Más que un transporte
Por: Barush Cruz
Un espacio para cada persona en el metro del Distrito Federal
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Algunos usan mil y un psicotrópicos en busca de una experiencia surrealista; a este escribidor solo le bastó una mala planeación para darle un vistazo al Jardín de las Delicias urbanitas. Basta con ser bastante valiente —o negligente contigo mismo— y pagar solo cinco pesos.
El primer aniversario que pasé con mi novio abrió de par en par las entrañas de aquella urbe por la cual soy forajido. Debí suponer que el regreso a casa sería diferente. El 3B ya estaba cerrado; no era momento de comprar agua para el camino. Ya debía navegar hasta Canal de San Juan, cobijado por la intranquilidad propia de una calle vacía a las once de la noche. Caminar ya es un juego de niños luego de pasear gustosos por Reforma, aunque solo pocas caminatas son por gusto o por la experiencia misma. Buscar transporte a esa hora igual es una experiencia en sí misma.
El RTP que llega a la Alameda Oriente funge como una de las escasas luces de la calle. Desocupado, contrasta con el destino opuesto, atiborrado de pasajeros fastidiados e impacientes por llegar al hogar. Uno no puede quedarse a reflexionar, pues apenas sí hay tiempo para descender del RTP antes de que suba el puente que atraviesa la Zaragoza y se pierda; esas preguntas quedarán suspendidas en el aire, justo al ladito de la polución.
Me sentí ajeno al no olfatear la presencia del vapor de los puestos de tacos, marinados con el aroma de orina añeja de los alrededores; aquel gusto que casi puede disfrazar el hedor de los rastros vecinos. Esa fragancia, en horas más prudentes para llegar, quería decir que ya llegamos a la estación Canal de San Juan.
Esperando en el andén me llevé una sorpresa viendo entrar un tren FM-86 con la cromática antigraffiti del FM-95A hacia La Paz. «Hacía años que no veía ese modelo con ese azul intenso y franjas naranjas», pensé. «A nadie en la Agrícola Oriental le importa el color del maldito metro, ni siquiera al conductor», me respondí al instante.
Dentro del convoy FE-07 se dibuja un cuadro en aparatosas pinceladas: estudiantes de la FES Zaragoza leyendo un engargolado de medicina o bromeando con sus compañeros como cualquier día entre semana; trajeados empleados escuchando música o viendo series en su teléfono a todo volumen; obreros durmiendo, abrazando su mochila o comiendo su ya frío almuerzo; y unos pocos en estado etílico con una lata de Victoria en una mano y una bolsa grasosa con pan dulce para su familia en la otra. Todos partimos del mismo purgatorio.
Sobre el marco de aquel cuadro pasean vagoneros armados con chocolates, tres encendedores y chicles para refrescar boca y garganta, para después de comer, fumar o beber; todo a diez pesos. Ya sean las cinco de la mañana de un lunes o cuarto para las doce de un sábado, los vendedores son los pájaros que vuelan a sus anchas por el jardín.
El viaje todavía continúa; no es algo extraño, uno está acostumbrado a no ver el final del camino. Ya la falta de puestos abiertos solo hace al silencio más ensordecedor.
Aquel pasillo de correspondencia entre las líneas A y 1 es un laberinto borgiano. A esas horas no hay más almas que errantes espectros, cansados y apurados. No esperes congruencia en el trazado: donde quiera que se mire hay pasillos que tercamente se bifurcan en otros, que tercamente se bifurcan en otros. No habrá nunca una puerta por la que salir. Estaba adentro y ese alcázar abarca el universo, pero cierra religiosamente a las cero horas. Y a las cero horas cerró sus puertas.
Correteados, apurados y con el Jesús en la boca debemos emprender la caza por el último tren de la corrida. «[…] Ni en la noche dejan de chingar los puercos», escuché decir a un señor muy mayor en respuesta al grito de «¡Último tren, aborde rápido, caballero!» del solitario policía bancario que resguarda la estación.
Con el aliento escapando por la correteada fui ignorando a aquel que no detiene su camino. 0:17… se leía en la pantalla de los nuevos y flamantes NM-22 que ruedan sobre la no tan flamante y menos nueva Línea 1.
Resignado, consciente de mi situación, solo atiné a rezar para mí mismo: «Ya valió madre». Llegó el momento de pagar mi pecado original: ser forastero de la ciudad. Aquel pecado que encadena este tríptico surrealista. Me quedaba esperar la caída del diluvio. Se entiende que el último camión a casa ya se había marchado galopando de Potrero; y con mis últimos veinte pesotes nadie quisiera llevarme hasta donde Cristo perdió el mechero.
Ni tiempo de reaccionar tuve. Debía tomar una decisión: «¿Me quedo o me bajo en la próxima estación? Si me quedo voy a dar hasta Observatorio; si desciendo, quién sabe qué me espere», sentencié.
Como pude —y como Dios me dio a entender— me lancé en Salto del Agua en busca de algún local abierto. Muy pocas opciones, realmente. Ni en mis años como vil beodo me vi en la urgencia de escoger un lugar de la intemperie para pasar una noche de ronda.
