En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Facultad de Derecho

El último viaje hacia Indios Verdes

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Heracles deberá decidir entre huir o seguir…

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Carlos Villaseñor

Facultad de Derecho

La constante vigilancia y la publicidad asfixiante entre las calles me han demostrado que, en este matadero llamado ciudad, aunque uno sea verdugo o cerdo, todos terminan salpicados. Mi nombre es Heracles. Soy oficial de policía de investigación aumentada en el sector 68 de Tlatelolco. Mis mañanas son escasas y las noches, largas.

Todo lo que tengo es mi patrulla, que apesta a aceite y tabaco; el arma de precisión guardada en la guantera para adornar disturbios, y mis “cuotas diarias”. No me quejo de la comodidad que estas me dan, pero sé que no soy más que un cobarde, pues, a partir de esa noche, nada fue igual.

Eran pasadas las diez. La luna no alumbraba; estaba opacada por el destello de los postes LED y las luminarias proselitistas de neón. Yo me encontraba comiendo en el puesto de chapulines cercano al acceso de Indios Verdes, a un costado de la venta de partes protésicas. El denso aire de la terminal, cargado con el hedor a miados y el omnifuel de las patrullas aéreas, saturaba por completo mi Olfato-graft de Carbono, extinguiendo mi apetito.

Me concentré en las voces fluctuantes de la muchedumbre, perdiéndome en el chisme ajeno y la palabrería de los reciclados. No fue hasta que un grito cortó el aire, seguido del chirrido metálico del metro frenando de golpe, que algo cambió. Entre el eco aún vibrante de las vías llegó un llanto que me heló la sangre e hizo que una inusual melancolía se apoderara de mi alma, mientras todo mi sudor brotaba frío de entre los poros de mi sistema tegumentario.

El alarido venía de uno de los accesos a los andenes. Dejé mi comida y me metí corriendo. Mientras esquivaba a la gente a empujones, me juré que solo iba por el morbo de ver el desmadre en primera fila o para que el comandante no me colgara de los huevos por negligencia al estar a unos metros del sector. Cualquier cosa antes que aceptar aquel temblor que bajaba por mis piernas al escuchar ese llanto constante.

Al dar el charolazo en los torniquetes, con el corazón golpeándome las costillas, me dieron acceso. Cuando llegué al área de vías, todo era un caos. El tren se había amarrado en seco y las zapatas de madera de avellana se habían clavado a presión contra las pistas de rodamiento, quemándose al instante. Era un almizcle con olor a galleta y goma chamuscada, mezclado con el siseo violento del aire comprimido que se escapaba de los aisladores tras vaciarse las suspensiones neumáticas, dejando caer el peso del convoy como un bloque muerto. Las vagonetas aún oscilaban pesadamente, atrapadas a mitad de la estación.

La masa de godínez apurados estaba encabronada. Se escuchaban quejas en voz alta sobre el retraso, gañanes chiflando porque no iban a llegar a checar y el murmullo egoísta de una horda que veía el frenón como un simple estorbo que les arruinaba la noche. Unos tipos de ShangMed que iban a laborar medio zombies casi me empujan al balasto cuando me abría paso entre ellos; creo que su piloto automático falló porque claramente me vieron.

Fue cuando traté de bajar a ver la escena, asomándome desde el borde amarillo del andén hasta las vías, que pronto lo vi: restos de lo que una vez fue humano, esparcidos entre los bogies del tren como chicle embarrado. Piel, fragmentos óseos ensangrentados y masa encefálica salpicada en la cabina frontal decoraban la estética grotesca de un desecho nocturno.

Solo hasta ese momento, al seguir mi mirada, me di cuenta de que la muchedumbre sí entendía lo que había abajo. Entonces comenzaron a asomarse más y más, anestesiados e indiferentes. El conductor del metro seguía dentro de la cabina, estático, con las pupilas fijas en el parabrisas astillado. Entre la carne destrozada palpitaba una luz violeta residual: filamentos de fibra óptica semiorgánica, una tecnología prohibida en el sector civil, solo para implantes militares.

