En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Foto de Google DeepMind

IA, una reflexión desde la bioética

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Una mirada ética en el desarrollo de las nuevas tecnologías

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Axel Uriel López García

Escuela Nacional Preparatoria (ENP) 2

Los sistemas de Inteligencia Artificial (IA) han llegado para quedarse e ir evolucionando a la par de la humanidad. Como toda creación del ser humano, tiene un lado positivo y otro negativo. La tecnología en sí misma no es mala ni buena, sin embargo, nuestro objeto de estudio se sitúa en un punto intermedio entre ambos extremos. En ese sentido, este texto analiza el impacto de la IA a través de la bioética, una rama de la filosofía, que de acuerdo al bioquímico estadounidense Van Rensselaer Potter, se define como “la rama de la ética que se dedica a proveer los principios para la conducta correcta del humano respecto a la vida, tanto humana como no humana (animal y vegetal) así como al ambiente”. Esta ciencia se aborda desde una perspectiva interdisciplinaria, pues incumbe a diversas áreas del saber humano. Debido a ella, la IA adquiere un papel relevante en nuestra vida. 

La IA más conocida suele ser la dedicada a la generación de texto, sin embargo, no es la única. Como es conocido, este tipo de tecnología ya tiene una huella negativa al ambiente, pues requiere grandes cantidades de agua para el enfriamiento de los servidores, contribuyendo a la creciente escasez de este recurso vital. No obstante, existen modelos de IA predictiva que relacionan aún más a esta tecnología con la bioética. Dichos sistemas apoyan a la ciencias meteorológicas a predecir huracanes, ondas de calor, lluvias torrenciales, entre otros fenómenos.

Aunque estas herramientas pueden parecer milagrosas, es improbable que sustituyan a los especialistas humanos encargados de esta labor, ya que sus resultados, muchas de las veces son inexactos —como también ocurre en la generación de imágenes—. Aun así, el desarrollo de modelos computacionales climáticos más eficientes constituye uno de los usos potenciales de los sistemas “inteligentes”, aunque no necesariamente basados en IA. 

La creación de herramientas artificiales integradas a la prevención de daños ambientales es motivo de debate. Desde la bioética ecológica, se cuestiona que depender excesivamente de la tecnología reduce la sensibilidad humana respecto a la naturaleza. 

Además del ámbito ambiental, la bioética también estudia el campo médico, donde la calidad de vida ocupa un lugar central. En este contexto, es fundamental evaluar cuidadosamente la información que proporciona la IA. En el sector salud, los sistemas inteligentes suelen emplearse para automatizar tareas y apoyar a los profesionales. Aunque su función puede considerarse “ética”, investigaciones muestran que la IA no solo sistematiza procesos, sino que también colabora con los médicos al señalar posibles errores diagnósticos. Los profesionales de la salud, como cualquier ser humano, pueden equivocarse, y los diagnósticos erróneos son más frecuentes de lo deseable. La IA ofrece correcciones y sugerencias; sin embargo, el dilema ético surge cuando el criterio médico se subordina por completo a estas recomendaciones, lo cual puede representar un riesgo latente. Aquí cobra sentido el principio “Primum non nocere” (primero, no hacer daño).

La autonomía del paciente es otro punto clave donde convergen la IA y la bioética. Al ser accesibles las 24 horas del día y, en muchos casos, gratuitas, estas herramientas pueden atraer a los pacientes, quienes se exponen tanto a riesgos como a posibles beneficios. Esto no implica promover el autodiagnóstico: la mejor opción siempre será acudir a un especialista, y solo en situaciones excepcionales se debería recurrir a estas tecnologías de forma controlada. Pensar que la IA reemplazará por completo a los médicos es una idea obsoleta; nadie comprenderá al ser humano mejor que otro ser humano.

En el ámbito social, la bioética también cuestiona los sesgos relacionados con la equidad, la accesibilidad y la posible explotación de grupos vulnerables por parte de estos sistemas. La IA tiene el potencial de optimizar la distribución de recursos naturales como energía, tierra y agua, lo que podría reducir —o aumentar— las desigualdades y los conflictos entre distintos grupos sociales. Aunque existen numerosas leyes y tratados que regulan su alcance, garantizar una distribución igualitaria sigue siendo un desafío. Una IA, al ser una “máquina”, carece de ética propia; cumplirá sus objetivos sin considerar los medios, pues está diseñada para obedecer instrucciones. Por ello, debe regularse y diseñarse bajo principios éticos universales. Debemos cuestionarnos y analizar con precisión qué elementos de estas tecnologías pueden contribuir verdaderamente al bienestar del mundo.

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