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Foto de Michael Hodgins de Pexels

Esa razón del día

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Vivía en una inteligencia artificial, olvidé mi humanidad

Picture of Ximena Sanabria Montaño

Ximena Sanabria Montaño

Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala

Desperté por la mañana, al instante noté que mis brazos se sentían diferentes, al igual que mis manos y cuerpo. No le presté importancia. Mi alarma sonaba una y otra vez, por lo que me levanté rápido a apagarla y empecé a alistarme para preparar mis libros, tarea y algunas libretas que necesitaría en la escuela. 

Apresurada salí  de mi casa. Cuarto para las siete, debía estar allá en quince minutos, tomé el primer bus de la ruta sin mirar atrás y llegué derrapando; cuando entré al salón me quedé atónita con las miradas sobre mí, no entendía qué estaba mal, por un momento pensé que fue la manera apresurada de entrar al salón. Con intriga y preocupación bajé la mirada a mi cuerpo, quedé petrificada al notar cables saliendo de mí: tenía manos y piernas envueltas en una especie de alambre. Parecía todo parte de un sistema, ¿qué demonios me había pasado? 

De inmediato corrí hacia los vestidores. Cerrando el seguro de la puerta, tomé un poco de aire para intentar asimilar la situación, no comprendía la situación, parecía irreal. Hundida en mis pensamientos escuché el golpeteo de la puerta, era Sara, mi mejor amiga, pidiendo que abriera, que no tuviera miedo de salir. 

En estos 7 años de amistad, ella fue mi apoyo, seguramente me acompañaría en todo, por más loca que fuera la situación, con precaución, tomé los extremos de los cables que sobresalían de mí y temblorosa deslicé el pasador de la puerta. 

Su mirada no dejaba de recorrer mi cuerpo con asombro, sus ojos se movían lentamente sobre mí con su nariz arrugada y su mirada pasmada, llena de incertidumbre y, sobre todo, confusión, sin embargo, mantuvo la calma. 

—No puedo explicar lo que está pasando, pero te ayudaré —dijo. 

 

Tomamos un poco de la ropa que teníamos guardada en los casilleros y salimos corriendo de la escuela. Una vez en casa me dirigí a Sara por primera vez, mi voz era gruesa, parecía una grabadora.

—Pensé en la causa lógica de lo que está pasando…

Llegaron a mi mente todas aquellas noches en las que pensaba en lo vital de la tecnología en mi vida, sin ella no sabría qué hacer. Qué irónica es la vida, ahora parezco ser parte de esta misma. Debía ser  alguna pesadilla, de esas que se sienten tan reales que no te imaginas que es un sueño. 

Con el paso de las horas Sara debía regresar a casa. Me quedé  sola una vez más. Intenté mantener la calma y realizar mi rutina como un día cualquiera pero noté de inmediato que todas mis tareas parecían ser más fáciles de lo normal, a excepción de todo aquello que involucrara movimiento, claro. 

De inmediato me invadió la alegría, después de todas estas malas noticias al fin había encontrado algo bueno, todo cambió al intentar ver una película, mi favorita, esa que me hace llorar mares: ninguna gota corría en mis mejillas. No sentía aquella emoción, no sentía nada en absoluto. 

Resiliencia es una de las emociones que me enseñaron desde pequeña, así que a pesar de todo decidí sentarme en el piso a pensar, pensar y pensar, no iba a rendirme. Tras varias horas, sin querer me quedé dormida, perdí la conciencia del tiempo.

Después de un rato, un rayo de luz apuntaba directamente a mis ojos, con pereza los abrí, llevé mis manos hacia las extremidades de aquellos cables y me sorprendí. Ya no estaban ahí. Bajé la mirada, una mezcla de asombro y felicidad me invadía al ver que todo había regresado a la normalidad, todo estaría bien, volvería a ser yo. 

Pensé, ¿cuál sería el mensaje de la situación?, ¿por qué me tenía que pasar a mí? Volvieron a mi  mente aquellos momentos donde pedía ser un robot que no sintiera nada, una simple máquina que cumpliese sus tareas ordinarias, que existiera con el propósito de cumplir sus deberes y me di cuenta de la realidad, de mi realidad, de que vivo en la monotonía, en una inteligencia artificial donde olvido que soy una humana que comete errores. Puedo sentir y vivir, todo es parte de serlo, no somos un algoritmo para tener las instrucciones sobre nuestras vidas, darme cuenta de esto fue un alivio, a partir de ese momento empecé a vivir el día a día, uno a la vez, tratando de encontrar esa razón del día.

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