Anatomía de la guerra
Por: Obed Joao da Silva Botello
La guerra ya no solo se libra con armas
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
“El verdadero peligro no es que las computadoras comenzaron a pensar como los hombres, sino que los hombres han comenzado a pensar como las computadoras”
Sydney J. Harrys
En los últimos años, las inteligencias artificiales (IAs) han sido el centro de atención de diferentes disciplinas, tanto científicas como humanísticas, por su notable impacto en la sociedad y su potencial aplicación para la resolución de ciertos problemas humanos. La incertidumbre generada por el rápido desarrollo de esta tecnología nos mantiene a la expectativa. Es por ello que, en el presente trabajo, analizaremos una de sus posibles aplicaciones para generar un impacto positivo en la humanidad, pues creemos que esta tecnología constituye una herramienta única para divulgar el saber humano y así desarrollar el pensamiento crítico a gran escala, que es la clave para alcanzar un mundo más justo y libre.
La esfera del pensamiento
A comienzos del siglo XX, surgió una propuesta muy original en la mente de tres brillantes científicos, se trataba de la “Noosfera”, palabra compuesta como es costumbre por dos vocablos griegos: “Noos”, que significa pensamiento o mente, y “sphira”, traducida como esfera, es decir, “La esfera del pensamiento”.
El primero en usar este concepto fue el sacerdote jesuita, paleontólogo y filósofo francés Teilhard de Chardin, quien lo usó en un ensayo de 1923, pero no lo desarrollaría del todo sino hasta 1947 en otro ensayo llamado Le Phénomène Humain (El fenómeno humano). Para Teilhard, la noosfera tenía matices más teológicos y espiritualistas, era una nueva capa evolutiva del planeta generada por la interacción cognoscitiva de los seres humanos, y que generaba, en consecuencia, una conciencia “global” o “colectiva” (idea propuesta antes que la Internet y el concepto de globalización).
Por otro lado, para el padre de la ecología global, el científico ucraniano Vladimir Vernadsky, y el autor del término “biosfera”, la noosfera tiene un sentido más materialista, en tanto que la entiende como un momento evolutivo en el que la cultura acumulativa humana se transforma en una fuerza geológica capaz de transformar al planeta.
Tomaremos un poco de ambas definiciones para hablar de la noosfera, pues creemos que ambas tienen aspectos importantes para entender el actual fenómeno generado por la hiperconectividad y que se ve expresado más concretamente en las inteligencias artificiales.
En África, hace aproximadamente 2.4 millones de años, apareció el Homo habilis, un primate que, a diferencia de cualquier otro que haya existido antes, tuvo una “idea”, usó su inteligencia y creatividad para crear algo que no existía, algo con lo que podía modificar su entorno inmediato; esa, en mi opinión, fue la primera revolución tecno-cognitiva de la historia. Más tarde, hace unos 70.000 años, ya con el Homo sapiens, surgiría el lenguaje articulado, el cual permitiría compartir en comunidad ideas complejas, conocimientos y emociones; sería con esta nueva característica que el ser humano dejaría de ser un animal biológicamente inteligente para pasar a ser un animal culturalmente inteligente.
Aún hoy en día sorprenden las imponentes pinturas rupestres como las de Altamira, Lascaux o las de la sierra de San Francisco. En ellas podemos ver las primeras manifestaciones de un intento por conservar y transmitir conocimiento. Aunque no podemos conocer qué es lo que nos quieren decir estos frescos milenarios, aún hoy podemos especular el significado y hasta podríamos decir que adentrarnos en las mentes de esas personas del pasado.
El surgimiento de la escritura marcaría el final de la prehistoria y el inicio de la historia. Sería esta una nueva etapa de la humanidad en la que el ser humano potenciaría su cultura, pues ya no solo dependería del soporte biológico que representaba su mente, sino que ahora podía externalizar su memoria y su sentir, a partir de signos y símbolos, imprimiendo en soportes materiales, sus pensamientos.
La aparición de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV sería uno de los factores determinantes para el desarrollo de la Edad Moderna. No es casualidad que en esta época apareciera una nueva forma de pensar y de entender el mundo, que tendría como consecuencia directa a las grandes revoluciones industriales de la época contemporánea. El desarrollo tecnológico realmente está estrechamente relacionado con la actividad intelectual y cultural humana, en este sentido podemos decir que una revolución tecno-cognitiva, es aquella en la que cambia la forma de pensar, aprender, de crear nuevas herramientas que permitan adaptarse al entorno.
