Violencia sin prejuicios
Por: Gustavo Cervantes Flores
Lastimosa y latente realidad
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
“Tendré una hermosa vida”, fue lo que hace tiempo prometí para que no me enviaran al psiquiatra. Nunca fui alguien problemático ni tampoco llamativo, solo me gustaba pasar desapercibido. Al parecer eso es peor que el resto de las sandeces cometidas por las personas que viven en un lugar como lo es Francisco Z. Mena, recóndito, caluroso y aparentemente borrado del mapa. A propósito de ello, no me parece que la salud mental sea uno de los temas mejor tocados en este entorno, por lo que lo único que sé es que no estoy loco.
Primero me enviaron con el médico del pueblo (no existe un psicólogo aquí), al inicio para tratar mis supuestos problemas de ira, y como era de esperarse, ni el doctor pareció preocupado, pues lo que pasó, en primer lugar, fue que me vi obligado a pelear con otro de los chicos que también trabajan en la construcción. Tal vez lo único que mi familia quería era que estuviera menos tiempo en mi casa, aunque las cosas por sí solas se prestan a que jamás hubiéramos convivido mucho, incluyendo mis primeros años de vida o los escolares. Fue después de no haber entrado a la universidad cuando tuve que trabajar un par de meses antes de marcharme. Aún no logro entrar, cuando lo haga podré convertirme en un nadador, no uno profesional, creo que mi tiempo se acabó, pero en las ciudades supongo que hay muchas escuelas de natación.
La única gran ventaja que tengo es que ya sé nadar, solo tengo que caminar varios minutos o pedirle a un conductor que vaya de paso que me lleve hasta el río que se encuentra a escasos kilómetros de mi pueblo. Allí aprendí todo lo que sé, algunas veces lo llegué a practicar en mi infancia con otros niños, pero todos se fueron, y los que quedamos tenemos que trabajar. Algunos incluso ya se casaron.
A este punto quiero reiterar: no estoy loco, pero fue gracias a este río que el médico se comenzó a preocupar. El hecho de que un doctor, en un sitio como este, comience a mostrarse reacio con un paciente hace creer que de verdad existe un problema. Juro que no lo hay, todo está bien, no importa lo que digan.
Su preocupación se originó cuando le conté sobre algo que he visto desde muy pequeño cada vez que nado en el río, sobre todo cuando estoy solo, sobre todo cuando estoy en paz. Al inicio era una mancha en el agua, después, en la preparatoria, se volvió una sombra, antes de graduarme ya era una silueta. Recientemente, una persona, un hombre, uno que me sonríe cada vez que me encuentro allí abajo. No da miedo, transmite paz, me trata mejor de lo que lo hacen quienes se encuentran aquí arriba. Llegué a creer, incluso cuando aún era una mancha, que era Dios, pero no estoy seguro.
Al inicio el médico no me creyó, pero con el pasar de las semanas llamó a los pocos policías de alrededor y los hizo buscar algún cuerpo muerto. Estoy seguro de que pensaba que podría haber sido yo quien mató al supuestamente asesinado, pero lo que no tomaron en cuenta fue que no estaba muerto. Naturalmente, no encontraron nada, el único hallazgo fue que sospechaban que yo tenía esquizofrenia. Comenzaron a anunciar eso por todo el pueblo para que se calmaran. Con el tiempo al doctor se le olvidó el asunto, solo me ignoraba cada vez que mencionaba al hombre de las profundidades. Todo cambió el día que le confesé que me habló, fue cuando me quedó claro que aquel no era una persona. Fue también cuando Pedro (el médico) se tomó en serio la idea de que podría llegar a tener esquizofrenia.
Gracias a eso, me instaron a escribir este texto, sobre cómo estoy con el tema y sobre mis conversaciones con el hombre de las profundidades. La verdad es que me encuentro bien, allí abajo es el único lugar donde me siento fresco y ese ser me transmite paz. Sobre nuestras conversaciones, no son pláticas, solo lo escucho y le sonrío todo lo que pueda antes de que tenga que regresar a la superficie a tomar aire fresco. Incluso él me ha advertido que lo escuche poco tiempo, no quiere que me ahogue, es el único que no quiere que muera.
