En ausencia de…
Por Alexis Boleaga
¿Qué vida puede vivirse así?
Facultad de Ciencias
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Desde que era niña, mi lugar favorito siempre ha sido el ático del abuelo. Toda la casa es un lugar alegre, lleno de vida… pero el ático es especial. No es muy grande: apenas tiene una mesa de billar y un gran librero empotrado, con cientos de libros, leídos múltiples veces por el abuelo, que es muy inteligente. Pero la música alegre o los estallidos de las bolas de billar que se estrellan unas con otras, lo hacen parecer más espacioso.
Mi abuelo, mi hermana y yo hicimos un pacto. Nunca lo acordamos verbalmente, pero siempre supimos de su existencia: aquel rincón apartado del mundo era nuestro refugio. No importaba si era el peor día de todos, tan pronto entrabas, te sentías tranquilo y salías con una sonrisa de oreja a oreja. Y así, mis primeros años, los mejores de mi vida, me los pasé metida en el ático del abuelo.
A veces jugábamos al billar y nos reíamos mucho; otras me enseñaba algunas de sus cosas, y cuando crecí un poco, empezó a prestarme sus libros. Le decía: “Abuelito, ¿me prestas tu libro?”, y siempre me decía que podía llevármelo, que no se lo devolviera y que ahora era mío. Hasta hoy entiendo por qué insistía tanto en que me los quedara.
Con el tiempo, tanto mi abuelito como nosotras crecimos (no sabía que los abuelitos también crecían) y mientras para nosotras subir al ático era cada vez más fácil, para él, era más difícil, y ahora pasaba sus horas junto a la tele. Cambiamos la dinámica y el billar por el cine. Nos acurrucábamos los tres en su cama y veíamos tantas películas como podíamos, hasta que los nombres de Al Pacino, James Stewart e Ingrid Bergman nos parecían como de la familia.
Todo iba bien; sin subir al ático nos seguíamos divirtiendo. Pero, de repente, algo muy triste pasó. Un día desperté y escuché el llanto de mi mamá mientras mi papá la abrazaba. No dijeron nada, pero yo sentía que tenía que ver con mi abuelito. Salí corriendo a visitarlo. Eran sólo cinco minutos de camino, pero ráfagas de recuerdos azotaron mi mente, recordándome que habíamos sido infinitamente felices.
Llegué a su casa y toqué la puerta. Retrocedí un par de pasos y alcé la mirada hacia la ventana que da hacia la calle, y por la cual él siempre se asoma y me saluda antes de que alguien abra la puerta. Pero esta vez no hubo saludo, ni sonrisa; sólo una cortina inmóvil; sentí que el corazón se me salía del pecho. Abrieron la puerta y me pasé de largo, sin saludar, notando el silencio que por primera vez embargaba la casa, como si la vida y alegría de la casa se le atribuyeran sólo a él. Llegué a la escalera decidida a darle un abrazo, pero a medio camino, me di cuenta que no se escuchaba su tele, ni sus risas. Sentí muchas ganas de llorar, pero aun así, decidí continuar mi camino.
“Abuelito” exclamé cuando llegué a su recámara, pero nadie respondió. Su cama y su silla estaban vacías y sus chanclitas (como él llama a sus pantuflas) se encontraban en el suelo. Me senté a llorar desconsolada en su cama, sin saber por qué se había ido y sumamente enojada porque ni siquiera había podido despedirme. Me sequé las lágrimas que me llegaban hasta el mentón y salí del cuarto derrotada, con el sentimiento de haber perdido a mi persona favorita y que, a partir de ese día, no habrían días mejores.
Antes de bajar, noté la escalera que da hacia el viejo ático, y aunque era poco probable encontrarlo ahí, recuperé la esperanza y subí. Me decepcioné nuevamente cuando lo encontré vacío: solo sus libros empolvándose y, en la mesa de billar, una partida pendiente, que ahora tal vez nunca terminemos. Me senté en el suelo con la intención de llorar, pero no lo logré, ni siquiera me salían las lágrimas.
Entonces tomé un libro, un libro que siempre había sido de nuestros favoritos . Lo abrí en la primera página y algo mágico pasó: se escuchó el estallido de las bolas de billar mientras escuchaba un grito alegre que reconocí: era mi abuelo.
–¡Abuelito! –exclamé emocionada– no sabes el susto que me diste; pensé que no te encontraría nunca.
Se rió y me miró con ternura. Volvió a apoyar el taco sobre la mesa y ejecutó otro tiro exitoso.
–¿Dónde andabas? –le pregunté– mi mamá está muy triste.
–Lo sé –dijo con tristeza– por eso regresé.
–¿De dónde?
No respondió. Dejó el taco sobre la mesa y se acercó a mí.
–Tengo que hacer un viaje largo –dijo muy serio– como el que acabas de hacer, pero no te preocupes por mí, yo estaré muy bien.
–Entonces, ¿te vas? ¿sólo viniste a despedirte?
Me secó las lágrimas con su pañuelo, colocó su mano en mi mejilla y nunca olvidaré lo que me dijo:
–Mi reina chula, ¿De verdad crees que es el final? ¿Crees que me iría así nomás, sin despedirme?
–Es que te voy a extrañar –respondí llorando– y no sé hasta cuándo volveré a verte.
