Leviatán
Por: Verónica Hernández Carapia
Monstruos que matan al “príncipe azul”
Facultad de Filosofía y Letras (FFyL)
Facultad de Filosofía y Letras (FFyL)
Todxs conocemos del ciclo de la vida, nos lo enseñan desde que somos infantes: naces, creces, te reproduces, envejeces y al final, bueno, esto último depende de lo que se te haya inculcado. El esquema del ciclo vital del católico mexicanx es muy vasto en este rincón sincrético del mundo. Existen cantidad de matices presentes en la experiencia religiosa-espiritual de cada mexicanx, y ninguna es igual. No es lo mismo ser guadalupanx que ser cristianx; ni creer en los santos como San Francisco de Asís y Santa Cecilia es igual a ser devotx de los santos yoruba como Changó y Oshún; no se puede comparar rezarle al Señor de Chalma danzando con ayoyotes y plumas al ritmo de un huehue y/o un teponaztle, que rezarle al mismo de rodillas en una quietud y meditación dignas de un budista.
El ciclo de la vida quedaría mejor así: naces, te bautizan (porque la primera causa de muerte neonatal no es la de cuna sino por culpa de las brujas), te presentan el pecado y su solución, la eucaristía; después creces con la culpa de algo que no escogiste (y ni hablemos del caso de las mujeres donde esa culpa suele ser peor); maduras con mucha o poca fe, hasta que por obra del destino, o la causalidad, casi te mueres y te conviertes en el pastor de ovejas amigo de Ned Flanders y el Papa; llegas a la vejez y ves con terror que tus acciones tienen consecuencias y es probable que tus últimos días los pases con la angustia sobre qué pasará contigo en el más allá; al último mueres y como mexicanx, por no decir latinx, tienes múltiples ofertas de empleo porque la vida es corta, pero la chamba es eterna (chambus longum, vita brevis). Entre las opciones están: el cielo, el infierno, el purgatorio o si te sientes alternative, fuera de la norma, está la opción de ser un espíritu chocarrero, un nahual, una de las muchas apariciones de la Llorona, una manifestación del Charro Negro, un Tlaloque si es que se muere muy joven, un fantasma grabado en 120p que asusta a un pobre cristiano que se hace viral en Facebook y un largo etcétera.
Permítanme traer los versos del apóstol Juan para decir que primero fue el verbo: creer, y ese verbo era mi abuela. Desde chiquito se me dijo que el fin último de mi existencia era la alabanza y devoción a un ser omnipresente, omnipotente y omnisciente que vigilaba cada paso que daba, y que me castigaría si hacía algo malo a la comunidad. Lo anterior funcionó en mí un tiempo, porque, a pesar de estar lejos y vigilando, ese ente me quería. Sin embargo, conforme crecí, poco a poco me di cuenta que había algo raro en la forma en que esa entidad sagrada convive con el mundo que decían que amaba: ¿por qué si es omnipresente solo lo puedo ver en un edificio en ciertos días y a ciertas horas?, ¿por qué no hay espacio para la comunidad LGBTTIQ+ en el cielo; pero sí para los que pidieron perdón a pesar de ser personas horribles?, ¿por qué debo ver con amor y devoción una figura de cerámica que claramente representa a alguien sufriendo y que me dará pesadillas al momento de dormir? Y un largo etcétera de dudas y cuestionamientos con respuestas parecidas a la frase más autoritaria y usada por los padres: “Pues porque soy tu padre y debes de obedecer”, cambie el “obedecer” por “creer” dependiendo de la situación y la paciencia de mi abuela. Hubo varios quiebres que hicieron que tomara distancia, más de la que de por sí ya había por default, pero el definitivo fue cuando en la catequesis me dijeron que mis mascotas, y por ende todos los animales, no tenían alma y eso les impedía sentir o pensar como los humanos. Irónicamente eso no me impidió hacer mi primera comunión y ser de los más aplicados de ese momento, porque me habré indignado sí, pero el hambre de conocimiento me pudo más.
El dios judeocristiano me era lejano, apático de su propia obra, como yo con mis trabajos de la escuela que les pongo esmero, y una vez entregados y calificados, me olvido de ellos hasta que por limpieza, como el diluvio, me acuerdo de que existen. Pero a pesar de ello la narrativa bíblica me parecía, y aún me parece, interesante. Sus historias y las hazañas de los personajes me generan asombro, sobre todo la historia del Éxodo, que me resulta una gran historia de viaje; la del Apocalipsis me genera miedo y extrañeza por los delirios nocturnos del autor (¡Ay, Juan!, rola de la que te fumaste). Y así, como tenía asombro por esta narrativa, también la tenía por la de otras cosmogonías del mundo. Soy un ñoñazo de las mitologías, sobre todo de la grecorromana y de la prehispánica que es la que más me ha enamorado, específicamente la de los pueblos en lengua náhuatl. Con todo esto en mente siempre desde niñe tuve, y lo tengo a sol de hoy, una misma pregunta: si Yahweh, Jehová, Dios (como gusten llamarle) existe en este mundo, ¿qué impide que Afrodita, Huitzilopochtli, Odín, Inti, Shiva, Amaterasu, el Venado azul, Koyolxohki, Oggun, Buda, entre otres, vivan y que incluso convivan entre sí?
Mi espiritualidad hoy en día es producto del pasar de los años, mi caminar a través de tantas posturas y creencias es difícil de resumir. Solo diré que me moví de prospecto a padre, ateo, conspiranoico, agnóstico-escéptico y ahora soy alguien que piensa que Jesús, Chuy o Yisus pa’la banda se llevaría muy bien con Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, tanto así que podría verlos juntos en una pulcata jugando a ver quién crea el sabor más sabroso de curado al transformar el agua, así como también les veo en marchas y protestas por causas sociales (¡Viva Cristo carpintero!, ¡Cristo trabajador!, ¡Viva Quetza y Tezca, labradores y artesanos!). Porque sí, puedo decir que mi sistema de creencias actual se basa en parte en las entidades sagradas que se veneraban en el centro del México antiguo; y no, Patricio, no hago sacrificios humanos ni ando con mi traje de guerrero jaguar.
Dicho lo anterior, no soy muy fan de las etiquetas, sobre todo en el ámbito de la fe, encierran y limitan los matices de las creencias que unx tiende crear a través del ejercicio crítico que todes debemos tener respecto a la fe que profesamos. No soy católico, o alguien que siga la mexicayotl, también conocida como mexicanidad, sino que intento sacar lo mejor de ambas formas de espiritualidad porque considero que lo divino no está en un edificio con horario de servicio (ni que fuera oficina de gobierno), ni está esperando ser alimentado con el corazón de un pobre cristiano, aunque ganas no me han faltado. Lo divino se puede tocar, sentir y se debe pensar para no estancarse, para tener una visión que vaya con el vaivén de nuestras vidas y no caer en formas asfixiantes, opresoras e invisibilizantes de fe. Porque una vez que me pude sentar a tomar el té con Jesús y Tezcatlipoca, todo se sintió divino, como un hogar panista tradicional.
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