Entonces dejé de ver a Pedro (no volví a asistir), y por fin me decidí a escribir. Al comenzar a teorizar que en mi cabeza inventé un personaje que me hace sentir bien solo para ignorar mi realidad, y al saber que ya no iría a “atenderme”, quería que dijera que estoy en paz con mi vida, pero no digo mentiras, por eso deben creerme cuando digo que hay algo allí abajo que me trata bien, por lo que tan solo le pude prometer, como dije al inicio, que tendré una hermosa vida. Lo prometí a futuro, pues no me sentía a gusto entonces.
Ahora, en un par de meses, trataré de entrar a la universidad por enésima vez y creo que, a pesar de los intentos anteriores, jamás me he percibido tan inseguro como en esta ocasión. Pensé que debía imitar a los que se encuentran en mi situación, entrar de lleno a la construcción, aprender más sobre ello, casarme y comenzar a formar una familia. Creí que era una estupidez, tal vez lo sea, pero conocí a una chica, una que me alejó del río, por lo que ya no iba siempre. De pronto, no sonaba tan alocado seguir los pasos de mis iguales.
–Me casaría contigo –le tuve que confesar un buen día–, pero no quiero vivir aquí para siempre. Deberíamos estudiar la universidad.
Naturalmente, rechazó la idea tan pronto como la escuchó. Creí que jamás la volvería a ver, pero a la noche siguiente estaba fuera de mi casa, solo para decirme que si era el único modo de que estuviéramos juntos, se iría conmigo. El único problema fue que ni ella ni yo teníamos fe en una mínima posibilidad de cambiar de vida, de por fin alejarnos de este lugar.
Eso no impidió que nos siguiéramos viendo, de pronto la vida no se sentía tan bochornosa y en momentos me sentía igual de bien que estando con mi amigo del río, mismo a quien seguía visitando de cuando en cuando, y a pesar de yo no poder hablar, de cierto modo sentía que él sabía perfectamente lo que me pasaba y cómo me iba en la vida. Algo que jamás pude explicarle del todo a Pedro era su apariencia, y no creo poder hacerlo ahora, es una persona y, sin embargo, no lo es. Veo su rostro todos los días, pero jamás nos hemos mirado a los ojos a pesar de saber, de cierto modo, todo el uno del otro.
Por otro lado, en la construcción me iba mejor, incluso le tomé gusto, estoy seguro de que aprendí más de todos los que se encontraban allí que de los maestros de la escuela. Muy pronto me comenzaron a pagar más, me empezó a gustar el dinero. Y así, tuve que decirle a mi “prometida” que no nos iríamos. Creí que la noticia le alegraría, pero descubrí que la idea de marcharnos del pueblo comenzaba a agradarle.
–Yo no me quedo aquí, entonces no me caso contigo –sentenció ella de la nada.
–Eres lo único bueno que me ha pasado, las cosas van mejor desde que llegaste.
–Tuviste una mala racha y por eso crees que me necesitas ahora, ¿no te das cuenta de que tienes una hermosa vida?
Eso me destruyó, acaba de pasar ayer… ¿Ahora qué?
Creí que se casaría conmigo sin importar qué, incluso lloró antes de irse corriendo de regreso a la casa de sus padres; me vi obligado a imitarla, hacía mucho que no abrazaba a mi familia, me hubiera gustado que no me vieran llorar.
De nuevo, todo lo que me quedaba era el hombre de las profundidades, él siempre estaba allí. Me quité la ropa y me quedé en bermudas. Me zambullí en el río, escondiendo así mis lágrimas en el agua. Muy pronto lo encontré, siempre era más fácil hallarlo cuando me sentía fatal. Él sabía que lloraba, lo vi en su rostro, me escudriñó el visaje, deduciendo muy pronto lo que ocurrió.
No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que no puedo regresar a la superficie, me quedé dormido, pero eso es imposible. Creo que estuve mucho tiempo aquí abajo. Creo que jamás escribí esto. ¿El hombre de las profundidades existió?… Tuve una hermosa vida.
Por: Lesly Sarai Martínez Cárdenas
Cuando el amor persiste, aunque todo haya terminado