¿Volveré a ser quien era antes de usar ChatGPT?
Por: América Gabriela Salazar Morales
Cada día dependo un poco más de la IA
Facultad de Ciencias
Facultad de Ciencias
Quiero empezar esta reflexión a través del símbolo más representativo de mi facultad: el
Prometeo Quetzalcóatl, obra finalizada en 1952 y misma que es producto de dos mitos.
Prometeo, representando el conocimiento humano asociado al fuego que él robó del Olimpo para darlo a la humanidad; Quetzalcóatl, por su parte representando la vida humana, por medio del agua y la tierra, formando así la vida, la sabiduría y la fertilidad.
De ello podemos sacar una conclusión: lo que se quiso expresar en esta escultura, es la
combinación del humanismo con el conocimiento para impulsar a hacer ciencia y permitir el avance tecnológico que viene hasta nuestros días, pues estos avances surgen a partir de las necesidades humanas.
Hoy nos genera dudas la tecnología que ha provocado miedo por la reducción de trabajos,
pero ha avivado también tranquilidad al no tener que hacer otros, dudas que tarde o
temprano llegan: “¿En qué punto podrá superar esta tecnología la capacidad humana y
relevarla de sus haceres?”, sin embargo, yo creo que volviendo a la historia inicial, es
necesaria esta parte científica para avanzar como humanidad, y el posible contrapeso para
derrotar estos miedos seremos nosotros mismos dependiendo del uso que le demos a ésta.
En días recientes, podemos encontrar infinidad de historias sobre cosas que suceden a partir
de ellas, incluyendo sus buenos usos y oportunidades, pero también de sus abusos y peligros que conlleva. Algunas de estas historias nos parecen graciosas, como políticos leyendo documentos generados por “inteligencias artificiales” o gente pidiendo que se generen textos sobre cómo renunciar o incluso decir que son personas que saben cambiar focos, de una forma profesional; otras que han hecho una ola viral en redes con la generación de imágenes con estilo Ghibli donde, por semanas, la gente doblegó los esfuerzos de la tecnología y presumió sus fotografías resultado, mismas que llevó a que otras personas quisieran intentarlo.
A pesar de la risa y lo contagioso del fenómeno, aumentaron las medidas preventivas, ante el auge de esta tecnología, trabajos como ensayos o presentaciones se realizaban sin el mínimo esfuerzo de la persona, por lo que se tuvo que inventar detectores del uso de ella; también hubo aumento en formas de peligro, con la posibilidad de alterar audios, con malos fines, y que se escuchara como si la persona lo dijera así o con la generación de imágenes de individuos, con el objetivo de ponerlas en una situación vulnerable.
Además de que han llevado a situaciones sin precedentes cómo remover gente y sustituirla
con el uso de inteligencia artificial, tal como ocurrió con la creación de películas en
Hollywood, que conllevó a huelgas por parte de actores, aunque también con situaciones
donde dicha tecnología toma el papel de profesionistas como psicólogos o médicos, entre
otras, y que, con sus respuestas, pueden poner en riesgo (o encaminarla a cierto pensar, dependiendo de la forma en que fue configurada) a las personas pues usan a la artificialidad
como su mejor aliado.
Habrá que preguntarnos que si a veces con cosas exactas (las matemáticas, por ejemplo) o
con cosas de interés social (como noticias más recientes) puede equivocarse al dar un dato,
¿qué puede suceder al dar consejos que impactan en las decisiones de una persona?
Si algo es una realidad, es que esta tecnología no será cosa de unos meses, sino que, por lo
mientras, durará por décadas, pues sus usos múltiples pueden dar facilidades a las tareas
del día a día, y claro, unos momentos de risa también. No hay duda, si un fenómeno tan
simple como transformar una imagen en otra animada fue un éxito de al menos un mes, el
impacto que tiene (y que tendrá) será de forma exponencial.
