Jóvenes que cambian su realidad
Por: Daniel Ríos Pineda
La incidencia como motor de cambio en la UNAM
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
En conmemoración por el día mundial de la filosofía que este año 2025 se celebró el 20 de noviembre, el seminario de investigación “Filosofía en la Ciudad”, dirigido por la Dra. Esther Charabati Nehmad (PAPIIT AG400823 “Filosofía en la escuela: el aula como espacio para pensar”), en colaboración con la secretaría de Cultura de la Ciudad de México y las Utopías de la alcaldía Iztapalapa, llevó a cabo una serie de cafés, dirigidos al público en general, y juguitos filosóficos, enfocados en familias e infancias, de manera simultánea en 8 sedes, a saber, Atzintli, Papalotl, Meyehualco, Olini, Ixtapalcalli, Tezontli, Cuauhtlicalli, Libertad.
Los cafés y los juguitos, son espacios para preguntarnos sobre temas cotidianos o complejos que nos interesan, preocupan o emocionan, tales como el amor, la justicia, la felicidad, etc. La finalidad es problematizar y cuestionar aquello que damos por supuesto, asombrarnos y tratar de construir sentido de forma colectiva.
El tema que nos convocó a reflexionar en esta ocasión fue: “La verdad de la mentira”. En el evento estudiantes y egresados de la Facultad de Filosofía y Letras y de la FES Zaragoza generaron un espacio para reflexionar sobre preguntas como: ¿qué pasaría si nunca mintiéramos?, ¿cómo sería un mundo sin mentiras?, ¿las mentiras piadosas pueden hacer daño?, ¿puede existir alguien que no mienta?, ¿equivocarse es mentir? Interrogantes que, sin duda, suscitan la reflexión de niñas, niños, jóvenes y adultos, y contribuyen a tender puentes entre la sociedad y la filosofía mediante el pensamiento compartido.
Autoengañarnos: el vicio elegante que todos practicamos
Para la mayoría de quienes asistieron, el café filosófico era territorio desconocido. Antes de comenzar hubo que explicar, con cierta paciencia, que no se trataba de un debate ni de una clase, sino de pensar juntos una pregunta que sonaba más incómoda de lo esperado: ¿Del autoengaño nace la esperanza?
La dificultad apareció de inmediato: si “engañar” significa ocultar conscientemente la verdad a otro, ¿cómo podría uno engañarse a sí mismo si conoce la verdad? Incluso hubo quienes defendieron que, con esa definición, el autoengaño ni siquiera era posible. Sin embargo, bastaron unos ejemplos cotidianos para poner en duda la seguridad inicial. El más citado fue el de la Coca-Cola: sabemos que hace daño, pero seguimos tomándola.
A partir de ese ejemplo surgió una hipótesis que encajaba demasiado bien: quizá no nos mentimos del todo, sino que nos enfocamos en la parte de la verdad que nos conviene. En lugar de negar la realidad, la editamos. Preferimos pensar “sabe rico” y dejamos en segundo plano el “pero me perjudica”. En ese sentido, el autoengaño aparecería como una especie de filtro: una forma de suavizar la experiencia sin necesidad de contradecirnos abiertamente.
La pregunta inicial regresó entonces con más fuerza: si hacemos estos recortes de la verdad para vivir con menos peso, ¿es posible que la esperanza nazca justo ahí, en ese espacio donde la realidad queda parcialmente velada? La idea provocó incomodidad. El conflicto se volvió más claro cuando se planteó si sería correcto enseñar a los niños que engañar, aunque sea a uno mismo, puede resultar positivo si produce esperanza. El grupo dudó, hasta que un padre intervino con una distinción lúcida: de lo que hablábamos era autoengaño, no engañar a otros. Engañarse para sostener esperanza podía ser comprensible; engañar a los demás, incluso con buenas intenciones, no.
Y así, con la conversación ya enredada, se nos terminó el tiempo. Como suele ocurrir en los cafés filosóficos, la respuesta quedó abierta. Pero nos fuimos con una sensación compartida: entender cómo opera el autoengaño no nos libera de él, aunque al menos nos permite reconocer la delicada negociación que hacemos, todos los días, con nuestra propia verdad.
¿Sobre qué mienten los niños?
Desde “Pienso groserías en mi cabeza, pero no las digo”, hasta “Una vez hice trampa en un examen de música para que el otro equipo perdiera y dije que no había sido yo” “Mi papá dijo que nos llevaría a Disneyland y no lo hizo, mintió”. Poco a poco los niños y las niñas nos fueron contando algunas de sus mentiras más recientes, así como las que habían escuchado y comenzó una pequeña investigación filosófica sobre el tema.
Nuestra pequeña comunidad de 7 niños y 2 animadoras tenía una tarea clara: tratar de descubrir ¿qué pasaría si nunca mintiéramos?, pero, ¿cómo podríamos diseccionar esta pregunta para resolverla?
Lo que hicimos fue elaborar un dibujo sobre una situación en la que una mentira estuviera envuelta, el objetivo era explicarlo, examinarlo, y con eso tratar de descubrir sobre qué mentimos, y qué causa que mintamos. Fueron cuatro nuestros hallazgos; mentimos porque no queremos un castigo; porque, a veces, aunque digamos la verdad, no se reconoce nuestro sentir, entonces ya no dan ganas de decirla; porque no queremos hacer sentir mal a alguien; y por beneficio propio.
A medida que avanzamos, el grupo dejó de lado las causas para observar las consecuencias. Dos niñas compartieron historias similares sobre mentirse entre amigas, especialmente mediante rumores o chismes, y de ello surgió una idea que nos dejó pensativas: si nadie mintiera, quizá esas amistades se romperían, pero eso no nos pareció necesariamente malo, pues dio lugar a la pregunta que una de ellas planteó al grupo: “¿Por qué te juntarías con alguien que te miente?”
Es así como llegamos al final de nuestro juguito filosófico. Nuestra pequeña comunidad no logró resolver por completo la gran pregunta que nos convocó, pero sí conseguimos asomarnos, con humor, complicidad y honestidad, a las causas y consecuencias de la mentira.
¿Esto es filosofía?
Queda la pregunta final: ¿puede considerarse esto filosofía o “hacer filosofía”? Tal vez no en el sentido académico tradicional en el que se abordan textos, autores o conceptos previamente definidos. Sin embargo, sí puede entenderse como un ejercicio filosófico, donde se practica la búsqueda de razones, la comparación de situaciones, la capacidad de auto examinarse en un ambiente libre de juicios y la capacidad de conceptualizar qué es una mentira y cómo opera en la vida cotidiana. A este ejercicio no se le entiende como una práctica de enseñanza de la filosofía, sino como un ejercicio para filosofar en conjunto.
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