En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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IA en la educación:

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Entre la innovación y la mediocridad pedagógica

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Ricardo Alonso Arévalo Garcilazo

Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia

Nicholas Negroponte dice que “mientras que una parte significativa del aprendizaje procede de la enseñanza (de la buena enseñanza con buenos profesores), la mayor parte se adhiere mediante la exploración, reinventando la rueda e informándose uno mismo”

Cada nueva tecnología tiende a despertar grandes esperanzas o recelos exagerados. La Inteligencia Artificial (IA) vuelve a situarnos ante dos posturas que parecen opuestas. Por un lado, un fetichismo tecnológico que promete soluciones personalizadas, casi mágicas, para superar los problemas y carencias estructurales de los sistemas educativos. Por otro, un catastrofismo digital que ve en la IA una nueva fuente de problemas. Ante esta disyuntiva, vale recordar que las transformaciones no vienen directamente de las herramientas, sino de las personas implicadas en los procesos coadyuvados por dichas herramientas.

La IA no modifica conductas, tan solo las reproduce. Si un docente era de copiar y pegar, de libro de texto y examen reglamentario, con la IA seguirá siéndolo, a no ser que una fuerza externa (necesidad u obligación) o interior (curiosidad o ética profesional) modifique esa actitud. Si era, por el contrario, inquieto, creativo, sin miedo a indagar nuevas sendas, la IA será a sus ojos un campo abonado de posibilidades. Su actitud ante ella no será la del hazme esto rápido y ya, sino que imaginará cómo sacar provecho a la herramienta, maridándola con herramientas digitales que ya conoce y metodologías que ya ha probado. Así es como podemos ver que la tecnología funge como estimulante o repelente según quién la utilice.

La IA, por tanto, no opera como un agente transformador de la conducta humana, sino como un espejo que refleja y amplifica las disposiciones preexistentes de quien la emplea. Si un docente ya estaba condicionado por un enfoque mecanicista y reproductivo de la enseñanza, la IA solo facilitará y agilizará esas mismas prácticas, convirtiéndose en una herramienta para automatizar el proceso de enseñanza sin que haya un cambio cualitativo en su forma de entender la educación. El riesgo, en estos casos, es que la IA termine reforzando la rigidez metodológica y el conformismo pedagógico, al proporcionar soluciones inmediatas y respuestas predefinidas que desalientan la reflexión crítica y la exploración creativa. La IA, en manos de un docente acomodado o resistente al cambio, puede convertirse en un instrumento de reproducción del statu quo, donde la innovación queda subordinada a la mera eficiencia.

En contraste, para el docente inquieto y creativo, la IA no es solo una herramienta de optimización, sino una puerta abierta a la experimentación y la mejora continua. Este tipo de profesor no se limitará a usar la IA para automatizar tareas o simplificar procesos, sino que buscará comprender sus posibilidades y limitaciones, adaptándola a su práctica pedagógica para enriquecer la experiencia de aprendizaje de sus estudiantes. La IA se convierte, en este caso, en un catalizador de la innovación, permitiendo diseñar metodologías más dinámicas, personalizadas y basadas en el descubrimiento. Así, la tecnología se integra de manera orgánica en el ecosistema educativo, no como un atajo o una respuesta rápida, sino como una extensión de la curiosidad y el pensamiento crítico que caracteriza a un verdadero educador. El valor de la IA, entonces, no radica en la tecnología misma, sino en la actitud y el enfoque con que se le incorpora al proceso de enseñanza.

¿Cómo puede el docente ser un valor añadido para sus estudiantes con una existencia plenamente digitalizada? ¿Lo puede ser a través de modelos de enseñanza y evaluación que fácilmente pueden ser suplantados por una IA? Lo dudo. ¿En qué es ineficaz una IA? Recordemos el test Voight-Kampff. La empatía, la creatividad, la disrupción, la divergencia, la libre elección, el diálogo cara a cara, el contacto físico, los proyectos compartidos. Ese es nuestro fuerte. No es previsible -por ahora- un escenario futurista en el que un IA logre simular esas virtudes. Sin embargo, si el docente adopta una actitud similar a la de la IA en un proceso de aprendizaje, podrían nuestros estudiantes estar tentados a repensar su pacto no sellado con el docente y preferir lo virtual. Para escuchar durante horas algo que podría prepararme yo solo, mejor me quedo en casa. Vengo cada cierto tiempo a resolver dudas, hago los exámenes y listo.

En un mundo donde los agentes de IA se han instalado en contextos económicos, industriales, culturales y políticos, resulta esencial educar a las nuevas generaciones en el uso crítico, responsable y riguroso de las herramientas de proceso algorítmico de la información. La pedagogía basada en evidencias debe contar con experiencias contrastadas y supervisadas que puedan identificar los beneficios, riesgos e incertezas de la IA en educación; por lo que debemos profundizar en estudios que indaguen cómo los modelos de lenguaje extenso (LLM, por sus siglas en inglés) pueden ser útiles para el análisis y el metaanálisis de la producción académica.

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