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Más allá del silbatazo inicial

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Un vistazo a la contracara social del espectáculo

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Omar Castro Ríos

Facultad de Filosofía y Letras

Los macroeventos deportivos, de cualquier índole, representan una gran inversión pública y privada. México ha organizado varias competencias que resulta sorprendente enumerarlas: Juegos Centroamericanos de 1926, Juegos Centroamericanos de 1954, Juegos Panamericanos de 1955, siendo la segunda edición de este certamen; el Mundial de Fútbol México 68 y los primeros Juegos Olímpicos ese mismo año; el Mundial de Fútbol México 70, Juegos Panamericanos de 1975, el Mundial de Fútbol México 86, Juegos Centroamericanos de 1995, Copa Confederaciones de 1999, Juegos Panamericanos de 2011, Juegos Centroamericanos de 2014 y, hoy, el tercer torneo de la FIFA que recibe el país en conjunto con Estados Unidos y Canadá. Todos estos eventos, además de otros que faltan por mencionar, traen desarrollo turístico y colocan al país bajo la mirada de la opinión pública internacional.

En especial, los Juegos Olímpicos de México 68 y los Mundiales de Fútbol en 1970 y 1986 son los más recordados por la población mexicana, al tratarse de los eventos más importantes que el país ha albergado. Y parecieran pocos, pero son más de los que otras potencias han podido organizar. Sin embargo, también son recordados por las reacciones sociales que se moldearon alrededor de ellos, tanto para bien, como para mal.

La Olimpiada fue un punto de quiebre para la política y la historia mexicanas, pues los movimientos estudiantiles que se formaron previo a la llegada del fuego olímpico desencadenaron en la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. El descontento general de la población surgió a partir de diversas decisiones y acciones del gobierno federal, y se siguió arrastrando hasta el Mundial de Fútbol 1970. Para 1986 se desarrolló un contexto distinto, pero así como al presidente Gustavo Díaz Ordaz, a Miguel de la Madrid Hurtado se le manifestó el disgusto popular mediante una rechifla durante la ceremonia inaugural. 

En el caso particular de Miguel de la Madrid, esto se debió a su deficiente manejo de la emergencia provocada por el sismo del 19 de septiembre de 1985 y a una crisis económica creciente. Hoy también se desarrollan movilizaciones sociales que presionan para que sus demandas sean atendidas en torno al evento internacional de fútbol, utilizando el inicio de la fiesta deportiva como cuenta regresiva.

En nuestro año 2026, el Zócalo permaneció cerrado y custodiado hasta las 10 de la mañana del jueves 11 de junio, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum observó el juego inaugural desde el Deportivo Hermanos Galeana, tras haber regalado sus boletos. La ausencia de una figura de la política nacional durante la ceremonia inaugural rompe con esos mensajes de amistad promocionados y con la tradición política, dejando más preguntas que respuestas. Además, ni en Estados Unidos ni en Canadá hubo representantes gubernamentales que dirigieran un mensaje al público.

Madres buscadoras, sindicatos y diversos colectivos en contra de la gentrificación marcharon con rumbo a la sede más importante del fútbol nacional: el controversial estadio Azteca. El inmueble fue blindado para evitar la llegada de estos grupos y que no afectarán la experiencia de los visitantes. Dentro del estadio, el juego era el foco de atención del mundo sobre un campo verde; afuera, era un campo de batalla. Entre la policía y los manifestantes, la violencia se hizo presente. 

Pese a los filtros instalados en las inmediaciones del estadio, y pese a que el metro cerró las estaciones Hidalgo, Universidad, Bellas Artes, Allende, Zócalo, Pino Suárez, San Antonio, Chabacano, Viaducto y Xola, los contingentes lograron llegar. La policía procedió entonces, no al nivel de aquel 1968, pero sí lo suficiente para hablar de represión. Resulta irónico que, mientras dos helicópteros y doce aviones de la Fuerza Aérea Mexicana engalanaron el evento desde el aire, afuera, en la puerta 8, se librará una batalla.

