En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Tania Azpeitia Salazar/La Gran Línea

No es necesario quemar libros

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

La revolución más importante es la del pensamiento

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Jesica Martínez Torres

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Hace tres años llegué a la clase de literatura de la profesora Leonila y, como primer texto, tuve que leer Fahrenheit 451. El contenido me dejó profundamente asombrada e incluso sembró en mí un poco de miedo. Todo lo que Bradbury imaginó, describió y publicó en aquél 1953 tan lejano, evocó en la parte lógica de mi ser, la necesidad de compararlo con la realidad que el mundo vivía en ese año. Me quedé tranquila al pensar que si bien había hechos con cierta similitud a los de Fahrenheit 451, lo que alcanzó a materializarse fue solo una mínima parte de aquellos horrores: bomberos que en vez de apagar incendios los provocan para deshacerse de libros; el desinterés de las personas por temas como la guerra; el sabueso mecánico como herramienta de persecución; un cuarto lleno de pantallas gigantes con programas superficiales; y el mínimo interés por las relaciones humanas. A veces logro ser compasiva con esa versión más joven de mí que pensó que aquella distopía nunca llegaría a ser realidad tal y como el autor la describió.

La realidad se adaptó y lo hizo descaradamente ante mis ojos, porque ahora entiendo que, mientras buscaba cuartos tapizados de pantallas hipnóticas, llevaba un celular en el bolsillo. Ese mismo año de la clase de literatura empecé a escribir. Bien o mal, lo hacía, y fui plasmando en hojas cuentos, textos e ideas que nacían de una clase, de un sueño, de imaginar el futuro o de pensar. Hoy, ya estudiando Relaciones Internacionales, noto que mis escritos se acercan cada vez más a la distopía de Bradbury. No fue intencional, pero al leer sobre el sistema internacional, las ideologías, las guerras, la economía, las desigualdades y las nuevas tecnologías, ¿cómo iba a ser de otra forma? No hay sabuesos mecánicos, pero sí robots asesinos aún no regulados y de los que advierte el Derecho Internacional. La opresión se constitucionaliza, la falta de empatía se expande como plaga con celulares que reproducen contenidos vacíos. No pareciera que el intercambió que surge de las relaciones humanas haya perdido valor, mas se nos advierte sobre sociedades cada vez más individualistas y dependientes de la tecnología. Las guerras se comparten en tiempo real e incluso se consumen en videos cortos con música de moda. Es preferible refugiarse en algoritmos complacientes porque la convivencia social parece deteriorarse; y, aunque ya no se queman libros, su digitalización y gratuidad no han impedido que se dejen de leer.

Hay algo que Fahrenheit 451 no anticipó y que marca la diferencia: la inteligencia artificial. Hoy noto cómo mis compañeros no son capaces de leer un artículo de doce páginas, han sido condicionados a poner atención solo dos minutos. Los trabajos no se hacen pensando: se suben archivos del chat que se tiene con la inteligencia artificial y en dos minutos se obtiene un ensayo. Cuando el profesor revisa, todos parecen iguales. ¿Es culpa de mis compañeros? No. Sospecho que estos síntomas son consecuencia de tendencias que se esparcen por las redes sociales, fuente principal de información de mi generación. No se trata de una sola persona, ideología o Estado-Nación: el fenómeno es mucho más amplio y solo podremos enfrentarlo dando paso al pensamiento y a la reflexión. Sería lamentable delegar el pensamiento a la inteligencia artificial, se invertirían los papeles: el humano se volvería una máquina monótona que repite procesos, y la máquina haría como si pensara. Pero, ¿puede en verdad hacerlo o solo nos engañamos creyendo que lo hace?

No quiero imaginar, pero no puedo evitarlo. Veo una sociedad donde las herramientas tecnológicas son más accesibles que algunos servicios básicos. Los niños aprenden a usarlas antes de hablar, lo que se ve parece real, sin embargo, es producto de lo artificial, perfeccionado para mantenernos quietos. Los medios inmersivos no son tan sofisticados como los de Bradbury, pero sí igual de efectivos. Pude haber inventado que en 1953 alguien publicó un libro titulado Fahrenheit 451 y que Ray Bradbury era un asegurador de autos en California. Lo valioso es que se verifique si esto es cierto y solo los seres humanos tenemos la capacidad de dudar.

No puedo alargar más este texto: la atención del lector es corta. En estos momentos la revolución más importante se da en el pensamiento, no hay lugar con más libertad que este. Los procesos actuales de la sociedad son complejos, por eso debemos reconocernos y explorar nuestro entorno, analizar, cuestionar; decidir qué caminos tomamos y si queremos seguir en ellos o construir otros nuevos, con o sin inteligencia artificial. 

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