En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Los vínculos del cielo y la religión

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

El firmamento y las estrellas a través de lo sagrado

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Alejandro Sánchez Campo

Facultad de Ciencias

¿Qué tienen en común la placa de Blanchard, la alineación solar de Stonehenge y el dios Tonatiuh? Aunque provienen de culturas y épocas muy distintas, todos estos casos muestran cómo la observación del entorno celeste ha moldeado creencias, rituales y símbolos religiosos a lo largo de la historia.

Comprender estas conexiones ha dado origen a disciplinas como la arqueoastronomía, que estudia cómo los astros han estado ligados con antiguas civilizaciones en sus construcciones, mitologías y prácticas sociales. Mediante el análisis de templos, monumentos, cuevas y otras estructuras, es posible rastrear cómo los astros influyeron en la espiritualidad y en la forma de organizar las sociedades.

 

Hace muchos milenios…

Desde la prehistoria, concretamente en el Paleolítico Superior, se tienen evidencias de que los humanos de hace unos 25,000 años ya mostraban interés en el movimiento de los astros. Un ejemplo notable es la placa de Blanchard, en la cual se encuentran 69 marcas estudiadas por Alexander Marshack. Según su interpretación, respaldada por Grattan-Guinness, estas incisiones representarían un registro del ciclo lunar durante 69 días, siguiendo sus fases (llena, media, creciente y nueva). Esta hipótesis (conocida como la cota Marshack) sugiere un temprano pensamiento matemático y astronómico.

Otro ejemplo es el de la Venus de Laussel, una pieza encontrada en la Dordoña francesa que muestra una figura femenina portando un cuerno con trece marcas, y la cual, según Marshack, podría representar a una diosa lunar o de la fertilidad.

Estas observaciones iban más allá del simple registro del tiempo. Investigadores como Michael A. Rappenglück y Brian Hayden sugieren que, en contextos con abundancia de recursos, pudieron vincularse con rituales o funciones sociales complejas, cargadas de significado religioso, cohesión grupal o poder simbólico. Anticipar fenómenos lunares, por ejemplo, podía otorgar prestigio a quienes dominaban esos patrones.

 

Esas misteriosas piedras en Inglaterra

Adelantándonos más en el tiempo, encontramos un sitio que muchos reconocen por documentales o noticias: Stonehenge, una construcción que aún hoy conserva muchos misterios sobre su origen y propósito. Se sabe que fue edificada en varias fases, desde aproximadamente el año 3100 a.C. hasta el 1800 a.C.

Aunque existen varias hipótesis sobre su función, la más aceptada es su alineación con los solsticios. Desde el centro del círculo, el Sol naciente de verano aparece entre la Piedra del Talón y otra hoy desaparecida, mientras que el Sol poniente de invierno se alinea con uno de los trilitos de piedra sarsen. Esta precisión sugiere que Stonehenge funcionaba como marcador solar con fines rituales, reflejando un notable conocimiento astronómico.

 

La llegada del politeísmo

Las religiones politeístas, presentes en distintas culturas del mundo, comparten varios rasgos comunes. Uno de los más destacados es la asociación de sus dioses con fenómenos naturales y astronómicos. Tonatiuh, Ra, Surya y Helios, por ejemplo, son deidades solares en las culturas mexica, egipcia, india y griega. También existen divinidades vinculadas a la Luna, las estrellas y otros elementos celestes, aunque con matices propios en cada tradición.

La adoración a los astros responde a una necesidad profunda de entender el mundo y nuestro lugar en él. Por eso, muchas culturas desarrollaron relatos orales sobre el origen del universo, conocidos como cosmogonías. Estas narraciones generaron una gran diversidad simbólica y ofrecieron a cada religión una identidad particular, incluso frente a fenómenos astronómicos similares.