Como de costumbre llevaba mis audífonos encarnados a la oreja; solo me quitaría uno e iría “campechaneando” entre el izquierdo y el derecho a fin de no quedarme más sordo. Trataba de que mi obsesión sonora de ese momento, The Royal Scam, de Steely Dan, fuera suficiente para ignorar a la malvada multitud fantasma.
Únicamente oía el zumbido mecanizado de otro mundo, dado que el sol no brilla y no hay luces rojas ahí en la oscuridad para pensar una solución al alcance de este peatón sin suerte. «La TAPO está lejos, una funeraria ni pensarlo, una banquita en la Alameda Central no sonaba tan mal. Garibaldi es la opción más factible. Tal vez tendría que estar al tiro por si un borracho me orina encima», creí en ese momento. Estos sitios no son al azar; algún tiempo atrás, un amante del Tom Collins me recomendó esas locaciones a cambio de mis Faros. Nunca le pedí recomendaciones, pero se agradece.
En este punto mis Converse color vino de los días especiales eran imposibles de ignorar; era el calzado elegido en función hedonista y no en función utilitaria. No me arrepentí, aunque me reprochaba cada ampolla adquirida. Habría que ignorar el dolor, caminar y ver si mi dicha es tanta para llegar a Garibaldi. El reloj ya había desaparecido. Total, nadie mira la hora si la sentencia es eterna.
Sin prisa quise darme una vuelta por Bolívar. No queda de paso, pero poco tendría que perder. La vida, quizás. Me limitaría a ver los aparadores, como otras veces que recorrí cuando una plumilla era un lujo reservado para ricos y talentosos. Ya era una sensación conocida.
Yo creo en cosas que no he visto, y ustedes también, lo sé. No hace falta exhibir una prueba de existencia de aquello que fue tan verdadero. A fin de cuentas, no queda demasiado claro si es que hay algo verdaderamente inventado en ese infierno musical.
La lujuria, o el desamparo, depende de a quién se le pregunte, se hizo carne en una mujer —me atrevo a suponer— mayor de cuarenta años, quien paseaba por la esquina de Bolívar y República de El Salvador. Su cuerpo apenas cobijado por un babydoll negro parecía desapegado a la frígida noche. Empuñando un helado de vainilla golpeaba su ser; ese impensado flagelo lascivo se derretía en las llamas de este obsceno infierno musical, donde todo se movía al ritmo de gemidos que resonaban por la avenida.
Un barrendero y su escribidor fuimos testigos únicos del callejear de la mujer. Ambos buscamos respuesta en la mirada del otro; fue inútil. Lo dimos por sentado y cada uno partió silbando sin mirar el «fin de los tiempos», donde hombres y mujeres luchan desesperadamente por escapar de su condición. Hubiera quedado ahí, de no ser por una reinterpretación de ese cuadro. Semanas después, ya por la tarde, la encontramos en la misma esquina. En vez de la sorpresa, contemplaba al helado. «Ahora es de chocolate», noté. Solo mi novio parecía pasmado por esta ciudad que se pudre en la indiferencia propia de su sucia gloria. Caminé tan poco y bajé tanto. Interpreté esa escena como una advertencia: bajar más significa encontrar lo más bajo de esta olla devoradora de hombres —si es que no me devoró antes—. Sea como sea, tendría que volver sobre mis pasos, pasar la noche a las puertas del Metro Hidalgo y regresar al purgatorio.
Regresé con el sonido de mis pasos ahogados por el estómago que exigía comida y mis labios desiertos. Transitar por las escasas taquerías abiertas se tradujo en otro castigo. Ver a los taqueros repartir órdenes, como un crupier que empieza una partida de blackjack, era casi un insulto. Pero poco importaba. Sin más consuelo apreté el paso por el Eje 1. Pese a las horas que llevaba caminando, seguía siendo un extraño.
Las miradas de aquellos ignorados a la luz del sol me recorrían de arriba abajo. Metí la mano en mi abrigo haciendo la faramalla de que traigo “tubo” para que nadie se me acercara. Funcionó, más porque a nadie le importaba lo que me pasaba.
Ya en puertas del purgatorio de Hidalgo, me quedaban energías puramente para cerrar los ojos. Esperé, esperé y ¿esperé? «¿No piensan abrir, o qué?», repetía cual mantra. Como de rebote recordé —ese domingo a las cinco— algo gracioso:
El metro abre a las siete de la mañana los domingos y días festivos…
Fue una sorpresa —desagradable a posteriori— encontrarme siendo el único aguardando por la apertura de la estación. Ni un velador, ni una familia con diablitos, ni alguna meretriz a quienes estaba acostumbrado a ver en las primeras unidades del día. De a poco fueron llegando; cada uno de los personajes se hizo presente. El purgatorio abrió sus puertas y el mundo empezaba a cerrarse de nuevo. Solo podía esperar al lunes para regresar al paraíso. Este escribidor abnegado valora cada instante en ese edén que yace en sus brazos y mitiga el peregrinaje por el Jardín de las Delicias.
Por: Barush Cruz
Un espacio para cada persona en el metro del Distrito Federal
Por: Lesly Sarai Martinez Cardenas
El lugar donde se deja el corazón