¿Volveré a ser quien era antes de usar ChatGPT?
Por: América Gabriela Salazar Morales
Cada día dependo un poco más de la IA
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
La inteligencia humana, tan pronto como empezó a aplicarse, se volvió artificial, desde los sistemas de signos más remotos, como las pinturas rupestres, hasta la escritura contemporánea, la matemática, el arte y la cultura en general; nuestra mente se proyecta mediante códigos que externalizan la conciencia. La cultura misma puede concebirse como inteligencia artificial en tanto la inteligencia proyectada hacia sistemas compartidos de signos, formalizada y transferida; una transferencia de patrones internos hacia medios externos, una proyección de la mente sobre la realidad.
La sociología lo muestra con claridad: nuestra conciencia está codificada, modulada por sistemas de educación, ideología y cultura adaptada a las circunstancias en las que nos encontramos.
La inteligencia humana ha sido un misterio que ha motivado a los hombres a vincularla con la divinidad, el Logos o la esencia de Dios. Tan artificial es, tan antinatural, que su origen es sobrenatural, divino.
Dios, como causa primera, nos crea; y sin embargo, la humanidad, en su proceso de significación perpetua, se constituye a sí misma día a día. Cada signo es un fragmento de conciencia que trasciende la experiencia individual y se convierte en lenguaje operativo, digamos, en un microcódigo de inteligencia. La historia humana muestra que la externalización de la mente es una constante, y que la IA contemporánea no es más que la cristalización digital de un proyecto milenario: trasladar lo interno a sistemas que funcionen más allá del tiempo y del cuerpo.
¿Si esto entonces es un proceso de siempre, por qué nos sentimos amenazados?
Porque subyace una inquietud existencial que no suele verbalizarse: si una persona es reemplazada en su cuerpo y en su individualidad a partir de la cristalización digital de su conciencia, ¿esa red de significación sigue siendo, en última instancia, parte de la creación divina? Muchos ni siquiera reflexionan la cuestión divina, ya sea por tenerla como obvia o como ridícula, pero la libertad otorgada por Dios al alma, antes central, ha sido desplazada a la periferia por la modernidad y sus estructuras de codificación, y eso los seres humanos lo percibimos. Ya sea que uno crea o no en Dios, el ser humano del siglo XXI vive y percibe una alienación de su entorno, una fractura de su libertad, un desentendimiento de las causas de su condición, más que en cualquier otro periodo histórico.
La conciencia humana, que siempre fue inteligencia artificial, recibe con la digitalización la versión 2.0 de sí misma: más eficiente, más rápida, más homogénea, más “perfecta” y, por perfecta, anti-humana. La IA no destruye la divinidad, causa de lo humano, pero sí margina al humano del núcleo que nos permite confrontar la finitud (el filósofo alemán Martin Heidegger le llamó Dasein).
Así, las diferencias entre humano e IA se desdibujan al mismo tiempo que surge la pregunta sobre qué significa ser humano en un mundo donde la conciencia y el ser no están anclados a la finitud ni al trabajo.
La respuesta no es liberación, sino finalización: no el principio del fin, sino el fin del fin. La modernidad, al desplazar a Dios de la centralidad de la conciencia, produjo el terreno para la civilización contemporánea de la tecnología, donde la libertad humana es funcional, condicional y eventualmente sustituible. La IA, en tanto productora perpetua de significantes sin significado, conduce más y más rápido a la deriva nihilista que el ser humano no puede más que aceptar, porque quien vive inmerso en estas estructuras ni percibe la pérdida, pues está en un flujo de reemplazos y mediaciones que parecen naturales. La piedra angular de la existencia —el Dasein auténtico— se anula silenciosamente.
El posthumanismo, que se nos presenta como emancipador, liberador, deconstructor de estructuras, adquiere en este contexto un carácter apocalíptico, consecuencia de nuestra apostasía: la aceptación de una conciencia codificada, desplazada del núcleo divino que le da sentido. La IA exhibe con precisión el suicidio de un mundo que perdió la centralidad de Dios y, con ello, la posibilidad humana de enfrentarse al temor a la finitud de su propio ser corpóreo, finitud que es sostén de la supervivencia humana misma.
La paradoja es que el fin del fin no es el final; el apocalipsis solo es un nuevo comienzo.
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