilidad, sino prolongar una hegemonía decadente frente a la emergencia de un nuevo orden mundial. En este sistema de vasos comunicantes, la crisis en Venezuela está intrínsecamente ligada a la ambición yanqui sobre Groenlandia; es el efecto mariposa de la geopolítica, donde cualquier conflicto localizado es un fragmento de la disputa por el control de la economía. Este acto criminal contra la soberanía venezolana es un recordatorio de que el Dios imperial que describí en otro de mis escritos, sigue al acecho, obligando a los pueblos a una vigilia constante frente a una lucha que trasciende fronteras. Estamos ante una versión internacional de la dialéctica entre opresores y oprimidos, un choque entre el mundo unipolar de la barbarie y la humanidad que busca la multipolaridad, donde Venezuela es apenas el capítulo más reciente de una aceleración hacia el conflicto global definitivo.

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