En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Foto de Google DeepMind de Pexels

La muerte de la verdad

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Las IA facilitan la manipulación de la información

Picture of Jaziel Arath Hernández Salazar

Jaziel Arath Hernández Salazar

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

Al final de los años cuarenta del siglo XX, George Orwell, en su obra 1984, introdujo el concepto de “neolengua”, un idioma artificial diseñado por el Partido (sistema político que controla todo mediante vigilancia, manipulación y represión) para limitar la libertad de pensamiento. A través de la neolengua se buscaba reducir el vocabulario poco a poco, eliminar palabras, al suprimirlas se excluyen también ideas incómodas. Por ejemplo, si no existe la palabra libertad, tampoco se puede pensar ni hablar de ella. Orwell menciona: “El propósito de la neolengua no era ampliar, sino disminuir el alcance del pensamiento, y este objetivo se lograría reduciendo el número de palabras disponibles.”

Controlar el lenguaje era controlar el pensamiento

Décadas después, aquella advertencia parece cobrar vida bajo un nuevo rostro: la inteligencia artificial (IA). Este fenómeno se ha convertido en la nueva carrera a ganar, no solo por las empresas tecnológicas, sino también por los gobiernos más poderosos del mundo, en una competencia semejante a la carrera espacial entre Estados Unidos y la URSS durante la Guerra Fría. Alan Turing, en su artículo “Computing Machinery and Intelligence”, se preguntó: “¿Pueden pensar las máquinas?”. Setenta y cinco años después muchos responderían que sí, las computadoras hoy resuelven dudas, facilitan investigaciones, e incluso crean imágenes con estilos artísticos complejos. La llegada de ChatGPT, desarrollada por OpenAI en 2022, sorprendió al mundo entero: el sueño futurista de 2001: odisea del espacio parecía haberse hecho realidad.

Pero, ¿realmente las máquinas piensan? Para entender qué hay detrás de la IA, es necesario recordar los primeros textos predictivos que surgieron con los teléfonos inteligentes en la década de 2010. En esa época la comunicación instantánea y el acceso global marcaron una nueva era. Los teclados digitales incorporaron autocorrectores capaces de predecir la siguiente palabra en función de patrones estadísticos. En esencia, estos sistemas utilizaban el lenguaje humano buscando regularidades para anticipar el resultado más probable. De ese principio nacen las Large Language Models (LLM o Modelos Largos de Lenguaje), softwares entrenados con cantidades masivas de texto —libros, artículos, páginas web— para entender y generar un lenguaje natural. Se llaman “largos” porque manejan millones de parámetros y estructuras lingüísticas.

Sin embargo, conviene aclarar algo: la llamada “inteligencia artificial” no es una entidad consciente ni pensante. Es un conjunto de algoritmos estadísticos que transforman palabras en vectores, las combinan en matrices y calcula probabilidades. Cuando el usuario introduce un texto, el sistema realiza operaciones matemáticas entre una matriz A (que representa la entrada del usuario), y una matriz B (que contiene la información con la que fue entrenado). De esa interacción surge una nueva matriz C, cuyas probabilidades determinan cuál será la respuesta mostrada. En otras palabras, la inteligencia proviene de quienes programan estos sistemas, no de las máquinas mismas. 

Aun así, las IA pueden volverse peligrosas, no porque desarrollen conciencia y decidan eliminar a la humanidad, sino porque facilitan la manipulación de la información. Como se mencionó al inicio, los gobiernos y las corporaciones más poderosas invierten enormes sumas para desarrollar y controlar estos programas. En julio de 2025, el Pew Research Center publicó un estudio en el que advierte que la implementación de IA en motores de búsqueda está reduciendo significativamente los clics en los enlaces web. Google, por ejemplo, muestra como primer resultado un resumen generado por IA, lo que evita que los usuarios visiten directamente los sitios de origen. Este cambio implica menos ingresos, mismos que se verán reflejados en las nóminas de periodistas, investigadores y creadores de contenido que sustentan la pluralidad informativa. 

Si los sitios web desaparecen, las IA solo podrán entrenarse con información proporcionada por sus programadores, lo que conduciría a una peligrosa centralización de la información y en una posible manipulación del discurso público a conveniencia del mejor postor. A finales de ese mismo mes, julio de 2025, el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu firmó un acuerdo de 45 millones de dólares con Google, a la que calificó como una “entidad clave” en su estrategia de relaciones públicas. El objetivo: amplificar mensajes oficiales y minimizar la crisis humanitaria en Gaza. Dado que Google es dueña de Gemini, la segunda IA más utilizada en el mundo, resulta preocupante que los datos con los que se entrena este modelo puedan estar sesgados a favor de los intereses políticos de ese contrato.

La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta poderosa para moldear narrativas, influir en la opinión pública, y fortalecer proyectos totalitarios y una entidad que ningún gobierno en el mundo pretende regular. La creatividad, la libertad de pensamiento y la formación ideológica están en riesgo. George Orwell nos advirtió, desde la ficción, que limitar el lenguaje es limitar el pensamiento. 

Hoy, la neolengua podría tomar la forma de algoritmos invisibles que deciden qué vemos, qué leemos y en qué creemos. Defendamos nuestro derecho a una información libre y descentralizada. Recordemos que la IA no piensa: procesa lo que le damos. Y detrás de ese proceso hay intereses humanos, económicos y políticos. No dejemos que este objeto sea el causante de la muerte de la verdad.

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