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Ningún lugar está lejos

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

El maestro que nos enseñó a acompañar

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Claudia Isabel Reyes Domínguez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Les quiero contar una historia. No porque sea extraordinaria en el sentido en que suelen serlo las historias grandes, sino porque está hecha de cosas pequeñas: de mañanas frías, de voces desafinadas cantando canciones de desamor, de un piano viejo grabado en una videocasetera, de un hombre que decidió dedicar su vida a acompañar y salvar a otros. Esta es la historia de Arturo. 

No sé exactamente cuándo nació, ni en qué ciudad. La vida de los maestros, usualmente, suele quedar envuelta en un silencio discreto que los alumnos no alcanzamos a dimensionar. Sabemos lo que enseñan, pero rara vez sabemos quiénes fueron antes de encontrarnos. Lo único que sé con certeza es que Arturo comenzó a dar clase de Coro en la Prepa 3 alrededor de 1980. 

Arturo no tenía discos, ni tenía equipo para grabar y reproducir música. Las pistas que usábamos las había grabado él mismo, tocando el piano y registrando su música con una videocasetera. Así, fue construyendo el pequeño archivo musical que acompañaría a generaciones enteras de estudiantes. Pistas que cambiaron la vida de cientos de alumnos sin que eso quedara registrado en ningún lugar. Esas mismas pistas fueron las que usamos hasta el último día que dio clase, canciones de Napoleón, de Mocedades. Nosotros, adolescentes intragables, las llamábamos “canciones de viejitos”. Lo decíamos riendo, sin saber que algún día esas canciones nos iban a sostener en momentos difíciles. No entendíamos aún de qué iba la vida.  

En aquellos años todavía estaba permitido que los grupos optativos salieran de la escuela para algunas actividades. Arturo me contó alguna vez que llevaba a sus alumnos a cantar a iglesias durante Semana Santa. Eran otros tiempos, yo llegué mucho después. 

No sé mucho de la vida de Arturo; pero él supo bastante de la mía. 

Cuando lo conocí estaba en quinto de preparatoria. Tenía el corazón roto, estaba deprimida, no tenía amigos y cualquier excusa era buena para no volver a casa. La depresión tiene una manera muy particular de desordenarlo todo: las horas, las decisiones, los caminos. Por esa razón tampoco logré entrar a ninguna optativa. 

Hasta que un día lo vi. Estaba recargado en el barandal entre las aulas de Coro y Danza. Un hombre mayor, tranquilo, mirando hacia el cielo con una calma que parecía venir de otro lugar; no estaba haciendo nada en particular, y al mismo tiempo parecía estar completamente presente, con ese aire de persona que ha vivido. 

Yo no quería entrar a coro, ni en broma. Las canciones que cantaban ahí eran exactamente las mismas que yo me burlaba de escuchar en casa. Pero necesitaba una calificación, y a veces la vida empieza a cambiar por razones mucho menos nobles. 

Así que pasé y encontré algo que no esperaba: un salón lleno de personas que parecían tener un amor profundo por la vida y por los demás. No eran los más populares de la escuela, tampoco los más brillantes, simplemente eran personas que parecían mirar al otro con una honestidad rara de encontrar, teniendo 16 años; en mi familia habrían dicho algo así como: “gente buena”. 

Al principio comencé a ir con regularidad por pura inercia, no porque me fascinara, sino porque no tenía otro lugar donde estar. Pero ahí, entre esas voces y ese piano grabado, ocurrió algo extraño: por primera vez en mucho tiempo no sentía que sobraba. 

Una mañana, de esas que pesan y duelen, Arturo decidió sentarse a platicar conmigo. Le conté todo. Le hablé del amor que me había dejado, de la tristeza que no sabía explicar, de mi frustración por no tener amigas, de esa sensación oscura que a veces te empuja a lastimarte hasta querer desaparecer. Él escuchó en silencio, no me interrumpió, no me dió un discurso, no trató de arreglar mi vida en diez frases; solo me abrazó y luego dijo algo que con los años entendí mejor: “no voy a pobretearte. Solo puedo acompañarte”. 

Hay tantas personas que creen que ayudar significa dar respuestas. Arturo parecía estar muchos pasos adelante; a veces lo único verdaderamente necesario es quedarse. Desde ese día, durante los siguientes dos años, no hubo un solo día en que no fuera a coro. 

