Sistema de Experiencias Colectivas
Por: Laura Jaramillo Rios
La necesidad de apropiarnos del metro como un lugar nuestro y habitable
Facultad de Estudios Superiores FES Aragón
Facultad de Estudios Superiores FES Aragón
Es desalentador que en la vida de todos los mexicanos que moldean sus días en torno al uso del transporte público, este sea un castigo, antes que una oportunidad.
Una vez abandonas tu descanso ante este supuesto favor, verás que estará condicionado en su velocidad, lejanía y disposición. “Te ayudaré, pero no cuando tú lo quieras”. Dentro la cosa no mejora: la vida de un pasajero se deforma en una de constante interrupción donde la privacidad es nula, el mundo se aleja tras paredes de acero y concreto y las decisiones que afectan su vida a conveniencia se truncan hasta haber llegado a donde pretendía.
Así, el acto de transportarse se convierte en un estado afectado por el mismo exacto verbo que se pretendía evitar desde que se puso un pie fuera de casa: esperar. Esperar a que llegue el vagón, esperar a que se vacíe el camión, esperar a que alguien te ceda un asiento, y si es que todo falla a medio camino, no podemos solucionar nada (tráfico, tormentas o choferes desconsiderados); sólo nos queda esperar.
Esta serie de desgracias desconectan al viajero del valor del poco tiempo que tiene de vida, difícilmente lo acompaña de gente íntima y en ocasiones acaba con la llegada a lugares que aborrece: el trabajo, el colegio o la casa de algún familiar distanciado.
Son afortunados quienes toman esas horas de tedio en algo valioso como leer y comer, sin embargo, la vasta mayoría se encuentra tan inquieta por estar pendiente de su entorno siempre cambiante, que ni siquiera el sueño conseguido en el viaje es reparador. En tales instancias, el único “alivio” es el celular, que lejos de ayudarnos a no sentirnos solos, aprovechamos para justificar nuestro aislamiento.
Cierto es que en el transporte público los usuarios procuran evitarse entre sí, pero esto es, paradójicamente, uno de los pocos alivios que tienen: la justificación de la soledad y la ausencia. Y no queremos que nadie nos las quite.
“Disculpa por no contestar el teléfono, estaba en el metro”.
“¡No es mi culpa no llegar! El chofer no se mueve”.
Y es que por más que la vida se vea momentáneamente interrumpida en el transporte público, afuera el mundo no deja de existir, y sabemos que se lanzará sobre nosotros una vez más al llegar a nuestro destino. De este modo, convertimos el transporte público en un espacio que nos exime temporalmente de responsabilidades, cosa que para más de uno será un alivio, pero para muchos que se “pierden en el camino” se tornará en condena, arruinando su vida al volverse entidades perpetuamente errantes.
Me atrevería a decir que es por esto que se desarrolla un instinto “ninguneante” que se harte de los vendedores ambulantes dentro del transporte. El ajetreo del usuario ya es tal que cuando aparenta llegar a un estado de calma, llega alguien a interrumpir nuestra soledad. Por supuesto se desearía una situación diferente en la que la presencia de alguien así nos motivara a extender nuestras manos en apoyo, pero el agotamiento nos ha convertido en animales antisociales. Aquí, aquel que forma comunidad es un ente extraño. Y si es que el respeto formó parte de nuestra educación, nos mantenemos al margen incluso al ver, entre tanta gente, un individuo que pareciese manifestado/a desde nuestros profundos deseos. En tales ocasiones, incluso rendirle homenaje al amor pareciese un atrevimiento.
“No sé a dónde vaya. Ha de vivir lejos”.
“No quiero interrumpir lo que tenga que hacer”.
“Este no es el lugar adecuado”.
¿Qué hacer, entonces, cuando la vida es estropeada por un transporte que interrumpe nuestro descanso, nuestros romances y nuestras intenciones? Lo único que queda cuando no posees al mundo: poseerte a tí mismo. No puedes elegir las cartas que se te dan, pero sí puedes elegir cómo jugar. La gente más impresionante que he tenido la fortuna de conocer ha transformado los momentos y espacios imposibles en catedrales de reflexión constante que ayudaron a aclarar las razones del por qué son, cómo son y por qué hacen lo que hacen; se sirven del tiempo para entender lo que sucedió antes de marcharse y qué debe hacerse para mejorar al volver. A más de un romántico le ha dado esperanza y energía regresar a los brazos de su amada al terminar un largo viaje, y todos los artistas han presenciado una revelación al verse atrapados en el aburrimiento.
Preferible es una vida en la que el viaje constante sirva tanto para situarnos, como para redefinirnos cuando lo necesitemos, puliendo así el cuerpo y alma en pos de una vida respetable. Una vida en la que valoremos el tiempo que tengamos en casa con quienes amamos, que usemos como podamos para cumplir con los deseos que siempre hemos tenido, y que se mantenga en agradecimiento por tener a alguien que nos espere. Pues si desafortunado es aquél que se marcha, siempre será afortunado aquél que tenga a dónde volver.
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