“Las grandes bibliotecas del mundo contienen millones de volúmenes, el equivalente a unos 10×14 bits de información en palabras, y quizás a 10×15 en imágenes. Esto equivale a 10 mil veces más información que la de nuestros genes, y unas 10 veces más que la de nuestro cerebro.” Estas eran las palabras del célebre divulgador de la ciencia Carl Sagan hace casi 50 años, cuando la Internet aún estaba en pañales. Hoy en día, en tan solo 24 horas se producen 330 exabytes, es decir, mucha más información de la que se había generado en toda la historia de la humanidad hasta el año 2000.
Y aquí es en donde surge la inteligencia artificial, una tecnología que se ha popularizado en las últimas décadas, pero que ha sido producto de un desarrollo continuo de varios años. El primero en preguntarse si las máquinas podrían pensar fue Alan Turing, quien sentaría las bases para el desarrollo de esta tecnología, que tendría lugar a lo largo del siglo XX y que se lleva a cabo seriamente desde la década de los ochenta.
En principio, el funcionamiento de la inteligencia artificial se basa en algoritmos matemáticos y modelos estadísticos. Las inteligencias artificiales “aprenden” a partir de gigantescas masas de datos, es decir, la “noosfera”. Inspirándose en las conexiones neuronales del cerebro humano, las IAs son sistemas conectados en “capas”, cuya función es analizar información: “La noosfera se ha convertido en una realidad digital que incluye todos los pensamientos humanos digitalizados. Todos los saberes de todos los tiempos están ahora progresivamente disponibles para todo individuo.” (Melenchon, 2025)
Pero entonces surgen varias preguntas a la hora de reflexionar en torno a esta tecnología: ¿realmente son neutras las inteligencias artificiales? ¿Realmente pueden democratizar el conocimiento o lo limitan? Porque, como más adelante veremos, es cierto que la forma en la que se están desenvolviendo las IAs nos lleva a pensar un posible uso inadecuado y lleno de sesgos.
Después de este breve recorrido histórico y la aclaración de ciertos conceptos que consideramos necesarios para la comprensión de nuestra postura, creemos conveniente y oportuno reflexionar sobre cómo podemos nosotros, como ciudadanos y como estudiantes, hacer más “nuestras” estas tecnologías.
Como anteriormente mencionamos, en los últimos años las inteligencias artificiales se han popularizado; sin embargo, esto no significa que se hayan democratizado. Para esto basta con echar un ojo a la historia misma: las IAs surgieron por el interés de mantener un control y una hegemonía tecnológica. Las primeras aplicaciones que formularon los desarrolladores de esta tecnología fueron la de ser una herramienta militar. Por cierto, personalmente recomiendo la película El código enigma, que habla sobre la máquina de Turing, un antecedente de los sistemas que hicieron posible esta tecnología.
Desafortunadamente, Occidente está sumergido en un profundo sesgo colonialista e imperialista. El fin de la tecnología ha sido el de someter al otro o el de lucrar con las necesidades del otro: “En el capitalismo, sin embargo, todo producto es producido para cumplir, primeramente, no una necesidad, sino para ser mediación de aumento de capital, de ganancia: es mercancía antes que satisfactor.” (Dussel, 2011)
Preocupa verdaderamente que esta innovación humana con potencial impacto sea acaparada por las grandes industrias tecnológicas, pues, como hemos visto, la IA es entrenada con la noosfera, con la totalidad del saber humano digitalizado, conocimiento que le pertenece a la humanidad y no a los programadores de estos softwares. La ciencia y la tecnología, desde nuestro punto de vista, deberían de estar abiertas a cualquier persona. Cualquiera debería de acceder a los beneficios de estas. La finalidad de ambas, además, debería de ser la de satisfacer las necesidades humanas y no humanas.
El desarrollo de las tecnologías digitales, tales como la misma Internet, las redes sociales y, por supuesto, las inteligencias artificiales, ha sido muy rápido, pero altamente centralizado. Las innovaciones se han producido, sobre todo, en países del norte global. Mientras que los países desarrollados cuentan con una cultura digital fuerte y con una infraestructura adecuada para hacer uso de estas, en los países menos desarrollados el acceso tan solo a la Internet sigue siendo limitado y, algunas veces, inexistente.
