Sistema de Experiencias Colectivas
Por: Laura Jaramillo Rios
La necesidad de apropiarnos del metro como un lugar nuestro y habitable
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
El Sistema de Transporte Colectivo Metro es una red de líneas, estaciones y trenes que gestionan la organización y el desplazamiento de millones de personas diariamente. Pero ser reduccionistas para solo caer en el tecnicismo es destrozar su naturaleza. El metro es un pilar de la vida cotidiana, un espacio donde la ciudad se mueve, experimenta nuevas experiencias, padece malestares, que en muchos casos, se sienten en lo más profundo del ser.
Cada viaje, cada trayecto es una narrativa en sí misma. Desde Pantitlán en hora pico —sea cualquiera de las 4 líneas—, hasta el interminable transbordo de Atlalilco, el usuario construye una logística especializada; calculando tiempos, anticipando flujos, 5 minutos que cambian completamente nuestra llegada, entre otras aptitudes. En estaciones como Chabacano, donde convergen múltiples líneas, el transbordo deja su significado operacional para convertirse en una experiencia física y mental intensa; empujones, acelerones entre multitudes, hasta la pérdida del control individual frente a la masa.
El cuerpo se adapta para materializarse con el flujo colectivo, arrastrándose, dirigiéndose y siendo condicionado a las directrices de la masa. Para las personas con discapacidad o adultos mayores, el flujo no los “arrastra” de forma amable hacia su destino; los excluye de forma violenta. Escaleras mecánicas descompuestas, escasez de elevadores y falta de señalización adecuada transforman la infraestructura en una barrera. Si el tiempo de traslado superior a las dos horas es una desigualdad, la imposibilidad de abordar el tren de forma digna es exclusión pura.
Este fenómeno no es menor, diariamente el metro transporta a más de 4 millones de personas, con picos de saturación en estaciones como Constitución de 1917, Indios Verdes, Tacubaya o Cuatro Caminos. Puntos donde confluye la periferia obligada a llegar a los centros laborales o educativos, evidenciando el modelo urbano de fragmentación que obliga a los millones de usuarios a recorrer largas distancias día tras día.
No obstante, en medio de esta lógica de eficiencia, el metro también produce algo inesperado: intimidad. Una familiaridad no elegida, pero constante. La cercanía física que rompe barreras habituales del espacio personal; cuerpos rozándose, respiraciones sincronizadas, y aun así, identidades en silencio sin conocerse a plenitud. Es posible encontrarse a centímetros de alguien, compartiendo el momento, pero nunca intercambiando una palabra, una coexistencia que plantea una tensión entre lo público y lo privado.
Esta experiencia físico-mental no se vive de la misma manera en todos los cuerpos. La “intimidad no elegida” adquiere una dimensión de vulnerabilidad desde una perspectiva de género. La existencia de vagones exclusivos para mujeres no es un “tecnicismo logístico”, sino una respuesta ante el acoso. En los vagones frontales se construye una mística distinta, se forma un refugio, pero que comparte las mismas características con las partes posteriores, la saturación y el cansancio.
Por otra parte, se introduce la noción tan polémica para los geógrafos de “no-lugar” desarrollada por Marc Augé, espacios de tránsito diario donde las relaciones son efímeras y despersonalizadas. Sin embargo, el metro de la Ciudad de México rompe esa categoría. Si bien muchas de las interacciones terminan siendo fugaces, las experiencias repetidas generan una memoria colectiva. Los usuarios reconocen patrones, horarios e incluso rostros, rompiendo la barrera del anonimato.
En este contexto, surge una dimensión profunda, el metro como espacio emocional. Se forma una sinergia especial, donde el cansancio de la mañana tiene un ritmo particular al de la noche. En las horas madrugadoras, los rostros de los vagones se encuentran cerrados, concentrados en sobrevivir al traslado, mentalizando el porvenir del día. Por la noche, el vagón se llena de agotamiento grupal, pero también de apertura con miradas profundas y pensamientos introspectivos.
El metro también es un espacio de encuentros improbables, permitiendo una peculiar forma de romanticismo. Miradas que se cruzan entre los vagones, gestos mínimos que adquieren gran significado. Dos personas pueden coincidir durante semanas, a la misma hora, generando una rutina compartida que nunca se verbaliza, y un día, simplemente, desaparecer.
Del mismo modo, es un lugar donde se proyectan emociones contenidas. Es común ver a alguien llorando en silencio, a otro repasando miles de veces mensajes en su teléfono con una entre ansiedad y esperanza, o ver a alguien perdido en sus pensamientos después de una discusión. Esto convierte al metro en un espacio de catarsis, donde uno puede desahogarse sin ser realmente visto o comprendido.
A su vez, es un espacio de afecto cotidiano. Parejas que se toman de la mano para no separarse en el caótico flujo, amigos que transforman el trayecto en una grata conversación, familias que se organizan para superar las condiciones del sistema. Dentro de la saturación, existen los gestos de cuidado: alguien que cede el asiento, otro que ayuda a cargar una mochila, alguien que protege a otro tras un repentino frenón. Microacciones que sostienen una ética de convivencia en un entorno adverso.
No obstante, esta dimensión humana coexiste con diversas problemáticas estructurales. La saturación incesante del servicio, las fallas técnicas, la falta de trenes y la escasez de mantenimiento evidencian una gestión que no ha logrado responder a la magnitud de la demanda. Las crecientes tensiones entre trabajadores, el sindicato y las autoridades reflejan los conflictos institucionales que impactan directamente en el usuario. Y sobre la remodelación del metro, en el marco del mundial de fútbol del presente año, ¿para quién realmente se está modernizando el metro? ¿Para el ciudadano que lo utiliza diariamente o para una narrativa política de efectividad y vanguardia?
El “reacondicionamiento” actual del metro corre el riesgo de convertirse en un ejercicio cosmético y de gentrificación de la infraestructura. Las estaciones que conectan con puntos turísticos, así como estadios en remodelación, con pantallas de última generación y luminarias para proyectar una imagen internacional de eficiencia, contrastan con el abandono y el descuido crónico de las líneas periféricas.
En este aspecto, el metro es un espacio de desgaste constante, entre lo físico y lo emocional. La repetición de largos trayectos, la incertidumbre del servicio —¿hoy llegaré temprano a mi hogar?—, generan un estado constante de tensión. Y, aun así, millones de personas lo integran y personalizan en su vida como un hecho inevitable.
Pero quizás ahí radica su complejidad, el metro no es únicamente un problema a resolver, sino una experiencia que continuamente configura la vida urbana. Es un lugar donde se entrelaza el amor y el anonimato, la rutina, la desigualdad y la solidaridad. Cada viaje es una experiencia, haciendo que la ciudad se convierta en un lugar tangible dentro de su densidad y ruido.
Y en medio de todo el caos, entre los empujones, los transbordos y las estaciones, existen momentos breves, en los que alguien levanta la mirada, encuentra otra, y por un instante, todo se suspende. Luego el tren se detiene, las puertas se abren, y el ciclo vuelve a empezar.
Asumir el caos como algo inevitable es renunciar al derecho a la ciudad. El metro de la Ciudad de México necesita dejar de ser un espacio de supervivencia para convertirse en lo que verdaderamente es su objetivo. El pilar de la vida cotidiana justa, segura y habitable donde el ciclo pueda continuar, sí, pero con condiciones de viaje dignas.
Por: Laura Jaramillo Rios
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