¿Para ser aesthetic hay que estar siempre agotados?
Por: Banshee Gómez Gutiérrez
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Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9
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Me enteré de la muerte del papa Francisco, y aunque no soy alguien que suele seguir las noticias religiosas, este hecho me dejó pensando más de lo que esperaba. No en él, sino en mí. En esa identidad religiosa que se me asignó desde antes de poder hablar. Desde que nací, mi familia me dijo que era católica. Me bautizaron antes de entender el significado del agua sobre mi cabeza, hice mi primera comunión con un vestido blanco y aprendí oraciones que repetía sin cuestionar. Pero, ¿realmente creía en ello o solo seguía un camino trazado?
Este es un dilema que muchas personas enfrentan: ¿creemos por convicción o por costumbre? La religión, más que una elección, suele ser una herencia. Nacemos dentro de sistemas de fe que moldean nuestra visión del mundo antes de que podamos siquiera preguntarnos si realmente los compartimos. Pero llega un momento en que la duda nos alcanza: ¿por qué creemos lo que creemos?
El debate sobre la religión y la espiritualidad es más amplio que nunca. Desde las religiones tradicionales como el catolicismo, el judaísmo o el budismo, hasta nuevas formas de fe en la astrología, el tarot o las prácticas chamánicas, todas comparten una misma raíz: la búsqueda de respuestas. Buscamos sentido en el caos, un propósito en la existencia, algo que nos asegure que no estamos solos en el universo. Pero, ¿esas creencias nos ayudan a crecer o simplemente nos someten a una verdad impuesta?
A lo largo de la historia, las religiones han sido refugio, pero también instrumento de control. ¿Dónde termina la fe y comienza el moralismo? Muchas veces, la religión deja de ser un espacio de encuentro con lo sagrado para convertirse en un código estricto de normas que determinan qué es aceptable y qué no, estableciendo límites entre el bien y el mal de acuerdo con dogmas que la mayoría no cuestiona. Y es aquí donde la fe se convierte en imposición, donde lo divino se utiliza para justificar el control social.
Además, las creencias también pueden ser lucrativas. Desde la venta de indulgencias en la Edad Media hasta las actuales mega-iglesias que generan fortunas, la fe se ha convertido en un negocio para muchos. El mercado de la espiritualidad también se expande: retiros espirituales con precios exorbitantes, amuletos que prometen protegernos de energías negativas, cursos que aseguran sanar el alma a cambio de una cuota mensual; la búsqueda de significado se ha vuelto rentable, y quienes buscan respuestas terminan siendo consumidores de un producto intangible.
Sin embargo, también es cierto que la espiritualidad puede ser un refugio genuino; creer en algo puede brindar consuelo, sentido de comunidad y un propósito de vida. El problema surge cuando esas creencias se convierten en cadenas. ¿Es posible vivir la espiritualidad sin caer en el dogmatismo? ¿Podemos creer sin perder la capacidad de cuestionar?
Quizás el verdadero acto de fe no sea seguir una doctrina sin pensar, sino atreverse a buscar con honestidad. Tal vez la pregunta ya no sea si soy católica, sino si alguna vez lo fui por decisión propia. Porque en un mundo tan complejo, creer también puede ser un acto de libertad.
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Una respuesta
Te felicito por estas palabras, sin embargo te olvidaste de mencionar que la creencia, la religiosidad y lo más alto que sería, convertirnos en seres espirituales, también se trabajan desde el interior de cada persona. El negocio de la fé, como bien mencionas, solo encuentra su progreso en la ignorancia del creyente.