Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra
Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra
El primer recuerdo es difuso: el aroma del incienso penetrando tus pulmones. Primero te sofoca, después nubla tu vista y si sobreviviste te empieza a gustar su olor. Mi papá es agnóstico desde que tengo memoria, siempre poniendo en duda todo aquello que se daba por hecho. Mi mamá era católica, pero tenía muchas dudas que eran vistas como desafiantes para la propia iglesia. Terminó por dejarlo. Entonces había una casa pequeña: sillones desgastados, varios gatos, un par de perros, un cuadro de la última cena en la sala-comedor y olor a incienso. Siempre fuimos una familia de cinco; el agnóstico, la católica y tres infancias con creencias cruzadas, nubladas como humo de copal. Mi papá siempre hablaba con mamá sobre dejar que tomáramos el rumbo de nuestras propias vidas y con ello nuestras propias creencias, pues no es una decisión que le corresponda a alguien ajeno. Yo no sabía a lo que se refería, pero nunca le tuve miedo a lo desconocido, siempre lo sentí conocido y cercano.
Hubo un tiempo, el primero de todos, en que mi papá se interesó por la astrología y lo holístico; tenía tan solo 8 años y ya empezaba a saber cómo leer mi propia carta natal, conocía mi signo solar, lunar y ascendente. Me divertía observar a las personas, sus comportamientos, la forma en la que se relacionaban para entonces poder concluir qué signo eran y sus posibles posiciones planetarias. Sabía que a mis padres, sus padres les enseñaban sobre ciencia, tecnología y religión; sin embargo, yo agradecí a mi padre por enseñarme astrología, pues gracias a eso pude entender las relaciones sociales y tratar de humanizar los actos neurotípicos. Lo desconocido entonces podía ser descifrado.
Papá siempre me contaba de su mamá, mi abuela: una mujer enigmática, inescrutable, difusa, pero fuerte como el humo del palo santo. Nunca la conocí, pues falleció en la juventud de mi padre, pero aparecía esporádicamente en mis sueños. Papá decía que mi abuela tenía habilidades para entender el otro mundo del que las personas huyen y le temen por no conocerlo. Siempre visualizaba a mi abuela con una trenza larga, su cabello canoso, arrugas en su piel como testigo de sus sonrisas y un vestido largo lleno de flores; también la imaginaba prendiendo velas y enseñándole de esoterismo a las cuatro hermanas mayores de papá.
Los relatos sobre los secretos que no conocía de mi abuela se volvían frecuentes. Conocí la historia de mis tías, aquellas que se juran católicas, pero que leían cartas, hacían rituales, prendían velas, jugaban con el mundo ajeno y prohibido. La brujería, el esoterismo, lo nativo-moreno, lo desconocido estaba ahí, quieto, sugerente, y mientras lo miraba desde afuera pensé que había pocos espacios que conociera más. Me pertenece, pensé. Le pertenezco.
Creí que la forma más cercana e íntima de acercarme a las mujeres de mi linaje era a través de las prácticas que ellas hacían, que ella hacía. El esoterismo y las mujeres tenían mucho en común: son rechazadas, vistas como tabú, lo que “está mal” en el mundo y no sabía porqué. Dicen que las brujas más poderosas son las que vienen en tres y son la tercera generación. Si bien yo cumplía con ser de la tercera generación de brujas, no fuimos tres brujas: mi hermana y yo nos acercamos más a este mundo, siempre fuimos nosotras dos desafiando las normas y lo “prohibido”. Pero mi hermano mayor le tuvo su distancia y sus precauciones, aunque no salió ileso, pues era sensible a observar cosas paranormales.
Con el tiempo fui encontrándome entre las brujas de mi linaje. Empecé a entender que el esoterismo y la brujería son femeninas, abstractas, complejas, estóicas y son resistencia. El mundo etiqueta a nuestras prácticas como exageraciones, meros delirios, pura fantasía, pero no pueden quitárnoslo porque nuestras propias identidades nos fueron arrebatadas ya por el patriarcado e instituciones religiosas que iniciaron con la caza de nostrans.
Recuerdo haber sido nombrada como “irracional”, pero sólo aprendí a mirar con el cuerpo. Me llamaron fantasiosa porque tejí realidades con símbolos, sueños y fuego. Me gritaron “loca” porque desobedecí al lenguaje del amo; pero no se trataba de locura, sino de intuición. Me observan con morbo, como un alien que fagocita territorios y se traga humanos cada tanto. Pero sólo (re)existo en la frontera de mi cultura, de mi cuerpo, en las ruinas de lo que el colonialismo dejó de nuestras identidades. En esta resistencia, como las criaturas que lo habitan, no soy inocua.
La brujería fue el lenguaje que me heredaron para resistir sin pedir explicaciones. El esoterismo fue la grieta donde aprendí a escabullirme de lo normado. Ahí donde la razón se vuelve trampa, nosotras parimos universos. Lo holístico es el cuerpo entero sabiendo, es la emoción como método, es la memoria como oráculo. Somos frontera, somos el no lugar donde “el primer mundo se desgarra con el segundo”.
No es casual que estas prácticas sean negadas, silenciadas, relegadas. Son femeninas. Y lo femenino, en esta historia, ha sido castigado. Castigado por no caber en las formas del saber racional. Por no reducirse. Por estar vivo. La mirada colonial y patriarcal nos arrebató el derecho a saber de otras formas. Nos llamó supersticiosas para robarnos el conocimiento. Nos diagnosticó histéricas para quitarle legitimidad a la intuición.
Yo sé, porque he visto, que la brujería no es un escape. Es un mapa. Una posibilidad de reapropiarnos de lo que nos fue negado: la tierra, el deseo, la palabra. Es resistencia porque dice que lo sensible importa. Que el cuerpo sabe. Que lo invisible también es real.
La brujería existe porque seguimos existiendo y en tanto habitemos nuestras tierras, seremos el terror que quisieron silenciar con fuego y con ese fuego encenderemos las llamas de nuestros linajes que gritan nuestra herencia cultural morena-nativa.
Por: Karla Nieto González
Juntos podemos ser la voz y la esperanza de aquellos que la han perdido