Entre vagones
Por: Bellaneyra Galán
Una hermosa experiencia de viajar en el Metro
Escuela Nacional Preparatoria (ENP) 9
Escuela Nacional Preparatoria (ENP) 9
Hay personas que se niegan a quedar enterradas en el pasado y el viento atesora nombres que no tiene el valor de soltar. Y esos nombres son como un vagón de tren, pasarán por ti unos instantes para recordarte que el tiempo no perdona y eso se queda grabado hasta que ya no los olvidas por más vagones que pasen. Siempre me pregunto si para ella valió la pena convertirse en aquel vagón.
Hace algunos años, cuando estudiaba, utilizaba casi todos los días el metro de la Ciudad de México, en especial la línea tres; abordaba en Tlatelolco y bajaba en Universidad y el regreso era un poco más de lo mismo. Con el tiempo te acostumbras a la gente, al traslado y a lo monótono que puede llegar a ser trasladarse. Es justo en esa monotoneidad donde empieza mi historia.
Era 19 de abril, llegué al metro a la hora de siempre y al abordar alguien tocó mi hombro: Amara, una compañera de secundaria que me saludo con una sonrisa dulce y tranquila; me habló de arquitectura como si hubiera nacido para eso, aunque recuerdo que decía que nunca se dedicaría a ello. Al platicar con ella, el tiempo parecía pasar más despacio, casi inexistente. Al final, ambas bajamos del vagón con la promesa de algún día ir por un café.
A la mañana siguiente la buscaba por el andén, pero no estaba; debía ser normal, entre tantas personas es fácil perderse, además existen demasiados trenes, pudo llegar tarde o quizás demasiado temprano. Me hubiera gustado sacarlo de mi mente, pero al final su rostro seguía apareciendo de vez en cuando.
Tiempo después subí al vagón y de nuevo Amara estaba ahí, se acercó nuevamente con el mismo saludo, gestos y preguntas que la ocasión anterior. Llena de confusión revise la fecha, y sí, de nuevo era 19 de abril. Tuvimos la misma conversación, aunque ahora ella era maestra en un jardín de niños, esa vez llevaba el cabello recogido y hablaba con una calma que nunca le conocí.
Al día siguiente sucedió todo tal cual las ocasiones anteriores, ahora Amara estudiaba filosofía. Todos los días en el mismo vagón, en la misma estación ocurría lo mismo con la diferencia de que siempre me contaba una versión diferente de sí: un día estudiaba medicina, al otro era artista, en otra ocasión se había casado joven y tenía un hijo. Por momentos la veía alegre, otras no tanto, se le veía la decepción en el rostro o una gran euforia. De vez en cuando bajaba en diferentes estaciones y siempre me prometía vernos para tomar un café. Creo que nunca la conocí del todo.
Me daba curiosidad saber porque cambiaba tanto y a la vez no quería saberlo, me gustaba escucharla y pensar que por esta ocasión ella era feliz. Un suéter distinto, un esmalte desgastado, un perfume, un bolso nuevo o las ojeras marcadas me decían más que todas sus palabras. ¿Qué me contaría Amara al día siguiente?
Un 19 de abril más, llegué como siempre, pero esta vez Amara no subió, tampoco la vi en el andén. Los días pasaron y Amara no apareció. Esperaba horas en aquel andén, aprendí a reconocer rostros ajenos entre la multitud, todos parecían volver, menos ella. No había huellas que prometieran un regreso, un rastro de sombras o una voz estruendosa que avisara el retorno de alguien a quien extrañaba.
¿Qué había hecho Amara esta vez? Nunca la volví a ver.