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Crédito: Foto de Still Pixels de Pexels

La última cacería bajo la luna

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Cuando los hijos del metal aprendieron a sentir compasión por quienes los crearon

Picture of Ángel Raymundo Martínez Ramírez

Ángel Raymundo Martínez Ramírez

Facultad de Estudios Superiores

La luz de la luna, tan potente que parecía de día, iluminaba un campo de golf. Entre unos arbustos, un hombre y una mujer estaban escondidos, acostados boca abajo y sujetando rifles de francotirador entre las manos. Vestían ropa militar camuflada con barro y ramas; sus caras, al igual que la ropa, se confundían a través de los arbustos, aunque no llevaban pintura de camuflaje. Miraban al frente con atención.

—¿Crees que dure mucho, como la otra vez, o solo unos minutos? —preguntó el hombre.

—No —dijo la mujer, mientras observaba una hormiga caminando en su dedo con el que apoyaba el gatillo del arma—. Yo creo que solo unos minutos. Son pocos la verdad.

—Oye —le dijo él mirándola—, ¿no era la próxima cacería hasta mañana? 

—Sí, pero a estos los atraparon intentando entrar —respondió la mujer, poniendo a la hormiga con mucho cuidado sobre una hoja—. Aunque esta vez lo lograron. Mataron a Alex… o eso creen. —Ambos sonrieron a medias.

—¿Por eso nos llamaron de urgencia? —preguntó él.

Ella asintió. Una alarma sonó y ambos miraron al cielo.

—Es la primera llamada —dijo ella—. Pero no podemos hacerlo, son humanos que no han  cometido ningún delito.

—Te equivocas. —Se incorporó el hombre y empezó a estirarse abriendo los brazos como queriendo abarcar el campo—. Lo que pasa aquí no le corresponde a los humanos, solo a nosotros. 

—Ellos admitieron que querían matar unos cuantos “citripios”. —dijo ella, señalándose con los índices—. No lo lograron, pero eso no nos da derecho a matarlos. Eso lo deciden los suyos. Además, solo porque nos miraron así, no quiere decir que… —se quedó callada y sus miradas se cruzaron.

—¿Así cómo? —preguntó él.

—Tú no los viste; no lo comprenderías. —Metió las manos en los bolsillos y bajó la mirada.

—¿Crees que no lo comprendo? —replicó, sentándose y mirándola—. ¿Crees que no comprendo lo que es que te miren con asco y que te lastimen con un cuchillo múltiples veces solo porque no sangras ni tienes órganos? —Se levantó y se descubrió el abdomen; tenía varias cicatrices de puñaladas. Ella miró las cicatrices y, unos segundos después, lo miró a los ojos, negó con la cabeza y murmuró «No». Él asintió. Ella se acercó y tocó con su mano una de las cicatrices: las marcas formaban letras que en conjunto decían «Maldito robot».

Él bajó la playera y ella retiró su mano.

—Ellos jamás nos aceptarán, ¿verdad? —murmuró la mujer

El hombre se acostó boca abajo y puso su ojo en la mira telescópica de su arma.  

—¿Por qué crees que vivimos exiliados en esta isla? 

La mujer miró el campo durante unos segundos; le temblaban los labios mientras apretaba el arma con sus manos, como si quisiera destruirla, lo cual podía hacer. 

—Y, sin embargo, ellos nos pagan para matarlos —respondió con ironía.

La alarma sonó otra vez. Ella se puso seria y retomó su posición en el suelo.

—¿No te parece curioso? —preguntó él, sin dejar de mirar hacia enfrente mientras ella lo observaba—. Nacimos de la inteligencia artificial, la robótica y varias ciencias más. Somos creación suya. Nos odian porque no podemos morir, o eso creo. Además, se supone que ellos no quieren morir y, sin embargo, nos pagan para que los matemos.

—Muchos son ancianos —dijo ella, con la mirada perdida. Le temblaron aún más los labios. Sentía un nudo en la garganta. Él se dio cuenta de esto y le dio unas palmadas en el hombro.

—Sí, pero muchos más son jóvenes y niños. —Supo al instante que no debió decirlo: ella palideció aún más—. Al principio solo algunos podían darse este privilegio, después muchos trataron de convertirlo en un derecho, aunque no lo lograron. 

—¿Por eso roban y asesinan? ¿Para poder comprar su muerte? —preguntó, asqueada y arrancando un puñado de pasto. Él asintió—. ¿Pero qué les pasa? ¿Por qué lo hacen?

—¿Por qué crees? —le contestó, mirándola, como si la respuesta fuera obvia—. Siguen matándose entre ellos. O, mejor dicho, los tarados que gobiernan matan a los tarados de los otros gobiernos, afectando a todos los demás. 

—¿Por eso prefieren venir aquí y…? —Ella se puso de pie. Miró el campo, como si tratara de ver más que solo el pasto verde. Luego miró su arma, deseando tirarla. 

Él la miró.

—Solo llevas dos semanas en esto, aun puedes irte.

—Lo dices como si fuera lo más normal del mundo matar humanos. 

—Es mi trabajo —se acomodó y volvió a mirar por el lente—. ¿Qué? ¿No me digas que ahora sientes compasión por ellos? 

Ella lo miró con asco, tiró el arma al suelo y se sentó lejos de él, a unos pasos. Miró sus manos, luego el terreno despejado.

Sonó la alarma por tercera vez.

—Se vuelve fácil si crees que ellos ya se rindieron —dijo él, apenas audible y con un nudo en la garganta. 

En ese momento ella vio a varios niños corriendo por el terreno, algunos estaban más delgados de lo normal; pocos usaban ropa descolorida y con hoyos, pero la mayoría usaba ropa cara y colorida. 

Vio ancianos arrastrándose por el suelo, sin poder caminar y otros en sillas de ruedas. 

También observó que algunos jóvenes asesinaban a personas de su edad y a unos niños. 

Alcanzaba a ver que algunas personas ayudaban a los ancianos a caminar, mientras muchos jóvenes trataban de alejarse.  

Entre el panorama desolador vio drones volando alrededor, transmitiendo en vivo el espectáculo para el disfrute de quien pudiera pagar.

Y durante la noche, solo se oyó el ruido de múltiples disparos.

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