En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Marco Peláez / La Jornada

La Guadalupana como ícono social

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

La Virgen de Guadalupe representa una síntesis de identidades complejas

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Daniel Alfredo Cervantes Reyes

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

“Que en la misma se establezca por ley Constitucional la celebración del doce de diciembre en todos los pueblos, dedicado a la patrona de nuestra libertad, María Santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos, la devoción mensual”. Lo anterior fue redactado por quien para mí es el máximo prócer de la Independencia mexicana, José María Morelos y Pavón, en el que quizá sea el documento fundacional de nuestra patria: Los sentimientos de la nación. Desde California hasta Tierra del Fuego, los territorios que alguna vez recorrieron los soldados de lo que hoy conocemos como España comparten, cinco siglos después, una profunda conexión cultural. Un idioma mayoritario, un pasado colonial y una religiosidad popular se entrelazan para formar un tejido común que ha  moldeado identidades y tradiciones. Esta fusión, que algunos denominan mestizaje,  encuentra en nuestro país síntesis simbólica en la Virgen de  Guadalupe.

Quizá con lo dicho anteriormente asuste a algunos lectores que niegan y lo entiendo, dada la noción de mestizaje que se enseña en las escuelas; sin embargo, si no es por este concepto, ¿qué nos une con los demás pueblos de la América Latina si no es todo lo que implica la homogeneidad que trae consigo ese término? Por más romántico que suene verlo así, lo cierto es que en México nos sentimos más hermanados entre personas del subcontinente, por razones que entran dentro del concepto de mestizaje.  Hablar de mestizaje no implica evocar de inmediato lo que cierto sector de la derecha global denomina “Un choque entre dos mundos”. Más bien remite a una de las épocas más oscuras en la historia de la humanidad, marcada por una violencia descomunal que rozó el genocidio. Basta considerar que, en 1519, el territorio que sería conocido como  Nueva España, albergaba más de 17 millones de personas nativas. Para 1550 esa cifra había disminuido drásticamente a tan solo 3.5 millones, un número que ya incluía a los europeos y africanos asentados en estas tierras (según el libro Nueva  Historia General de México del Colegio de México). 

Lo mismo ocurre cuando se investiga sobre los orígenes de la Virgen de Guadalupe. Lo primero que aparece es lo que algunos llaman la “invención” de esta figura. Cabe aclarar que este texto no pretende debatir lo sucedido aquel día de diciembre del siglo XVI (cuando supuestamente “apareció” la virgen), sino analizar el simbolismo y la representación que encarna la Virgen  de Guadalupe. Lo cierto es que es innegable que la imagen de una virgen morena sirvió como herramienta para que los europeos legitimaran la conquista espiritual y religiosa de  los pueblos originarios de este continente. Asimismo, la sustitución de la diosa Tonantzin por la imposición de una figura católica fue un acto cargado de violencia, tanto simbólica como física, que dejó huellas profundas en nuestra historia y en  nuestra identidad colectiva. Es precisamente esta carga histórica la que lleva a muchos lectores a criticar la figura de la Virgen de Guadalupe, considerándola únicamente un símbolo de la Conquista y del engaño colectivo hacia millones de nativoamericanos. Estas interpretaciones suelen caer en un reduccionismo que ignora la complejidad de lo que la Virgen de Guadalupe ha representado a lo largo de nuestra historia. En  realidad, no hay mayor símbolo del mestizaje que ella misma. Cualquier crítica al  significado de uno —ya sea la Virgen o el mestizaje— implica, de manera intrínseca,  una crítica al otro, pues ambos conceptos están profundamente entrelazados en  nuestra identidad y memoria colectiva. 

