La utopía del bienestar emocional
Por: Sebastián Alberto Luján Rodríguez
El mito de estar bien
acultad de Ciencias Políticas y Sociales
acultad de Ciencias Políticas y Sociales
La necesidad por encontrar respuestas a cuestionamientos materiales y filosóficos persigue a los seres humanos desde siempre, pero las interpretaciones sobre la vida y la naturaleza van evolucionando de la mano de los cosmosentires comunitarios y las prácticas religiosas, donde muchas veces las motivaciones, placeres y libertades están al servicio de una estructura aprisionante.
La manera en la que nos vemos a nosotros mismos desde el interior cobra un sentido sensacional al percibirnos como seres más allá del cuerpo. Nuestras sensaciones e instintos, que van más allá de lo lógico, se tornan espirituales en el momento en que los sentires de la expresión de nuestro ser se reflejan en una fuerza o energía vital en el umbral de lo visible y lo invisible, pero que apunta a un impulso tan natural como el aire y tan misterioso como la consciencia.
La nueva ola de contenido sobre la dualidad energética es controversial. La manera en la que se expone la energía femenina y masculina como una solución “espiritual” a los desafíos que encuentra el ser en su propia expresión, actualmente son determinados en rígidos roles enclaustrados a la construcción social del género.
No obstante, esta concepción posee una historia distinta, alejada de estos roles. En realidad, sí ha buscado explicar la naturaleza del ser pero no sólo eso, ha buscado explicar a la naturaleza en conjunción con el ser; el origen de este dualismo, se remonta a tradiciones filosóficas y espirituales asiáticas antiguas como el taoísmo e hinduismo.
El daoísmo o taoísmo, en el cual nos centraremos en este texto, tiene dentro de sus preceptos una de las formulaciones más antiguas y estructuradas de la dualidad energética: el yin y el yang. Representan diferentes formas de concebir y pensar las energías que engloban el todo: las estaciones, las mareas, la vida y la muerte. Si bien, estos procesos son distintos entre sí, no presentan polaridad irreconciliable o una contradicción esencial, debido a que, según la tesis filosófica de su principal fundador Lao-Tse, la configuración natural del universo radica en el funcionamiento fluido y unitario de ambas fuerzas, las cuales provienen de una misma fuente indivisible.
La representación gráfica del yin y el yang llamada taijitu, permite visualizar la forma en la que cada energía contiene a la otra, lo que garantiza el flujo constante del cambio. El yin, representando de color negro, simboliza la dimensión receptiva, serena y fertil asociada a la tierra, el agua y la oscuridad. Mientras que el yang, representado por el color blanco, encarna la dimensión activa y el impulso dinámico asociado al sol, el fuego y la luminosidad. Entonces, podemos apreciar que ninguna de estas energías domina a la otra, su poder es interdependiente y su transformación conjunta para mantener un equilibrio armonioso.
En el taoísmo se asocia al yin con lo femenino y al yang con lo masculino, es verdad. En estas instancias, conociendo sus simbolismos y principios, es viable cuestionar la asignación de estas categorías a la dualidad energética en la que se centra este sistema de creencias. Sin embargo, los simbolismos femeninos asociados a la fertilidad y a la naturaleza no son nuevos, desde el politeísmo griego y romano hasta en las deidades mesoamericanas, la feminidad está ampliamente vinculada a las condiciones atribuidas de manera generalizada a las mujeres, lo cual puede continuar siendo cuestionable debido a la reducción de la experiencia de las mismas a su dimensión biológica y sexual.
El cuestionamiento aflora a partir de la apropiación de estos simbolismos y deidades como estandarte por y para la subyugación de género. Como se explicó anteriormente, en el taoísmo la dualidad energética se encuentra integrada en todos los procesos de la vida, sin jerarquía o moralismo. La dicotomía entre lo femenino y lo masculino ha sido objeto de interpretación como lo ha sido de instrumentalización; de la mano de los roles de género y el sistema patriarcal que los fomenta y sostiene, es necesario mantener y concebir a los géneros en contraposición. Esta contraposición no sólo marca una diferencia, sino que impone jerarquías que fungen como herramienta para sostener las estructuras de violencia y dominación.
La lógica binaria y funcional al sistema de producción y reproducción está muy alejada de la armonía que busca la dualidad energética del taoísmo, la expresión del ser es secuestrada y la nula integración de las energías expone lo alejado que está el uso de la energía femenina y masculina de su verdadera visión. La tendencia de apropiación de estos términos por un sinnúmero de creadores de contenido es notable, porque es aquí donde se desvirtúan las creencias espirituales que tienen como esencia la fe, la tolerancia y la armonía en la perpetuación de creencias y prácticas que promueven precisamente lo opuesto: la separación y dominación.
Es momento de preguntarnos en el nombre de qué interpretaciones religiosas se imponen formas de vivir. Finalmente son eso, intentos por traducir una verdad, que puede estar muy lejos de la realidad que requieren explicar o incluso, en oposición a la esencia de los preceptos de sus creencias religiosas. ¿Hasta qué punto las propias interpretaciones humanas sucumben a su propia existencia?, ¿en el nombre de qué ideología llevamos la destrucción?, ¿quiénes son o de dónde provienen aquellos beneficiados por estas interpretaciones? En tanto más conscientes nos encontremos de los contextos que nos atraviesan como sociedad, mejor podremos responder nuestros cuestionamientos e intentar liberarnos de lo que nos aprisiona, tanto en la fe como en el ser.
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2 Responses
increíble reflexión. muchas felicidades, mon.
Agradezco esta reflexión porque comparto la preocupación por los discursos contemporáneos que utilizan la noción de “energía femenina” y “energía masculina” para reforzar roles de género rígidos y muchas veces limitantes. Sin embargo, me pregunto si al cuestionar estas apropiaciones no corremos también el riesgo de desechar comprensiones más antiguas y complejas sobre la complementariedad.
En el plano material de la existencia, la vida misma parece surgir de la relación entre diferencias. No sólo en la reproducción biológica de muchas especies, sino en innumerables procesos ecológicos donde fuerzas distintas interactúan para posibilitar la continuidad de la vida. Tal vez el problema no radica en reconocer la diferencia, sino en convertirla en jerarquía.
Por eso encuentro sugerente el concepto Aymara de chi’xi, desarrollado para comprender la coexistencia de elementos distintos que no se fusionan completamente ni se anulan entre sí. Lo ch’ixi no busca la pureza ni la homogeneidad; permite que los opuestos permanezcan en tensión creadora. Algo similar puede encontrarse en la comprensión taoísta del yin y el yang cuando se entiende como complementariedad y no como subordinación.
Pienso que estas imágenes pueden leerse también hacia adentro. Más allá de los cuerpos que habitamos, todas las personas parecemos transitar entre impulsos de acción y contemplación, firmeza y ternura, expansión y recogimiento. Quizá la reconciliación de esas dimensiones internas sea una fuente de creación tan importante como la complementariedad que observamos en la naturaleza. No sólo para dar origen a nuevas vidas, sino también a proyectos, comunidades, obras, saberes y formas de habitar el mundo.
Tal vez uno de los desafíos de nuestro tiempo sea aprender a distinguir entre las narrativas que utilizan la diferencia para justificar la dominación y aquellas que intentan comprender cómo la vida se sostiene precisamente gracias al encuentro entre diferencias que se reconocen mutuamente.