Según estudios, el 80% de la población usa la inteligencia artificial en su día a día, algunos
sin percatarse, y la pregunta es cómo, pues el uso que se le dé puede o no modificar
aspectos importantes de la vida, incluso el preguntarnos si el exceso en su uso puede
“apagar” o reducir nuestra capacidad de pensamiento y del razonamiento lógico.
Creo firmemente que es la misma gente quien debe expresar su opinión al respecto, y ahora
presentó unos resultados que generó una encuesta que realicé a 11 personas, sobre lo que
piensan acerca de esta tecnología.
Cabe aclarar que aproximadamente un 80% de los encuestados eran menores de 30 años,
misma cantidad de gente que aclaró ser consciente de haber usado, directa o indirectamente
una IA, donde sus usos principales son el consejo ante un tema no personal, la generación de imágenes, la revisión de trabajos o textos y también la creación de ellos como sustitución del trabajo propio.
La mayoría cree que las IAs tienen más beneficios que fallas, y tienen incertidumbre con la
existencia de trabajos, que creen que serán reemplazados por inteligencias artificiales, a
pesar de la generación de nuevos empleos. Igualmente, creen que la ciencia debe estar
presente para los avances de la comunidad. Para finalizar con la encuesta local, afirmaron, por unanimidad, que la terminología adecuada es inteligencia y no estupidez.
Mientras escribía vi una frase (que concuerdo con ella), ésta menciona que el uso de esta
tecnología debe ser mediante bases prácticas y conocimiento técnico sólido, por lo que me
hizo pensar que si los jóvenes somos quienes hacemos más uso de las IAs y, debe cumplirse
este objetivo, entonces es indispensable que se enseñe un uso correcto (o el más adecuado
posible) de acuerdo a las necesidades personales, pues si de todas formas se ha de usar,
conviene hacerlo responsablemente.
Para mí es claro que los avances tecnológicos se han hecho de la mano de la ciencia y de la
necesidad de la población, incluyendo la inteligencia artificial. Sin embargo, soy consciente
de que a veces esta necesidad también opaca problemas como que el uso de ella provoca un
gasto de recursos naturales como el agua y que el exceso de usuarios en situaciones como la
transformación de imágenes en millones de personas puede generar otro problema. Se calcula que generar una imagen gasta entre 0.5 y 5 litros por imagen, también se estima
que más de 216 millones de imágenes fueron generadas, por lo que basta una simple
multiplicación para decir que ese impacto viral tuvo un costo de entre 108 y 1080 millones de litros de agua, suficiente para llenar de 36 a 360 albercas olímpicas.
Esto es relevante, porque implica que el uso que debemos de darle a la inteligencia artificial
no sólo es en forma responsable y sustentable, sino también de una forma ética y de cuidado.
Para mí esta tecnología sí la denomino Inteligencia Artificial, pues veo más beneficios que
malos usos, pues tiene capacidad de entender, comprender y de resolver algunos problemas,
aunque no creo que sea capaz (al menos de momento) de superar a la humana. Aunado a mi opinión y curiosidad quise poner a prueba una inteligencia artificial para responder a la pregunta del tema de esta entrega del periódico, a lo que respondió de la siguiente forma:
“La inteligencia artificial no es ni intrínsecamente inteligente ni estúpida. Es una herramienta con un potencial enorme tanto para el bien como para el mal. Su impacto final dependerá de cómo se diseñe, regule y utilice. Sólo así podremos maximizar sus beneficios y minimizar sus peligros. Por tanto, calificarla como “inteligente” o “estúpida” no depende tanto de la tecnología en sí, sino del uso que se haga de ella y de los marcos éticos y regulatorios que guíen su desarrollo.”
Este experimento lo dejo abierto para que tú, quien lees este trabajo, puedas generar una
conclusión con base en la información que te dejé y, con tu propio criterio, seas tú mismo
quien responda: ¿es esta tecnología una inteligencia o una estupidez?
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