La utopía del bienestar emocional
Por: Sebastián Alberto Luján Rodríguez
El mito de estar bien
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Algunas personas, al recordar su vida, probablemente evocan una Navidad feliz con la familia, alguna boda, un bautizo o incluso un funeral. Todos estos ejemplos tienen en común que están vinculados a una parte de la esencia de creer. No importa si es una religión o no, ni siquiera si está institucionalizada; perfectamente se puede creer en los horóscopos, la santería o ser una persona escéptica, y aun así compartir las inquietudes y anhelos que nos orillan a creer.
El estudioso del cristianismo, Bernardo Barranco, se ha referido a la religión de diferentes formas: como un medio de control, pero también como una manera de explicar lo ilógico. Lo cual desvela la pregunta: ¿por qué, a día de hoy, seguimos creyendo? En un mundo saturado de explicaciones y conocimientos (no necesariamente ciertos) que controlan, la religión parece obsoleta desde cualquier ángulo que se la mire, y, aun así, seguimos creyendo en algo.
Manuel Altamirano escribió Navidad en las montañas (1871), en la cual relató la historia de una persona decidida a creer por el recuerdo de lo que en su pasado existió (felicidad, calma y prosperidad), pero con una enorme desilusión hacia la institución en la que deposita su fe. Podríamos llamarlo mera costumbre, pero ninguna fe se construye solo con memorias, sino con voluntades focalizadas en razón de las respuestas encontradas. La razón por la que queremos creer radica en el hecho de que, como especie, somos curiosas y tenemos incomprensiones que solo podemos calmar con fe en lo que pensamos que es real.
La fe, entonces, es otro aspecto que Barranco ha llamado parte “natural” de la especie humana. Pero, como se mencionó antes, creer no es exclusivamente un acto relacionado con instituciones eclesiásticas. Creer es una acción de reconforte para consigo misma.
Un poema de Aricko Valencia, titulado “Saltimbanqui” (2022), demuestra la resignación ante la inquietud de no comprender la existencia. En otras palabras, la fe es el punto donde culminan estas inquietudes: la resignación. Y es en el lugar donde se deposita esa fe donde se encuentran las respuestas a las preguntas capitales: ¿por qué existimos?, ¿qué debo hacer?, ¿cuál es la verdad?, entre otras.
En el poema, es en el destino donde se decide creer; se deja todo en sus manos, bajo la idea de que ya todo está escrito y tan solo somos “un saltimbanqui del destino”. Sin embargo, no es la única forma de creer; hay incluso quienes consideran el creer como un acto de autocomplacencia con el cual buscamos calmar nuestras almas.
En el libro de Hermann Hesse, Siddhartha (1922), el propio protagonista (reflejo del autor) narra cómo, a pesar de que su búsqueda de respuestas está inducida por su cultura, atiende esencialmente al deseo de encontrarse a sí mismo, hallar sus propias respuestas y alcanzar su paz.
Todos los textos mencionados comparten una alienación, no teológica, con el cristianismo, en específico con el Nuevo Testamento. Los Gedeones suelen repartir por las calles ejemplares de este, su texto sagrado, y es con uno de ellos que se sustentó lo referente a.
Una cosa común que comparten estos escritos es el hecho de que abordan, por lo menos, una de estas cuestiones: certeza de su existencia y trascendencia; ilustración de la realidad más allá de lo sensorial; una guía para su vida y/o una brújula moral, entre tantas otras opciones. Lo anterior permite ver cómo estas cuestiones explican la razón de la fe, del deseo de creer.
Pero no solo a través de una institución como lo es la iglesia y sus oficiantes, sino también por medio de cuestiones en las que ponemos nuestra confianza, como la suerte o los horóscopos. La lectura de tarot es, por excelencia, muestra de esto: la incertidumbre y el deseo por conocer cuál es el camino que se debe seguir. Del mismo modo están las encomiendas al destino para recibir condiciones favorables, como la “manifestación”, por ejemplo. Todas son intentos por controlar o comprender la realidad.
En cualquier caso, todas las alternativas requieren de una población creyente que les dé validez y las propague. Para conseguir y mantener a dicha población, se requiere lo que Randall Collins (Cadenas de rituales de interacción, 2009) trabaja como la recarga de energía emocional en los símbolos, que no es otra cosa que impregnar de nuevo (o por primera vez) una carga —indistinta de algún juicio de valor— a los diferentes referentes que nos remiten a la fe. Esto es justo lo que hace que sigamos deseando creer, aunque no sea lo que lo origina.
Sin embargo, es también esta parte la que puede generar un nivel extremo de sentimientos, desembocando en un estado llamado fanatismo, que a su vez se convierte en una tergiversación de la propia fe, llegando a lo que Miramontes consideró “falsos creyentes”: aquellos que adoran los símbolos por encima de los valores que se tienen o que se espera que sigan al creer en algo.
Estos falsos creyentes también demeritan la fe, obligando a que algunas personas pierdan el cariño o el deseo de seguir creyendo. En contraparte, son los ejemplos de personas moderadas en su fe, que reconocen los valores y sentidos compartidos como la parte más importante, los que permiten que personas nuevas empiecen a creer o reafirmen sus creencias.
Esto es muestra de un fallido enfoque de adoctrinamiento: si una instancia religiosa busca verdaderamente dotar de sentido a una persona creyente, no pretende que vea en los símbolos la razón, sino que, por medio de ellos, encuentre el camino hacia ella.
El cristianismo, como otras instituciones religiosas formales, emplea diferentes herramientas para mantener una feligresía: el miedo, el reconforte, una brújula moral o incluso la culpa. En cualquier caso, depende de la persona aceptar o no estos ganchos que la mantengan adherida a la religión. Y lo importante para este escrito: el porqué.
Una idea popularizada, aunque desmentida, es que creer te hace mejor persona. Sin embargo, creer no es una cuestión de buenos y malos. Creer trasciende los límites valorativos, pero sí crea pautas de moralidad que hacen, no mejores personas, sino mejores creyentes. Otra parte importante para considerar es el hecho de que se genera una comunidad de personas que comparten creencias, y como en cualquier grupo social, se produce un sentido de pertenencia. Y estos son otros posibles motivos para querer creer.
Es cierto que, a día de hoy, hablar de fe tiene ya, de por sí, una dificultad. Las instituciones desenfocadas y propagadoras han generado una carga negativa al concepto. Sin embargo, insisto: es una cuestión natural, y me atrevería a decir, ineludible. No necesariamente a conciencia, pero siempre hay algo en lo que creemos.
Como se ha podido ver, hay muchas razones por las cuales seguimos creyendo: un deseo personal, una crisis existencial, la incertidumbre del mañana o incluso el amor a la existencia. Pero la realidad nos supera día a día, el odio nos respira en la nuca, y en este mundo social, vagamos solas y sin rumbo. Por eso, el exhorto a pensar: ¿en qué y por qué creemos?
Sin importar lo que sea, lo que promueva o lo que creamos entender de ello, es irremediablemente necesario que conduzca por un camino de respeto a la diversidad de todo tipo. Es vital que reconozca la empatía y la colaboración como una cuestión de naturaleza humana, para consigo y su entorno. Cada quien sabrá la razón por la que decide creer; lo importante es ser conscientes de en qué creemos y que tenemos la libertad de ser críticas frente a ello. No existen respuestas correctas, no existe una verdad única; por eso, tampoco existe una única receta para creer.
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