En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Está bien no estar bien

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

Hablar de emociones salva vidas

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María Fernanda Martínez Valadez

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Imagina un mundo en donde únicamente predomine la felicidad; un mundo color de rosa en el que exista armonía y tranquilidad. No tristeza, no dolor, no incertidumbre. Días gratificantes y el desconocimiento de buscar constantemente un punto de equilibrio entre sentirse bien y no afligirse a la hora de intentar lograrlo. Imaginarlo es simple, tratar de alcanzarlo es aún más complejo.

La salud mental no se trata únicamente de plantearse la absoluta felicidad como línea de meta. No siempre estamos bien y quizá nunca se trató de estarlo todo el tiempo. Sentir no debería ser clasificado como blanco y negro; en realidad, lo correcto sería identificarlo más como matices de gris.

En los últimos años, la conversación pública sobre salud mental ha crecido de forma notable; hablar de ella deja de ser un lujo discursivo y se convierte en una urgencia cotidiana. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la salud mental es un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a momentos difíciles.

Aquella definición es el reflejo de millones de historias que no siempre se cuentan, de espirales de silencio y de emociones que durante mucho tiempo no tuvieron nombre ni espacio. En ese contexto, hablar de salud mental deja de ser una tendencia y se convierte en una forma de visibilizar lo que antes se ocultaba bajo la idea de “ser fuerte”.

Hablaré de mi experiencia. Pertenezco a una generación en la que dialogar sobre sentimientos y emociones es completamente normal; mostrarse vulnerable no significa ser débil y la intensidad, en ocasiones, puede ser interesante. El bienestar se ha convertido en un tema mediático y, cómo no, si darle visibilidad pone en evidencia su importancia, de no considerarlo ajeno y mucho menos interpretarlo como una moda.

Trabajar en el propio bienestar no es una tarea sencilla, involucra un esfuerzo diario que no basta solo con “echarle ganas”. Factores como el entorno, las condiciones económicas, la violencia e incluso el acceso a servicios de salud son fundamentales para la construcción de un espacio seguro.

Según datos del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), actualmente el presupuesto para la salud mental en México representa el 1.3 % del presupuesto total para salud, mientras que la sugerencia de la OMS para los países de ingresos medios es de 5 %. Esto evidencia que no todos cuentan con las herramientas para trabajar en su bienestar, lo que vuelve aún más necesario hablar del tema desde una perspectiva colectiva y no únicamente individual.

Entonces, si el bienestar individual es tan importante como el colectivo, ¿cómo se puede llevar una convivencia sana? La respuesta, aunque incómoda, es clara: límites. Comunicar las inquietudes e inconformidades es el mayor acto de rebeldía y autocuidado. Expresar incomodidad o alejarse de aquello que hiere no siempre es fácil, pero sí necesario. En una cultura como la latinoamericana, donde lo colectivo suele pesar más que lo individual, poner límites puede sentirse casi como un acto de traición, pero, en realidad, es un acto de honestidad.

También es importante entender que las emociones como la frustración, el enojo, el estrés o la tristeza no deben ser rechazadas ni consideradas enemigas. Ignorarlas no las elimina, solo las acumula. En cambio, son como brújulas que, al aceptar y permitir sentirlas, ayudan a guiar una relación más sana y consciente con uno mismo.

La salud mental no es un estado fijo ni una meta que se alcanza y se conserva intacta; es un proceso de constante cambio. Reconocer cada emoción, sin jerarquías, permite construir vínculos más sanos conmigo mismo y con los demás. Pedir ayuda, lejos de ser un signo de debilidad, es un acto de valentía, porque si algo necesita la sociedad, más allá de diagnósticos y estadísticas, es aprender a mirarse con empatía, sin miedo ni tabúes.

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2 Responses

  1. Mafer, increíble lo que expresas, como lo conduces y la forma tan simple y sencilla de entender, y sabes el silencio también cansa.

    Siempre hablan de poner límites en voz alta, de decir “no”. Pero nadie te dice lo cansado que es guardar silencio cuando no sabes cómo ponerlo en palabras.

    A mí me pasó mucho. Sentía que algo no estaba bien en juntas familiares, en amistades de años, en relaciones sentimentales, pero me tragaba el comentario para “no arruinar el ambiente”. Lo que no entendía es que ese silencio también era un límite mal puesto; me lo ponía a mí mismo, a lo que sentía.

    Con el tiempo entendí que no hace falta un discurso. A veces basta con “hoy no puedo” o “eso no me hizo sentir bien”. No resuelve todo, pero deja de doler por dentro.

    Creo que la salud mental también es aprender a hablarte a ti mismo sin miedo. Porque si ni tú te escuchas, ¿quién más lo va hacer?

    Felicidades

    Saludos…

  2. Me parece enriquecedora la forma en que tocas un tema fundamental a cerca de la relevancia de la conciencia emocional y expresión como una base para tener bienestar psicológico.

    Así mismo, coincido en que el concepto de bienestar emocional se a malentendido como una forma de felicidad perpetua, lo qué a llega a generar más bien frustración y ansiedad, considero que el bienestar justo es permitir conocernos, aceptarnos, dar un espacio a emociones tanto agradables como desagradables, aprender a veces a tolerarlas y otras desde el conocimiento a resolverlas, y permitirnos pedir ayuda también.

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