El acceso a las inteligencias artificiales depende de múltiples factores, tales como la infraestructura, el nivel educativo, el idioma e incluso la corporalidad. Las grandes innovaciones tecnológicas surgen, como ya lo dijimos, en las grandes universidades y corporaciones de los países desarrollados, y por lo tanto están pensadas para un grupo específico de personas. No podemos universalizar al consumidor. Tenemos que ser conscientes de esta pluralidad de personas que también tienen derecho a acceder a la tecnología, a la noosfera, que es suya también en tanto que forman parte de la humanidad.
En México y en el resto de los países latinoamericanos, nos estamos quedando atrás en el desarrollo de las IAs, y es que el desarrollo y mantenimiento de estas es muy costoso. Al igual que en otros sectores productivos, el país está en una situación de desventaja frente a grandes corporaciones como Microsoft, Meta u OpenAI.
Los servidores de las grandes empresas de inteligencias artificiales se siguen entrenando en hipercentros de datos localizados en Estados Unidos, Canadá y países de Europa y Asia. Pero esto nos lleva a pensar algo más, y es que estos datos son los mismos que alimentan a un sistema que es consultado por millones de personas en diferentes partes del mundo y con diferentes realidades, por lo que podríamos estar corriendo el riesgo de homogeneizar el pensamiento.
El algoritmo de las inteligencias artificiales funciona a base de la demanda de información. Los datos más usados son los que conservan y difunden, mientras que los que no lo hacen simplemente son desechados. Esto hace que los datos más populares sean difundidos. Hace poco escuchaba el ejemplo de un chico que le preguntó a Chat GPT cuál era la estación más profunda del metro de la CDMX, a lo cual el robot contestó que era la estación “El Rosario”, lo cual es falso, porque la más profunda es la estación “Camarones”. No obstante, el sistema dio esa respuesta porque el servidor la detectó como una búsqueda frecuente.
Entonces, el algoritmo de las IAs, que también opera en las redes sociales como TikTok o Instagram, podría estarnos llevando a respuestas similares que empobrezcan nuestro pensamiento crítico y nuestro intercambio de ideas. Igualmente, a propósito de los bancos de datos de las IAs y del uso y desuso de los datos, creemos que la parte del almacenamiento también es muy importante, pues, si bien hoy en día se producen cantidades exorbitantes de datos, la gran mayoría son digitales, es decir, carecen de un soporte físico y, como hemos visto, van a parar a los bancos de datos de unas cuantas corporaciones, lo cual los convierte en información vulnerable, susceptible a la manipulación de los administradores de esos datos o a su desaparición.
Recuerdo una conversación que tuve con un profesor acerca de los libros y la música. Ambos charlábamos en torno a cómo algunas plataformas han reemplazado el soporte físico de los libros y de la música. Hoy en día basta con buscar en un motor de búsqueda El Quijote de Cervantes o una canción de Bad Bunny para poder consumirlos, pero algunas cosas no se encuentran fácilmente en la web. Igualmente, las plataformas digitales responden a intereses políticos y económicos que muchas veces censuran ciertos contenidos. Imaginando un caso como el de Fahrenheit 451, al no contar con un soporte físico, los datos en los servidores están expuestos a la censura, manipulación y a la privatización.
Es por ello por lo que, urge el desarrollo de políticas públicas y marcos éticos internacionales que garanticen el derecho humano de acceso abierto a la información, la soberanía de datos y la protección contra la censura. El conocimiento es poder, y no se le debería entregar todo el poder a unos cuantos. Las inteligencias artificiales son una innovación que llegó para quedarse. Es una herramienta muy poderosa para transformar la realidad. Tiene muchas aplicaciones ventajosas en distintas disciplinas, pero tenemos que hacerlas nuestras para evitar que se conviertan en una herramienta del poder hegemónico.
Creemos que estamos frente a una nueva revolución tecno-cognitiva, en la que los seres humanos cambiaremos nuestra forma de pensar y de entender el mundo. Las IAs representan una herramienta única para acceder al conocimiento humano, pero tenemos que democratizarlas, entendiendo que deben ser para todos. Esto lo lograremos promoviendo y desarrollando estos recursos fuera de los grandes centros tecnológicos de siempre.
En este trabajo reflexionamos juntos acerca de cómo las inteligencias artificiales podrían garantizar la accesibilidad del conocimiento a gran escala, pero también sobre los riesgos que conlleva esta tecnología y cómo podemos defender la “noosfera” frente a los intereses privatizadores de las grandes corporaciones. En este sentido, agradecemos al gentil lector por haberse tomado el tiempo de leer este trabajo, esperando que sea de su agrado y que contribuya a una reflexión más profunda sobre el tema.
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