Abajo, arrodillado sobre el balasto ensangrentado, junto a los fierros aún ardientes del convoy, estaba el origen del lamento: un niño de no más de seis años, con la ropa sucia de hollín y las manos empapadas de la misma sustancia roja que salpicaba las vías. Lloraba con un dolor desgarrador, tocando los restos mutilados, esparcidos debajo del vagón.

Aparté al niño con suavidad para revisar lo que quedaba del torso. Entre la carne rota alcancé a ver una credencial de acceso laboral. En cuanto mis implantes ópticos escanearon el chip, la interfaz conectada al proxy desplegó los datos de inmediato: Elena Rostova, sección de investigación, Corporación Rasko S.A.P.I.B. de C.V.

Sentí la urgencia de salir de ahí antes de que los agentes de “limpieza” de la empresa llegaran, pero sentí cómo alguien me sujetó con fuerza de la gabardina.

Volteé a ver quién me frenaba el paso. Era el niño, que me miraba con esos ojitos inyectados en sangre, nublados por el terror de los que se quedan huérfanos de golpe. Su voz, rota por el llanto, apenas fue un susurro entre los motores. Sollozó, señalando con un dedo tembloroso hacia la boca del túnel.

Miré en esa dirección, justo en el límite donde la luz de la estación cesaba. Ahí estaban sus huellas, marcadas en sangre sobre los durmientes. Alguien había pisado el charco de Elena y caminado hacia la oscuridad, pero el rastro se cortaba de golpe a los pocos metros. No había más marcas de apoyo ni goteo.

Fue entonces cuando el eco de unas botas, que venía de mucho más adentro en el túnel, irrumpió en mi pensamiento. ¿Una víctima colateral? No… El paso era rápido y firme, demasiado firme como para alguien herido. Todo en la escena tomaba sentido… aquel que huía a lo lejos y la víctima tenían relación.

Quise correr tras el eco de las botas, pero la mano del niño seguía aferrada a mi gabardina y me pesaba el recuerdo de otra infancia rota. No puedo salvar a los muertos, pero el llanto de los vivos me paraliza.

Estábamos atrapados en el fondo. Los pasos lejanos terminaron por perderse en el túnel, pero las huellas de sangre seguían intactas, cerca de nosotros. Quien las había dejado probablemente seguía ahí, agazapado entre la penumbra, midiendo el tiempo de una muerte que hacía tiempo ya nos había alcanzado a todos.

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El último viaje hacia Indios Verdes

9 Responses

  1. Este fragmento narrativo te hace sentir dolor por retratar parte de realidad y parte de ficción, además de dejarte los pelos erizados pensando que es un conocido cercano (eso me imagino) causante de un dolor profundo.
    Me encanto!

  2. Muy expicito. Y enfatiza lo complejo de vivir en un momento de caos, asi como el actuar y mantener la cordura y tratar de ser empatico. Muy buena historia Felicidades.

  3. Que crudo, triste y reflexivo relato. Te deja pensando que motivos tuvo el asesino. Fue asesinato? Una riña? una venganza? Y el niño destrizado por el dolor de quedarse huerfano y ver a su madre así. Me mantuvo con muchas preguntas por la diferentes aristas que esta narrativa pudiera tener. Me imagine el lugar el olor y casi pude ver la mediocridad del protagonista. Bien planteado. Bien narrado y la descripción buen lograda. Gracias por la oporrunidad de leerlo.

  4. Me encanta como el relato describe el metro de la CDMX tan fielmente, como alguien que ya ha estado en esos sitios en realidad.
    ¡Espero verte publicando más!

  5. De verdad quedé impactado por el crudo realismo, ver a un niño aferrándose a tí es que el policía era la salvación del niño ,muy crudo el relato.

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