En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Dos horas para llegar, un sueño por cumplir

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

No se trata del destino, sino de lo que avanzo

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Camila Pedraza

Facultad de Derecho

Gran parte de este texto la escribí durante mis traslados diarios. Mientras el camión avanza entre el tráfico y las personas suben y bajan en cada parada, observo lo que ocurre a mi alrededor. Con el tiempo he entendido que viajar en transporte público no solo implica moverme de un lugar a otro, sino también convivir con distintas realidades que forman parte de la misma ciudad.

Paso una buena parte de mi vida trasladándome. Entre combis, metro, metrobús y camiones, muchas veces siento que el transporte se ha convertido en una extensión de mi rutina. Mi destino es la Facultad de Derecho, que se encuentra relativamente cerca de mi casa, pero la experiencia de llegar hasta ahí es muy distinta a lo que marca la distancia. En más de una ocasión he pasado más tiempo recorriendo la ciudad que dentro de un salón de clases.

Todo comienza antes de subir al camión. Salgo con tiempo, pero también con incertidumbre. Nunca sé exactamente cuánto tardaré ni qué sucederá en el camino. Hay mañanas en las que las filas parecen interminables y otras en las que los vehículos pasan tan llenos que ni siquiera se detienen. Mientras espero, observo a las personas que están a mi alrededor. Aunque no las conozco, sé que cada una tiene un destino, una responsabilidad o una meta que la obliga a estar ahí.

Cuando finalmente logro abordar, empieza otra parte de la experiencia. Hay días tranquilos en los que encuentro asiento y puedo mirar por la ventana mientras escucho música. En esos momentos me gusta observar la ciudad y pensar en todo lo que ocurre al mismo tiempo. Sin embargo, la mayoría de los días son distintos. El espacio es reducido, el movimiento constante y el ruido parece acompañar cada minuto del recorrido.

Con el tiempo he aprendido a adaptarme. A sostenerme cuando no hay dónde sentarme, a cuidar mis pertenencias y a permanecer atenta a lo que ocurre a mi alrededor. Son acciones que se vuelven tan habituales que terminan formando parte de la rutina sin que uno se dé cuenta.

Pero si algo me llama la atención son las personas. He visto estudiantes cargando mochilas llenas de apuntes, trabajadores que intentan descansar unos minutos antes de llegar a casa, vendedores que recorren los pasillos ofreciendo productos y personas mayores que continúan desplazándose a pesar de las dificultades. Cada una lleva consigo una historia que los demás desconocemos.

A veces pienso que el transporte público es uno de los pocos lugares donde coinciden tantas realidades diferentes. Durante unos minutos compartimos espacio con personas que probablemente nunca volveremos a ver. Sin embargo, todos estamos unidos por algo en común: la necesidad de llegar a algún lugar importante para nosotros.

Incluso dentro de la universidad, el movimiento continúa. Los pumabuses suelen ir llenos y muchas veces hay que esperar nuevamente. Es curioso cómo, aún después de llegar a Ciudad Universitaria, el traslado parece seguir formando parte del día.

Sin embargo, algo cambia cuando cruzo las puertas de la facultad. El ambiente es distinto. Las clases, los compañeros y las actividades me recuerdan por qué hago este esfuerzo todos los días. Ahí vuelvo a concentrarme en mis objetivos y en todo aquello que quiero construir para mi futuro.

No se trata únicamente de asistir a la escuela. Estudiar Derecho representa una meta personal y una oportunidad de crecimiento. También está mi servicio social, donde comparto tiempo con personas que forman parte importante de mi experiencia universitaria. Todo eso me ayuda a recordar que existe un propósito detrás de cada hora invertida en el transporte.

El regreso a casa suele sentirse diferente. La ciudad parece avanzar más despacio y las filas se vuelven más largas. Cuando comienza a llover, el tiempo parece extenderse todavía más. En esos momentos entiendo que regresar también forma parte del reto diario.

Por eso valoro mucho los días en los que mi papá puede llevarme en carro. No solo porque el traslado resulta más cómodo, sino porque me permite notar la diferencia entre dos maneras de experimentar la ciudad. Entonces me pregunto cuántas cosas cambiarían si movernos fuera más sencillo para todos.

Con el paso del tiempo también he comenzado a cuestionarme por qué hemos normalizado pasar tantas horas en el transporte. No porque desplazarse sea algo negativo, sino porque muchas veces implica renunciar a tiempo que podría dedicarse al descanso, a la familia o a otras actividades importantes. La movilidad debería acercarnos a nuestras oportunidades, no convertirse en una dificultad adicional.

Al mismo tiempo, viajar diariamente me ha permitido desarrollar una mirada distinta hacia quienes me rodean. He aprendido a valorar el esfuerzo de las personas que recorren distancias mayores que la mía, de quienes destinan una parte importante de sus ingresos a los pasajes o de quienes enfrentan obstáculos adicionales para desplazarse. Pensar en ello me ayuda a comprender que mi experiencia es solo una entre muchas otras.

Quizá por eso considero que el transporte público también enseña lecciones que difícilmente se aprenden en otro lugar. Me ha enseñado paciencia cuando las cosas no salen como esperaba, empatía al observar las realidades de otras personas y conciencia sobre las desigualdades que existen en la ciudad.

Mi historia no es extraordinaria. De hecho, se parece a la de miles de estudiantes que cada día cruzan largas distancias para asistir a clases y perseguir sus metas. Sin embargo, creo que ahí radica su importancia: reconocer que detrás de cada persona que espera en una parada existe una razón para seguir adelante.

Tal vez la reflexión más importante es que no solo nos trasladamos de un lugar a otro. También acumulamos experiencias, aprendemos a observar y entendemos mejor el mundo que compartimos con los demás. Cada viaje deja algo más que kilómetros recorridos y aunque muchas veces el camino parezca largo, siempre encuentro una razón para continuar. Porque al final no se trata únicamente de llegar a un destino, sino de todo aquello que voy aprendiendo sobre mí misma mientras avanzo. 

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