Un caso ilustrativo es el de Tonatiuh, quien exigía sacrificios humanos para mantener su recorrido celeste, mientras que Helios lo realizaba en un carro dorado sin necesidad de ofrendas sangrientas. Este contraste muestra cómo un mismo fenómeno astronómico (el movimiento solar) era interpretado de formas opuestas según la cosmovisión de cada cultura.

 

Las religiones monoteístas

Actualmente, las religiones más practicadas en el mundo son monoteístas, es decir, aquellas que rinden culto a un solo Dios o entidad suprema. Entre las más conocidas se encuentran el cristianismo (incluido el catolicismo), el judaísmo y el islam. Al revisar brevemente sus respectivos textos sagrados, notamos nuevamente la presencia de la astronomía. Sin embargo, podemos afirmar que lo que cambia es que el origen y el comportamiento de los astros ya no se atribuyen a entidades independientes, sino que están regulados por un único Dios.

Esto da lugar a una visión del cosmos como un sistema ordenado. En este contexto, la astronomía se convierte en una herramienta para organizar el culto: calendarios litúrgicos, determinación de festividades, orientación del rezo (como la qibla en el islam), entre otros usos. La observación celeste adquiere un carácter práctico y simbólico, pero no implica que los astros sean considerados deidades. La diferencia fundamental radica en que, mientras el politeísmo personifica el cielo, el monoteísmo lo racionaliza.

 

La modernidad

En la era moderna, los avances científicos han abierto nuevas preguntas sobre el origen del universo, y, de forma sorprendente, algunas de sus respuestas siguen resonando en las tradiciones religiosas. Estas teorías no buscan reemplazar a la fe, pero han transformado la manera en que muchas personas comprenden el cosmos y su vínculo con lo sagrado.

Un ejemplo destacado es la teoría del Big Bang, que plantea que todo el universo estuvo concentrado en un punto extremadamente denso y caliente, y que desde hace aproximadamente 13,800 millones de años se encuentra en expansión. Aunque en un principio esta idea parecía contradecir algunas cosmogonías tradicionales, varias religiones han encontrado formas de reinterpretarla en concordancia con sus textos sagrados.

El propio Georges Lemaitre que desarrolló esta teoría, era un sacerdote católico quien dijo que esta idea no entraba en conflicto con la religión. Más tarde, el papa Pío XII interpretó el Big Bang como una confirmación a la fe cristiana, sin embargo, Lemaitre se opuso a esta interpretación, afirmando que el origen del universo es un tema independiente de la religión o la metafísica.

En el Islam Mirza Tahir Ahmad, líder de la comunidad Ahmadía, señaló que el versículo 21:30 del Corán menciona que “los cielos y la Tierra eran una masa unida y los separamos”, lo cual ha sido interpretado como una referencia temprana a la expansión del universo. Esta interpretación también es compartida por otros eruditos musulmanes como Muhammad Tahir-ul-Qadri y Muhammad Asad. Además, académicos como Faheem Ashraf y Sheikh Omar Suleiman señalan que el Corán describe un universo en expansión en el versículo 51:47, lo que algunos consideran una coincidencia con el descubrimiento realizado por Edwin Hubble.

 

Lo que nos espera

Este ha sido solo un repaso breve, existen muchos otros ejemplos donde las religiones interpretan, dialogan o incluso se reconfiguran a partir de los descubrimientos científicos. Claro, no todas estas posturas serán compatibles con nuestras formas de pensar, pero considero que es un ámbito interesante que puede ayudarnos a replantear nuestras perspectivas sobre el mundo y nuestras propias creencias. Podemos ser personas religiosas, agnósticas o ateas, pero creo que hay algo inherente en todos nosotros: la capacidad de maravillarnos con el cielo, de preguntarnos quiénes somos y qué lugar ocupamos (o nos asignamos) en el universo. Conocernos mejor, respetarnos en la diferencia y cultivar el pensamiento crítico son aspectos fundamentales si aspiramos a construir un mundo mejor.

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