En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
Foto de Gabo Orozco Lucio

Mi extraña relación con el metro

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Un viaje fantástico por la Ciudad de México

Picture of Naomi Urbina

Naomi Urbina

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 6

Hace unos años, mamá solía llevarme con frecuencia al Centro Histórico de la Ciudad de México. Pasábamos horas buscando cosas para la casa y libros. También recuerdo que adoraba la sección de papelería: ver todos los ojitos saltones, las hojas de colores y los limpiapipas.

Pero una de las cosas que más me gustaba era el viaje de ida y de regreso. Siempre tomábamos el metro de la ciudad. Creía que podía conocer el mundo con solo recorrer estaciones de la mano de mi madre.

Ahora, ya más grande, las circunstancias me han devuelto a este transporte de una forma mucho más consciente y, para mí, sigue siendo, con seguridad, uno de los momentos más importantes del día. Es el medio que me lleva a donde soy más feliz, pero también el espacio en el que puedo poner en orden todos mis pensamientos.

Para mí, viajar en metro es como conocer mil historias en un solo minuto. Mientras espero a que llegue el tren a la estación o estoy sentada intentando no quedarme dormida por el cansancio, soy capaz de encontrar un poco más de significado en la gente que me rodea y de conocer el mundo desde otros ojos.

Puedo ver a la mujer que está a mi lado y que parece tener mucha prisa; al niño curioso por la ventana, con las rodillas encima del asiento, como yo solía hacerlo. Observo al chico que ha tenido un mal día y a esa chica que va de la mano con su mejor amiga porque acaban de pasar uno de los mejores momentos de su vida. En las noches, veo al joven que ya está cansado del trayecto o al señor que está con su esposa, disfrutando de otro momento antes de llegar a casa y descansar juntos.

Tal vez no conozco sus historias, pero durante unos minutos compartimos un mismo espacio. Cada persona va hacia algún lugar, carga con algo distinto y vive el día a su propio ritmo. Quizá eso es parte de lo que más me gusta del metro: la posibilidad de observar tantas vidas que, aunque solo se cruzan por unos instantes, forman parte de la misma ciudad.

También es verdad que el metro me ha visto llorando, desesperada después de un mal día, y preocupada cuando he recibido una mala noticia. Es el lugar al que siempre llego después de disfrutar con mis amistades y cuando estoy enamorada de la vida. Incluso en mi soledad, simplemente viendo por las ventanas, leyendo un libro o escuchando música, este es el lugar donde encuentro más de mí.

He transitado este espacio con personas que están en mi vida y que son muy importantes para mí, pero también con gente cuya historia se quedará en esas estaciones por las que muchas veces pasamos.

Hay una estación al sur de la ciudad que siempre será mi favorita porque ahí amé de una forma que solo puedes hacerlo cuando aún estás descubriendo el mundo. Cada vez que paso por ahí no puedo evitar sonreír. Sé que todos tenemos una estación que nos recuerda algo o a alguien. Puede ser el lugar al que nos llevaban nuestros abuelos y padres, o al que íbamos con nuestros amigos en esas horas libres.

Pero, aunque hay un lado bueno en todo esto, también es importante entender que no todos tenemos las mismas 24 horas. Somos tantos en esta ciudad que el trayecto implica una carga física y emocional. He sido testigo de testimonios lamentables y, por eso, también considero necesario que se actúe por el bienestar de las personas con las que compartimos este sistema de transporte y que, de esa forma, se pueda encontrar un bienestar colectivo.

Desde mi experiencia, me gusta pensar en el transporte como un medio en el que puedo conocer historias e inspirarme en los demás. Así he entendido que todos tenemos diferentes ritmos y formas de existir. Es bueno conocer un poco de los demás, aunque sea por unos breves instantes.

Para mí, esta es una relación de amor y odio. No puedo negar que es estresante y muchas veces hasta asfixiante, especialmente cuando debes transitar por él constantemente. Pero me gusta pensar que hay alguna belleza extraña en ir de un lugar a otro y conocer un pedacito de la ciudad en tan poco tiempo; observar a personas que no vas a volver a ver en tu vida, pero que durante un instante comparten contigo un mismo espacio en esta increíble y caótica ciudad. Creo que es importante encontrar belleza en aquello donde pareciera que no la hay, y el metro se ha convertido para mí en la perfecta demostración de ello.

Lee aquí más artículos relacionados

Sistema de Experiencias Colectivas

Sistema de Experiencias Colectivas

Por: Laura Jaramillo Rios
La necesidad de apropiarnos del metro como un lugar nuestro y habitable

Leer
La desesperanza es mental

La desesperanza es mental

Por: Julieta Claudia Sánchez Wong
¿Cómo nos afecta el monólogo interno al viajar en el transporte público?

Leer
¿El metro es un devorador de vidas?

¿El metro es un devorador de vidas?

Por: Ángel Gabriel Rivera Palacios
Cada vagón transporta historias, esfuerzos y sueños

Leer
El amor también tiene última parada en flores

El amor también tiene última parada en flores

Por: Kirban Cruz León
Tres años juntos terminaron en silencio

Leer
Amor subterráneo como acto de resistencia

Amor subterráneo como acto de resistencia

Por: Samanta Lizette Djantio Franco
El cariño nos salva del ruido del tren

Leer
El transporte público, un tercer hogar olvidado

El transporte público, un tercer hogar olvidado

Por: Alondra Alarcón
Mi trayecto diario es una transición de paisajes

Leer

Deja tus comentarios sobre el artículo

Mi extraña relación con el metro

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

two + nineteen =