En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Foto de Hannah Nelson de Pexels

Mi amor verdadero no era él. Eran ellas

Número 17 / ABRIL - JUNIO 2025

Las amigas salvan

Picture of Gilemy Montiel Hernández

Gilemy Montiel Hernández

Facultad de Derecho

La violencia disfrazada de amor casi me quiebra. Pero fueron mis amigas quienes me salvaron. Porque el amor real no duele, no exige sacrificios, ni te arrastra al abismo: te devuelve la vida.

Desde pequeña anhelaba conocer el verdadero amor. Los cuentos de mi madre me pintaban un hombre perfecto; que me rescatara de mis dragones y sanara cada una de mis heridas. Caballeroso, romántico y trabajador, eran siempre algunos de los requisitos que la pantalla ejemplificaba sobre el amor verdadero.

Emprendí mi búsqueda de amor conforme iban pasando los años, siempre anhelando encontrar a alguien que aceptara mis defectos y virtudes y aun así no se le hiciera difícil amarme. A ese hombre que me entendiera y diera todo por mí, porque esa era mi idea de amor verdadero.

Me esforcé por ser bonita por dentro y por fuera, me obligaba de forma constante para cumplir todos los “requisitos” que demostraran que soy una mujer que “vale la pena querer”. Entendía que el amor se construye, y así, constantemente, fui la salvadora del príncipe azul: curando sus heridas y sometiendo todas las mías, muchas veces perdiéndome en la búsqueda constante de encontrar o mantener a “mi amor verdadero”.

A veces pensaba que solo así sería completamente feliz. Muchas veces la búsqueda de amor provocó que pasara por encima de mis creencias, de mis ideales y hasta de mi propia valía. Quería tanto encontrar a esa persona que cumpliera los requisitos económicos, físicos o intelectuales… porque solo así iba a conocer a mi verdadero amor. Lo más triste es que esta lista de necesidades a veces se iba editando conforme pasaba el tiempo; a veces exigía lo que en el momento consideraba bonito, porque solo así lo iba a encontrar.

Otras veces me preguntaba: ¿qué era lo necesario para encontrar a alguien que me demostrara lo que era el amor verdadero?

Conforme iban pasando los años me desesperaba, me perdía y me iba doliendo, hasta claudicar.

“El amor que da y sacrifica, el que duele: ese es el amor verdadero”, “el amor todo lo puede y todo lo soporta”, me dijeron muchas veces. La búsqueda me llevó a sacrificarme a mí misma para encontrar ese amor, y en esas búsquedas me tropecé muchas veces. Hubo caídas, a veces desde una pequeña banqueta, pero muchas otras, la caída me llevó hasta un precipicio que me rompió de manera constante.

El amor a mí misma… ¿pero cómo? Muchas veces no supe tener compasión por mí. El amor verdadero siempre era la meta, pensé que tenía que encontrar a la persona ideal.

En algún punto, mi necesidad me llevó a lugares que dolían “porque ese era el verdadero amor”. Porque las heridas no importaban, ya que el amor “todo lo soporta”. Y así me fui rompiendo poco a poco, hasta que fue muy difícil levantarme. En la búsqueda de alguien que me amara, dejé de amarme a mí misma.

Pero el amor verdadero llegó. No como lo imaginé en los cuentos, ni con flores ni finales felices prefabricados. Llegó en forma de voz amiga. De carcajada compartida. De mensaje de “¿cómo estás?” a las 3 de la mañana.

Llegó cuando mis amigas vinieron a levantarme, a curarme las heridas, a sostenerme el alma rota. Cuando sintieron mis lágrimas en sus hombros y no intentaron callarlas, cuando me ofrecieron su silencio y su ternura como cobija para dormir el dolor.

Llegó cuando me abrazaron para juntar cada uno de mis pedacitos. Cuando me recordaron que no estaba sola, que no tenía que mendigar amor, que mi existencia ya valía por sí sola.

Porque ellas no solo estuvieron ahí para escuchar mis penas de amor romántico…estuvieron cuando mi vida estuvo en peligro.

Cuando el amor dejó de ser amor y se convirtió en miedo, fueron ellas quienes me tomaron de la mano —aun con el corazón roto de verme rota— y me llevaron a buscar ayuda.

A la fiscalía. Al doctor. Al psiquiatra. Al psicólogo.

Fueron ellas quienes me sostuvieron cuando yo no podía ni sostenerme a mí misma. Quienes me dieron su fuerza cuando la mía se había agotado. Quienes no huyeron de mi dolor, ni minimizaron mi miedo, ni callaron mis heridas.

Amor verdadero: el que me acompañó en el proceso de sanar y denunciar, el que no se asustó con mi oscuridad, sino que me alumbró el camino de regreso a mí.

El que no me pidió que fuera fuerte, sino que me ofreció su fortaleza cuando la mía se había quebrado.

Ellas son mi amor verdadero. Mis amigas, mis hermanas elegidas, mi refugio.

Amor verdadero: ellas sosteniendo mi cuerpo, levantándome el rostro, diciéndome que mi voz importa. Mis amigas, mi red de apoyo, quienes me rescatan de la duda, la inseguridad y la apatía. Que me devuelven el reflejo bonito cuando ya no me reconozco en el espejo. Quienes me recuerdan que el amor —el real— sana, acompaña y nunca pone tu vida en riesgo.

Ellas son mi amor verdadero. El más real. El más constante. El que no pide disfraces, ni pruebas, ni sacrificios.

El que florece en lo cotidiano, en lo íntimo, en lo invisible.

El amor que no busca rescatarme de mis dragones, sino enseñarme a cabalgar junto a ellos.

El amor que me salvó. El que me devolvió la vida. El que me enseñó que el amor no es sacrificio, ni renuncia, ni silencio.

Nadie está exento de vivir una pesadilla así. No importa cuánto amor demos, cuánta fuerza mostremos o cuántas veces intentemos “hacerlo bien”. La violencia puede tocar cualquier puerta, incluso la de quienes más creen en el amor. Por eso es tan importante hablar, nombrarlo, romper el silencio. Por eso es urgente sostenernos entre nosotras. Ser refugio, ser abrigo, ser grito y también ser consuelo. Porque cuando una amiga cae, no basta con mirar desde lejos: hay que tender la mano, quedarse, acompañar, no soltar.

El amor verdadero también es político. Es red, es sororidad y es lucha.

Es saber que mientras nos tengamos entre nosotras, ninguna estará sola en medio del dolor.

Y que, juntas, también podemos volver a nacer.

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