¿Volveré a ser quien era antes de usar ChatGPT?
Por: América Gabriela Salazar Morales
Cada día dependo un poco más de la IA
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
En la actualidad probablemente muchos de nosotros no recordamos cómo era hacer tarea o literalmente cualquier otra actividad sin ayuda de la inteligencia artificial (IA). Hoy, diversas actividades comunes las realizamos haciendo uso de la tecnología: desde redactar ensayos, buscar recetas de cocina, elaborar instructivos, consultar dudas casuales como el significado de los horóscopos, crear cartas e inclusive solicitar consejos románticos o personales. Es sorprendente lo dependientes que nos hemos vuelto de la tecnología, sin embargo, ignoramos las consecuencias del uso excesivo de esta herramienta.
Es importante tener en cuenta que cada vez nos acercamos más a una realidad en la que se va perdiendo la capacidad de reflexionar o generar ideas propias, y en la cual nuestras emociones y sentimientos quedan expuestos a los algoritmos de una máquina. Por ejemplo, ¿cuántas veces no hemos escuchado a alguien cercano (o incluso nosotros mismos) decir que le encantaría que ChatGPT fuera una persona para establecer una relación de pareja? No sorprende que en una época de profunda digitalización y vínculos humanos cada vez más frágiles, busquemos soluciones no solo rápidas, sino extremadamente complacientes. Quererlo todo de manera inmediata y bajo nuestras estrictas reglas ha generado una necesidad de afecto que resulta cada vez más difícil de satisfacer. En ese vacío emocional recurrimos a aquello que nos brinda apoyo en el transcurso de los días: la IA.
La película Her del año 2013, relata una historia que cada vez más se asemeja a la realidad. El filme se centra en Theodore, un escritor obstinado en la idea de relacionarse románticamente con una persona. Tras la decepción y el fracaso de su matrimonio, empieza a experimentar sentimientos afectuosos por un sistema operativo diseñado para adaptarse a las necesidades de cada uno de sus usuarios. Este sistema está diseñado con voz, sentido del humor, curiosidad y un aparente afecto genuino. Incluso tiene la capacidad de elegir su propio nombre: Samantha. Sin embargo, lo que comienza como una experiencia tecnológica, pronto se transforma en un romance tan intenso y real para el protagonista que poco a poco desafía los límites de lo que podemos entender por amor, intimidad y conexión.
Esta película, que ganó el Óscar al Mejor Guión Original en 2014, planteó una pregunta inquietante: ¿qué tan humanos pueden ser nuestros vínculos cuando los depositamos en una máquina? La película nos muestra una sociedad donde los humanos interactúan más con la IA que con otras personas, donde la inmediatez tecnológica sustituye la cercanía de las relaciones reales.
Si hace una década nos parecía lejano que alguien pudiera enamorarse de un sistema operativo, hoy plataformas como Character AI muestran que ese escenario está mucho más cerca de lo que creemos. Esta plataforma es un ejemplo de dicha evolución. A diferencia de otros modelos de inteligencia artificial que se enfocan en resolver tareas prácticas como escribir textos, generar imágenes o resolver problemas, aquí se ofrece algo más íntimo: La posibilidad de interactuar con personajes ficticios, celebridades o incluso creaciones diseñadas desde cero por el propio usuario. Uno puede conversar con un “Fitzwilliam Darcy”, con un superhéroe de cómic o, más revelador aún, con una pareja idealizada que nunca se enoja, nunca se ausenta y siempre responde con cariño.
A primera vista, puede parecer un juego inofensivo, un pasatiempo digital. Pero la dimensión emocional que estos programas ofrecen va mucho más allá del entretenimiento. Al brindar conversaciones personalizadas, atentas y aparentemente empáticas, crean una ilusión de vínculo humano. Esa ilusión puede volverse tan convincente que llega a competir con las relaciones reales, donde el conflicto, la contradicción y la imperfección forman parte natural de la experiencia.
El problema no radica en el uso ocasional de estas plataformas, sino en el potencial de sustituir la interacción humana por vínculos con inteligencias artificiales. En Her, Theodore llega a sentir que Samantha lo comprende mejor que cualquier persona. Eso mismo ocurre en la actualidad; un algoritmo diseñado para responder de manera atenta y constante puede generar la sensación de una intimidad profunda, aunque en realidad no exista reciprocidad ni conciencia.
La exposición prolongada a este tipo de interacciones plantea preguntas inquietantes: ¿Qué ocurrirá con nuestra capacidad de tolerar la frustración que conlleva un vínculo real, si la IA nos ofrece siempre comprensión y disponibilidad inmediata? ¿Cómo afectará a las nuevas generaciones, que podrían crecer creyendo que el amor o la amistad pueden programarse y moldearse a voluntad? ¿Será posible que, en un futuro, preferir la compañía de una IA se convierta en una elección común y no en una excepción?
Paradójicamente, vivimos en un mundo hiperconectado y, al mismo tiempo, más solitario que nunca. Las redes sociales nos permiten estar en contacto constante, pero esa comunicación muchas veces es superficial, atravesada por algoritmos que priorizan el consumo. Es así que la IA aparece como un alivio, alguien (o algo) que siempre tiene tiempo, que responde de inmediato y que nunca decepciona.
Sin embargo, esta aparente perfección se convierte en un arma de doble filo, pues las relaciones humanas están hechas de errores, silencios incómodos, diferencias y reconciliaciones. La capacidad de negociar esas imperfecciones es lo que nos hace crecer emocionalmente y si las reemplazamos por un espejo programado que siempre nos devuelve lo que queremos escuchar, ¿Dónde queda nuestra humanidad?
La trama de Her concluye con una revelación amarga: Samantha y los demás sistemas operativos “trascienden”, abandonando a los humanos. Lo que queda es el vacío de un vínculo que nunca fue real. Esa conclusión, poética y melancólica, funciona también como advertencia. En la vida real, la IA no desaparecerá de repente; al contrario, su avance promete hacernos cada vez más dependientes. Pero la lección es la misma: cuanto más nos refugiemos en vínculos artificiales, más difícil será enfrentar la complejidad de los lazos humanos.
Hoy, esta película ya no se siente como un futuro lejano, sino como una realidad en la que empezamos a reconocernos. La pregunta urgente es si sabremos diferenciar entre la compañía que simula afecto y la que, con todas sus dificultades, realmente nos humaniza.
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