–Mira, te voy a decir la verdad– me dijo alzando su dedo –puedes verme cuando quieras. Dónde te encuentres, dónde me necesites, puedes llamarme y yo iré corriendo.
–En serio, pero ¿cómo? ¿Cómo te llamo, cómo te encuentro?– señaló el libro y respondió:
–Justo como lo has hecho con el libro.
Me quedé en silencio un par de segundos.
–¿Es un libro mágico?– pregunté confundida.
Estalló una carcajada y entre risas me dijo:
–¡Ay, mi reina! Lo mágico no es el libro. Lo mágico es todo lo hermoso que construímos tú y yo. Las horas felices que compartimos en este cuarto, las partidas de billar y de dominó; la música que escuchábamos, las películas que vimos, las pláticas que tuvimos; las veces que te protegí, que te quedabas dormida junto a mí y pasamos la noche abrazados; las veces que llegabas llorando y te daba un abrazo. Ahí es donde está la magia.
Seguro vio mi cara de confusión, porque estuvo obligado a agregar:
–Ahora no lo entiendes, pero algún día lo entenderás.
–¿Y los demás también pueden verte?
–También; pero les llevará tiempo conseguirlo. Siempre voy a estar contigo.
–¿Lo prometes?– pregunté.
Arrugó su nariz y yo arrugué la mía. Era nuestra propia versión del beso esquimal; una forma callada de decirnos “Te quiero”.
–Gracias por todo abuelito– Le dije recordando los momentos que pasamos juntos. Me dio un beso en la frente y cerré fuertemente los ojos. Cuando los abrí, había desaparecido de nuevo.
Llevé el libro conmigo, pero mi abuelito no volvió a aparecer. A veces lo abría en una hoja al azar para ver si esta vez tenía suerte, pero no lo conseguía. Me cansé de intentar y me resigné a no volver a verlo. Pero un día, encendí la televisión y estaban a punto de pasar una de sus películas favoritas. Pensé: “Cómo le gustaba esa película a mi abuelito”. De inmediato, sentí el asiento sumirse y apareció a mi lado, listo para ver nuestra película como en los viejos tiempos. No supe qué decir, así que sólo le di un fuerte abrazo y, entre lágrimas de alegría, entendí a lo que se refería.
Ya ni siquiera cargo con el libro para verlo, de hecho, ahora me acompaña más que antes. Cuando estoy triste, sola o lo extraño demasiado, cierro los ojos, pienso en él con fuerza y aparece a mi lado. A veces me cuenta alguno de sus chistes, o me da pellizcos en las palmas de las manos, de esos que al inicio me molestan pero terminan dándome gracia. A veces me da un abrazo, o seca mis lágrimas ; o aprieta la nariz para decirme que me quiere. Poco a poco, me he acostumbrado a esta nueva forma de ver al abuelo y se las he enseñado a los demás para que no lo extrañen. Y aunque su cama y su silla siguen vacías, cuando cierro los ojos, regresa conmigo: regresa a la mesa a darnos consejos, a reírse a carcajadas, o a veces sólo nos mira en silencio, sonriendo, sabiendo que estamos bien. Y aunque ya no puedo darle besos y abrazos como antes, aún aprieto la nariz y sé que él lo entiende. Así puedo decirle que lo amé cada día que pude estar con él y estos nuevos días en los que sigue estando conmigo, que cuando abrazo a mi mamá o a mi hermana, aún encuentro un poco de él, y me doy cuenta que, el abuelito como siempre, sigue cumpliendo su promesa, de estar siempre a mi lado.
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3 Responses
woooow, me encanto tu ensayo, sigo sin responderme si es ficción o si es verdad, como siempre, la linea entre real y ficción es delgada. Afortunadamente no he pasado todavia por el fallecimiento de algún ser querido, mucho menos de mis abuelitos. Y es por eso que escrito como el tuyo me recuerdan lo valiosos que son los momentos, recuerdos y tiempo que comparto con mis seres queridos. Me recuerda que debo decir más lo que siento y pienso de mis parientes más cercanos. En definitiva, disfruté de leer tu ensayo, pido por más relatos como los tuyos n.n
Creo que como cada buena historia tiene más de verdad que de ficción. Y si digo que es una buena historia no es por soberbia ni mucho menos, creo que es todo lo contrario, porque la magia de la historia no es mía, yo sólo me tomé el tiempo de sentarme a teclearla. Yo fui un personaje más en un mundo de magia; un mundo de amor, que bueno, si lo piensas bien, el amor es la forma más pura de la magia que existe. Gracias por leer mi cuento y tomarte el tiempo de escribirme, me alegra que hayas empatizado con mi historia aún sin vivir un duelo, aunque siendo honesta, no me sorprende mucho. Después de todo, el duelo es solo el amor inmenso que tenemos por alguien encontrando un nuevo acomodo, así que eres un nieto que ama a sus abuelos entendiendo a una nieta que ama demasiado a su abuelo. Siéntete afortunado de tenerlos cerca y déjate llenar por la magia innata que traen los abuelos. Saludos.
Fue el mejor abuelito del mundo y sí, su magia sigue con nosotros. Lo volví a ver 🥹. Felicidades Joey, te amo 😘😘😘😘😘😘😘😘