Le ayudaba a cortar la orilla de sus sándwiches blancos, acomodaba los micrófonos, movía sillas, cargaba cables. Poco a poco comencé también a hablar con los demás. Descubrí que muchos de los que estaban ahí compartían algo parecido a mi propia soledad y tristeza. Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a formar algo parecido a una familia. 

Ahí conocí a mis mejores amigos. Personas que, con el tiempo, demostraron tener un alma profundamente honesta. Y creo que eso no fue casualidad. Arturo tenía una forma muy particular de mirar a las personas: parecía ver en cada quien una versión más luminosa de sí mismo, como si estuviera esperando pacientemente a que apareciera, y a veces aparecía. 

Yo vi cosas que todavía me cuesta explicar. Vi a personas dependientes al alcohol que luchaban por dejar de beber; vi a estudiantes que abiertamente hablaban del suicidio y buscaban razones para quedarse; vi a jóvenes perdidos descubrir que querían dedicarse a la música; vi a personas que no sabían quiénes eran y empezanban a encontrarse. 

Arturo no daba sermones, no imponía reglas extraordinarias, solo estaba ahí, todos los días, con su piano medio sordo, sus sándwiches sin orilla y su manera tranquila de recordarnos que la vida, incluso en medio del caos, podía tener sentido. Con el tiempo dejó de ser solo un maestro, se volvió compañía, se volvió amigo, se volvió hogar. 

En 2019 nos reunió para darnos una noticia que sabíamos inevitable, pero que nadie quería escuchar: Arturo se iba a jubilar. Recibimos la noticia con amor, con orgullo por él, pero también con una tristeza silenciosa. Porque sabíamos que algo importante estaba terminando. Para despedirlo hicimos tres rondas de conciertos. Cantamos todas las canciones que habían acompañado nuestras tardes durante años: Vive, Viento, Amor

Hay una canción que nunca he logrado encontrar grabada. Creo que la compuso una exalumna en un primer intento fallido por jubilarse. Solo recuerdo una frase: “ningún lugar está lejos, cuando se quiere así”. 

En diciembre de 2019 Arturo se despidió definitivamente de la Prepa 3. Le ayudamos a cargar sus cosas en su carro. Cuando se fue, tenía lágrimas en los ojos, nosotros también. 

Poco después, en enero de 2020, comenzó uno de los paros más largos de la escuela. Y en marzo llegó la pandemia. De alguna manera extraña, nuestra preparatoria terminó con Arturo, todo lo que vino después fue otra etapa de la vida. 

En aquellos años aprendimos muchas cosas: a dejar de jugar a ser niños, a cuidar a otros, a escuchar con más atención. Creo que muchas de esas lecciones comenzaron en ese salón de coro. 

Durante un tiempo seguimos haciendo videollamadas con él. Nos reuníamos varios alumnos para platicar, cantar, recordar. Pero la vida tiene su propia inercia: el trabajo, la universidad, las preocupaciones de la edad adulta hicieron que las llamadas se fueran espaciando hasta que casi desaparecieron. Y creo que muchos cargamos con un poco de culpa por no haber estado más presentes. 

El 27 de abril de 2024 recibimos la noticia de que Arturo había muerto. Muchos de nosotros fuimos al velorio, lloramos mucho, cantamos, porque sabíamos que eso era lo que él habría querido. Nos abrazamos después de años sin vernos. 

Fue extraño: en medio del dolor también había una sensación profunda de gratitud, porque, aunque Arturo nunca buscó homenajes institucionales, dejó algo que es difícil de describir, pero imposible de ignorar, sembró algo en nosotros. 

Hoy miro a mi alrededor y sé que hay cientos de personas —médicos, músicos, maestros, ingenieros, artistas, padres, madres— que en algún momento pasaron por ese salón y fueron tocados por la misma presencia tranquila. Personas que, de alguna manera, aprendieron a ser un poco más sensibles, un poco más conscientes, un poco más humanas. Tal vez eso era lo que Arturo quería, solo alumnos que intentaran vivir con bondad y amor por la vida entera. 

Arturito, tus alumnos te recordamos todos los días.

En memoria del Maestro Arturo Álvarez 

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