Reconociendo que los orígenes de esta deidad estuvieron marcados por una violencia brutal hacia los habitantes de estas tierras, también considero prioritario no caer en la postura en que algunos —sobre todo ateos, a menudo desde una postura de soberbia— abordan la creencia y representación de la Virgen de Guadalupe. Muchas de estas críticas, incluidas las de ciertos intelectuales, han sido tan irrespetuosas como encontramos en El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz. En su obra, Paz describe a esta Virgen como lo opuesto a “La  Chingada” —entendida esta última como símbolo de violación tras la conquista—,  presentando a la primera como la madre abnegada y resignada. Este planteamiento reduce la creencia a una mera respuesta traumática, ignorando las múltiples  dimensiones simbólicas, culturales y espirituales que la Virgen ha adquirido en el imaginario colectivo de nuestra sociedad. La Virgen de Guadalupe no se limita a representar los orígenes  violentos de la Conquista pues con el tiempo ha sido resignificada como un estandarte de luchas sociales, particularmente por los sectores más oprimidos. Uno de los ejemplos más icónicos de esta resignificación es la Guerra de Independencia. En 1810, el cura Miguel Hidalgo tomó un estandarte con la imagen de la Virgen para  simbolizar la causa insurgente. La elección no fue casual: en un contexto donde la mayoría de la población  compartía una devoción profunda por la Guadalupana, su figura tenía el poder de  unir a diversas clases sociales bajo una identidad común. La Virgen, más que una imagen religiosa, representó la idea de los “americanos”, un concepto que buscaba diferenciar a los habitantes del continente respecto a los peninsulares y que apelaba  a la construcción de una nueva identidad.

La lucha de Independencia en su primera etapa llegó a tal punto que algunos autores consideran que existió entonces una especie de guerra santa. Luis Villoro por ejemplo, nos dice que la insurgencia inicial encabezada por Miguel Hidalgo no sólo buscaba la emancipación política del dominio español, sino que también estaba profundamente ligada a un lenguaje y simbolismo religioso que  apelaba a las masas. En plena primera etapa de nuestra lucha de independencia existió una clase  de “guerra de vírgenes”: por un lado, la Virgen de Guadalupe, adoptada por los  insurgentes, representaba la identidad americana, mestiza y popular, erigiéndose  como un estandarte de resistencia contra la opresión colonial. Por otro, la Virgen de los Remedios, venerada por los realistas, encarnaba la continuidad del poder  español y la herencia de la conquista. Este enfrentamiento entre dos figuras marianas trascendía lo religioso para convertirse en una metáfora del choque entre  dos proyectos de nación: uno que buscaba preservar la hegemonía colonial y otro que aspiraba a construir una identidad propia. 

Otra época en la cual la Virgen de Guadalupe sirvió como la  representación del sector popular fue la Revolución Mexicana, donde se convirtió en un símbolo central para los líderes campesinos como Emiliano Zapata. Su figura trascendía lo religioso, conectando la lucha social con la espiritualidad profundamente arraigada en las comunidades campesinas. Para los revolucionarios, la Virgen de Guadalupe no solo era una protectora divina, sino también un emblema de esperanza y justicia que unificaba a las masas en su  búsqueda de equidad y libertad. Este simbolismo fortalecía el vínculo entre los  ideales revolucionarios y las creencias populares, otorgando legitimidad y un  sentido de propósito a su causa. 

Otro claro ejemplo fue durante las protestas que existieron en contra del régimen  priísta dictatorial del siglo XX. Durante los movimientos campesinos y obreros de esa época, la Virgen de Guadalupe se consolidó como un símbolo de esperanza y  resistencia para los sectores oprimidos. En las luchas por la tierra y los derechos  laborales, su imagen era una constante en marchas y manifestaciones, unificando  a los trabajadores bajo un emblema que conjugaba espiritualidad y reivindicación  social. La Virgen no solo era vista como protectora de los desfavorecidos, sino  también como un recordatorio de la dignidad y la justicia por las que peleaban,  dotando de fuerza moral y cohesión a las causas populares. 

En tiempos más recientes, la Virgen de Guadalupe continúa siendo un símbolo  de resistencia y lucha para los sectores marginados. Ejemplo de ello es su presencia en movimientos contemporáneos, como las manifestaciones en defensa de los  derechos humanos, las causas indígenas y las exigencias de justicia social. 

La Virgen de Guadalupe no puede ser reducida únicamente a un símbolo religioso o a una herramienta impuesta durante la conquista. Es un ícono del mestizaje cultural y una representación dinámica que ha sido apropiada y  resignificada por los sectores populares a lo largo de la historia. Desde la  Independencia hasta la Revolución y las luchas sociales del siglo XXI y XXI, la Guadalupana ha sido el estandarte bajo el cual se agrupan las aspiraciones de  justicia, libertad e igualdad. En un continente marcado por la violencia histórica, la Virgen de Guadalupe representa una síntesis de identidades complejas: es indígena y mestiza, oprimida  y libertadora, sagrada y política. Por ello, más que un símbolo estático, ella encarna un proceso histórico en el que los pueblos han encontrado fuerza y esperanza para enfrentar sus adversidades.

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