Entre un lápiz y un bulto de cemento, pesa más la desigualdad
Por: Elizabeth Pérez
La desigualdad no nace de cuestiones personales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Desde su llegada al mundo, a las mujeres se les ha adoctrinado para amar, pero no amarse a ellas mismas ni entre ellas, para amarlos a ellos.
La palabra amor no tiene, en absoluto, el mismo sentido para uno y otro los sexos, afirma la filósofa francesa Simone de Beauvoir en su libro, El segundo sexo, obra que fue paradigmática porque cuestionó la condición ontológica de las mujeres.
En el capítulo La enamorada Beauvoir afirma que el amor está condicionado de diferentes maneras para los hombres que para las mujeres, ya que, para estas el amor es “una dimisión total en un beneficio de un amo” por lo tanto, el amor estaría condicionado a las experiencias opresivas que experimentan las mujeres.
A lo largo de la historia, los medios de comunicación y entretenimiento tradicionales como lo son la televisión, radio, prensa, cine, publicidad, etc. Han representado las relaciones de pareja de una forma que se acomode a los estándares establecidos por la sociedad de lo que se considera una forma de amar tradicional.
Dónde las mujeres pasan a tomar el rol de cuidadoras, mujeres frágiles, amables, incapaces de provocar algún tipo de daño a los seres que juran amar, mientras que los hombres llevan un carácter fuerte, rígido e incluso violento que les permita desempeñar el rol de cabeza del hogar, son ellos quienes aprueban las decisiones y proveen económicamente a la familia.
A través de los medios masivos de difusión se nos han presentado modelos de hombres y mujeres que están justificados bajo un estereotipo de cómo deben verse, comportarse y relacionarse. La imagen de la familia y la pareja están previamente establecidas dentro de la sociedad.
Esta reproducción de imágenes tiene influencia en las concepciones sobre el amor de ellas y ellos como espectadores, los cuales suelen tener relevancia en el mundo social, creando una diferencia desigual entre la forma en la que se relacionan los unos con los otros en el ámbito social, político, económico y familiar, esto ha llevado a la subordinación de un género frente al otro.
Volviéndolos a ellos el eje central de sus vidas, obligando a las mujeres a entregarse en cuerpo y alma. Porque a ellos los enseñaron a ser amados y a ellas a amarlos.
Justificando el sacrificio entero de sus vidas bajo un concepto distorsionado del amor. Donde este se vuelve una forma de opresión que las ahorca, encierra y las mantiene alejadas de su propia libertad.
Se les enseña a mantenerse al margen de lo que ellos esperan que sean como mujer, incluso si eso conlleva apagar todo eso que las vuelve libres. Para así, señalar aquello que las haga fuertes, rebeldes o felices. Beauvoir menciona que:
“Al entregar su vida al ser excepcional, la enamorada se somete a los caprichos masculinos y puede jugar el papel de mujer, esclava, reina, flor, sirvienta, cortesana, musa, compañera, madre, hermana o hija, según los sueños fugaces o las órdenes imperiosas de los amantes. Si la enamorada fracasa en saciar los deseos del amante, se encarniza en reprocharselo, ya sea durante una corta o larga temporada, y tal vez a lo largo de su vida”.
Es así que bajo este falso concepto del amor toda mujer que no entre dentro de este será considerada una amenaza potencial para ellos y para las mujeres que mantienen bajo este adoctrinamiento.
Amarlos sin medidas y sin frenos, sin cuestionamientos y sin libertad. Libertad para ellas, claro, porque ellos si pueden escoger a quien quieren que los ame, incluso sin amarlas ellos de vuelta.
Beauvoir sostiene que la enamorada dependerá únicamente de su amado, quien a su vez no depende de ella, está seguro de que ella le pertenece y en cualquier caso, otra podría ocupar su lugar. Reafirmando así la narrativa de que ellas únicamente son parte de ellos, sin existir como un individuo propio.
Para enfrentarnos a esto, es necesario cuestionarse, informarse y crear vínculos sanos, pero no únicamente hacia el otro, sino con ellas mismas y con las mujeres que las rodean.
Porque el amor auténtico debería crearse apartir de la individualidad de ambos y no sólo de una parte, así como del reconocimiento de la existencia de los uno.
Porque en un mundo donde el amor se ha vuelto otra forma de opresión, la única manera de ser libres es transformando todas aquellas narrativas que nos maniatan y nos reducen a un objeto que acompañe al otro. Volverse dueñas de nuestros propios cuerpos y sentimientos para así, entender y crear nuevas maneras de amar y de ser amadas.
Cuando las mujeres aprendamos a amar desde nuestra fortaleza y no desde la fragilidad, el amor se convertirá en una fuente de vida para nosotras, tal como lo es para los hombres. En lugar de representar un riesgo mortal.
Por: Elizabeth Pérez
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Una respuesta
Excelente trabajo! 🙏👏