Al minuto 8 del juego, México anotó por conducto de Quiñones y al 67 descontó Raúl Jiménez. México ganó por primera vez un partido inaugural y mantuvo su racha invicta en el Azteca durante un Mundial de Fútbol. Pero afuera todo siguió igual. Terminó el encuentro y todos se olvidaron de lo que ocurre en el país. La ciudad se paralizó y después se volcó a las calles para celebrar el primer triunfo de la selección en este torneo que se organiza cada cuatro años. Pero, ¿por qué el fútbol?

Los boletos, la mercancía oficial y hasta las transmisiones en streaming estuvieron caras. Ese mismo año, en marzo, se celebró el Clásico Mundial de Béisbol (World Baseball Classic) y no hubo furor por ver participar a la selección; no hubo promoción mediática del evento ni un seguimiento pasional del equipo. Apenas se recordaba la edición anterior, cuando México venció a Estados Unidos y jugó dignamente contra el Japón de Ohtani. Estas contradicciones muestran un fenómeno cultural de la sociedad mexicana tan amplio como interesante. Por una parte, están quienes se desconectan de la realidad mediante la pasión futbolística, hasta el punto de olvidar lo inmediato; por la otra, quienes resisten la euforia deportiva para aprovechar la mirada del mundo y exigir aquello que ha sido ignorado por quienes tienen la facultad de resolverlo.

Por ello, es complicado hablar de todas las causas y particularidades de lucha de los contingentes que marcharon durante la inauguración. Y ojo, no estoy diciendo que el deporte sea malo; por el contrario, es una forma de desarrollo humano, bienestar físico y emocional. Sin embargo, es importante entender que al fútbol profesional se le ha otorgado tanto espacio que ha terminado por asfixiarnos.

David Harvey, en su reciente visita a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, mencionó cómo estos eventos constituyen una instrumentalización del capital que despoja al nativo. Y así fue: el metro colapsó por una remodelación estética que no fue terminada a tiempo; los vecinos del estadio Azteca han sufrido el aumento de las rentas y de los servicios básicos; se ha perseguido la piratería mientras que la mercancía oficial resulta inaccesible por su costo; los medios están limitados por los derechos protegidos y, al final, todo se traduce en dinero. ¿De qué trata realmente el evento? ¿Quién puede disfrutarlo? ¿Por qué nos interesa el fútbol? ¿Cómo podemos combatir sus efectos? ¿Cuáles son sus consecuencias?

La Ciudad de México vivió uno de los momentos más polarizados en el día más importante del fútbol. Cuando era niño y mis papás me contaban sobre el 86, mi sueño era ver a México jugar en casa. Me preguntaba: ¿cómo fue vivir una inauguración mundialista en el propio país? Hoy ya puedo responderme. Y aunque son contextos diferentes, e incluso hoy tengo más edad de la que tenían mis padres cuando vivieron su Mundial, existe una continuidad en lo que experimentamos. Las protestas nacen de necesidades sociales, además de que el deporte profesional es un actor político más. Eso recuerda, en cierta medida, a los ciclos planteados por Fernand Braudel. Por ello, siguiendo su pensamiento, resulta interesante dar razón de por qué México es un atractivo geográfico y cultural para albergar macroeventos deportivos.

No es una condición que, al llegar un certamen de este calibre, surjan manifestaciones sociales; pero tampoco es necesario esperar la llegada de un macroevento para exigir lo que es justo. Sin embargo, estos acontecimientos permiten encontrar los contrastes entre una imagen idealizada del país para el mundo y la realidad de sus habitantes. 

Por eso, cuando pensamos el deporte más allá del entretenimiento y lo entendemos como un fenómeno económico, social y político, no resulta extraño advertir que las potencias encontraron la forma de pasar del campo de batalla al campo de juego tras la guerra; aunque, cada vez más, parece que el campo de juego es una batalla adicional.

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