En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Inteligencia con medida y prudencia

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

¿Hasta dónde debemos llegar con la IA?

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Sebastián Coronel Osnaya

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

La inteligencia artificial (por sus siglas IA) representa, sin duda alguna, un impresionante avance tecnológico y una herramienta poderosa que está transformando a toda la humanidad, con sus increíbles funciones que nos facilita la vida al brindarnos las herramientas y los medios necesarios para: apoyarnos en el desarrollo de nuestras tareas, orientarnos en la toma de decisiones, servir de asistente para las actividades cotidianas, entre muchas otras que demuestran la importancia de la innovación científica dentro de la vida humana.

Sin embargo, también nos oculta un lado bastante preocupante, aterrador y hasta peligroso por los riesgos que trae consigo, pues evidencia la urgencia de estar regulada y bajo supervisión ante posibles escenarios donde se comprometa y vulnere nuestra integridad y seguridad. Por ende, vale la pena preguntarnos: ¿la IA es buena o es mala? ¿Hasta qué punto debe facilitarnos las cosas? ¿Podría realmente reemplazar o desplazar a la actividad y capacidad humanas? ¿Será que la IA quiere dominar y controlar al mundo? Y, ¿qué futuro nos espera con esta herramienta?

Es importante mencionar, en principio, que la inteligencia artificial tiene diferentes acepciones, en ciertos contextos es el conjunto de sistemas tecnológicos, o una disciplina informática, o un conjunto de capacidades cognoscitivas e intelectuales, o hasta una ciencia e ingeniería digital, pero todas llevan a un mismo punto: la IA es una tecnología construida a partir de programar algoritmos y patrones. Para el caso que nos ocupa, deriva de la emulación a comportamientos y conductas del ser humano con el propósito de poderlas replicar a un caso concreto o a una tarea o función que se deba realizar.

Pero más allá del significado o atributo que le queramos dar, resulta oportuno mencionar que esta herramienta surgió con la finalidad de: simplificar tareas y procesos, facilitar la accesibilidad de recursos para nuestra vida cotidiana, ahorrar tiempos y transformar nuestra realidad para que no resulte complicada por la rutina y la cantidad de actividades que tengamos. Todo ello, a partir de la réplica de las funcionalidades de una persona; y que por tanto emane de un progreso tecnológico y en respuesta a los nuevos desafíos que enfrentamos en la actualidad.

Y si bien ha cumplido con todos y cada uno de sus objetivos es crucial enfatizar en que, aunque ha dado solución a los problemas que como sociedad padecemos y ha mostrado una enorme y sorpresiva evolución para satisfacer las necesidades que como individuos tengamos, también ha dado cabida a situaciones que reflejan no solo su inexactitud o falta de precisión, sino también su equivocación o, en el peor de los casos, su uso mal intencionado para llevar a cabo actividades ética y moralmente incorrectas o cometer delitos cibernéticos tales como: el plagio, el hackeo, la obtención de datos personales, la manipulación de archivos multimedia, y muchas otras.

Por ejemplo: ChatGPT –una aplicación de inteligencia artificial– tiene múltiples funcionalidades que, de alguna u otra manera, demuestran su capacidad para facilitar: el desarrollo de nuestros pendientes, la búsqueda de información, la simplificación y organización de nuestras agendas y actividades, y la realización de determinadas conductas que hacemos diaria y permanentemente; mismas que han llevado a que millones de personas la utilicen para su mejor comodidad, pero también a que otrxs abusen y excedan de su uso para beneficio e interés propios.

Particularmente, en el ámbito académico se ha detectado que muchxs estudiantes, en general, usan la IA para: hacer y copiar tareas y trabajos estudiantiles sin revisar la información y fuentes de consulta, contestar exámenes sin estudiar previamente, o incluso: plagiar ideas y hacerlas propias en análisis y comentarios críticos sobre algún tema o documentos escolares, resultando preocupante en muchos sentidos ya que, en primer lugar: se fomenta el mal manejo de las TIC dentro de la formación integral educativa, y en segundo lugar: se usa indebidamente una herramienta innovadora y de gran poder con el pretexto de: “ahorrar tiempos largos de búsqueda y trabajo” y “buscar la vida más fácil y sin mucho esfuerzo” sin estar conscientes de lo que implica.

Lo anterior, propiciando la falta de responsabilidad y autocrítica que amerita el buen uso de la facilidad tecnológica proporcionada por la inteligencia artificial dentro del proceso educativo de enseñanza – aprendizaje en la solución de problemas, o peor: la normalización de prácticas anti éticas que, más allá de ser incorrectas, pudieran causar daños y perjuicios a la sociedad y a las futuras generaciones en lo personal y lo colectivo.

Pero no solo se limita a cuestiones académicas, también encontramos a: la inseguridad, el ataque a la privacidad e integridad humana, y la manipulación a partir del uso de la IA por personas que se dedican a cometer ciberdelitos, o a dañar la imagen y reputación de alguien, o a desinformar cínica y descaradamente, o en lo más grave: a hostigar, amenazar y poner en peligro a terceros, con: obtener ilegalmente datos personales, clonar la voz, crear contenido audiovisual falso, o generar mecanismos de fraude y engaño, para lastimar y causar lesiones a cualquier individuo, aquí es donde se necesita atención urgente para evitar que esto quede sin sanción legal alguna.

Aunado a todo esto, sorprende encontrar que la IA rompió barreras y traspasó fronteras al ir más allá de sus funciones tradicionales de asistencia, organización, planificación y recopilación, pues ha sido utilizada por agentes políticos para lanzar candidatxs virtuales, como ocurrió en 2018 en Japón con el candidato robot Michihito Matsuda, mismo que se postuló para ser alcalde de la ciudad de Tama (al oeste de Tokio) y quedando a muy pocos votos de ganar, lo cual resulta verdaderamente impresionante pero a la vez muy cuestionable, porque por un lado: demuestra su poder revolucionario transformador, y por el otro lado: deja abierta la duda de si en realidad puede gobernar como un ser humano y si verdaderamente estamos listxs para ello.

Es así, que la inteligencia artificial en realidad ni es buena ni es mala, ya que no persigue aspectos, cuestiones o fines que busquen afectar al ser humano, sino que responde, principalmente, a quienes la programan para tales cometidos, y tal factor determinará lo tan beneficiosa o maligna que pueda representar. Aunque, el punto en común de la misma es que facilita todas las cosas, aspecto que, a juicio mío, no debe hacerlo por completo, porque no se estimularía la capacidad humana del raciocinio, la investigación, el análisis, la autoevaluación y el pensamiento crítico.

También no debe, de ninguna manera: reemplazar o desplazar al ser humano en cualquiera de sus actividades –incluida la de gobernar o cumplir responsabilidades políticas–, ya que, al carecer de sentimientos o particularidades humanas y únicamente emular sus conductas para desarrollar ciertas funciones, no cuenta con la capacidad de realizar correctamente tareas donde se requiera la intervención de las personas dados los errores que comete, por lo que debe limitarse a ser guía y asistente más no sustituta de los individuos, y por supuesto: contar con una legislación jurídica amplia y estricta que la regule, prohíba sus malos usos, y prevenga situaciones que lamentar.

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