El Puente de la Concordia
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
Crónica de una Tragedia Anunciada
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
El vacío. La matriz que contiene todo el potencial de la existencia, de aquello que puede ser creado. El punto de arranque y el punto de llegada. Un ciclo eterno de inicios, procesos y finales. Como seres humanos, urgides de crear y dejar huella, estamos atravesades por este estado existencial que se cuela por cada grieta, cada momento, cada instante vivido y que nos susurra: “Estás a un paso de ser alguien diferente si te sumerges en mí, si te atreves a cruzar y averiguar qué hay detrás de esa hoja, de ese lienzo, de esa pantalla en blanco. No prometo seguridad ni estabilidad, te juro que habrá miedo, frustración, caos e incertidumbre, pero si logras pasar ese inframundo del ser, te espera algo al final y eso es la prueba irrefutable de que eres tú, un tú a tu medida, auténticx. Ojo, no estoy diciendo que serás perfectx, sino humane”.
Hace tiempo mi jefa de servicio social, quien imparte el taller de redacción en la Facultad de Filosofía y Letras, me contó con pesar y preocupación cómo tuvo que reprobar a dos de sus alumnes porque en sus ensayos finales había detectado, con ayuda de un software, el uso de IA en más de un 90% de sus trabajos. Me contó que al pedirles explicación de por qué habían recurrido a eso, una de las dos personas le dijo que fue por miedo, ya que le da cosa escribir. Mi respuesta, así como la de cualquiera que lea esto, fue que de seguro a ese alumne le dio flojera y/o procrastinó con su trabajo, lo que le dio pauta para usar inteligencia artificial. Pero al pensarlo más a fondo y tomando en cuenta que mi jefa me dijo que ese trabajo de redacción era de una temática personal que le gustara al alumnado, me pregunté lo siguiente: ¿y si en realidad esa persona sí tuvo miedo de escribir?, ¿y si en realidad el uso de IA, en algunos casos, en este tipo de trabajo de índole personal, responde a una cuestión de miedo por expresar qué se piensa, de sacar lo que caracteriza al pensamiento crítico propio para así encajar en un modelo actual de ser y pensar?
No sé mucho sobre la IA, pero sí he sido testigx de su uso por parte de personas en mi círculo social –me incluyo– y casi siempre ha sido más como una herramienta que como una solución a nuestros deberes escolares. Si bien mi experiencia relacionada al uso de esta tecnología no llega al grado del caso de mis compañeres de redacción, me resulta inquietante cómo la IA está ganando terreno en espacios donde el pensamiento humano es el principal recurso de trabajo. De por sí el lugar de las Humanidades en este sistema que prioriza la productividad por encima de la reflexión está en una tarima con ruedas oxidadas, ahora habrá que añadir el hecho de que el uso de la inteligencia artificial en estos espacios para pasar materias sea cada vez mayor. ¿Dónde queda entonces la razón de ser de les futures humanistas? Si pasar materias es el objetivo principal y no fomentar espacios de diálogo y (auto)descubrimiento, ¿no nos habla esto de que la IA no es el problema per se sino una adición inoportuna a un sistema educativo obsoleto?
Creo que las personas que lleguen a leer este artículo no me dejarán mentir cuando diga que todes, TODES, hemos estado en ese lugar: hay un trabajo, ya sea final o de creación personal, que se debe hacer, pero el simple hecho de iniciarlo causa pavor por la desconfianza interiorizada que años de acoso cultural nos han infligido, el famoso “qué dirán”. No es fácil lidiar con él, y más cuando se está en un ambiente escolar, porque alguna vez nos hemos topado con une que otrx profesore que sí es medio nefastite y si algún trabajo que le llegue no es de su agrado, se encarga personalmente de humillar y sobajar. Esto causa inseguridad en lo que unx es capaz de hacer y a su vez genera la duda sobre si alguna vez algo que hagamos valdrá la pena”.
Lo anterior, en el caso de les compañeres, puede que se haya visto incrementado por experiencias propias, recordar que el trabajo que debían entregar no era algo a gusto de la profesora, sino un escrito sobre algo que a elles les gustara siempre y cuando fuera en el formato pedido. Ya puesto todo lo anterior, sí es extraño, por lo menos para mí, que esos alumnes hayan recurrido a IA para investigar y redactar ese trabajo porque de nuevo, si las libertades dadas eran casi ilimitadas, ¿por qué usar inteligencia artificial? ¿A qué le tuvieron miedo?
No quiero señalar a esas dos personas porque, más que casos que deben castigarse, son pruebas del estado intelectual y ético de nuestras comunidades. Sonaré romántico, pero en el acto de crear es donde uno se encuentra a sí mismo más que en ningún lugar. Enfrentarse al vacío de lo nuevo es un lugar donde sólo se está cara a cara con lo incómodo y de ese choque se sale en muletas, pero con la convicción de que hubo un cambio. Sin embargo, en tiempos recientes este proceso de autodeterminación se ha visto mermado por la constante búsqueda individual de aceptación en grupos amplios, por el esmero de generaciones jóvenes, y no tan jóvenes, de dejar atrás partes de sí con tal de ya ni siquiera pertenecer en algunos casos, sino de no sentirse excluides (fomo le dicen).
La IA se cuela aquí, porque si quitas el factor de pensamiento crítico a una creación y lo reemplazas por un cúmulo de datos recopilados obtenidos de fuentes tanto confiables como poco confiables, lo que sale no es una obra humana, es un producto más en la larga cadena de producción de contenido, un ladrillo más en la pared, diría Pink Floyd. Bien me comentó una compañera que estudia ingeniería en computación: “La inteligencia artificial de inteligente no tiene nada. No hemos llegado aún a ese grado de complejidad que sólo encontramos en los procesos mentales ya no sólo la humanidad, sino de otras especies. Lo único que hace la IA es seguir el comando dado y con base en la recopilación que hace responder, generar un resultado que poco o nada se asemeja a un resultado hecho enteramente por un humano”.
Además, el desarrollo de la mayoría de IA corre de la mano de los grandes gigantes tecnológicos, corporaciones que en tiempos recientes han apoyado movimientos políticos radicales, como el de Donald Trump, y por ende toda la información que van a permitir mostrar y recabar a sus programas será información sesgada y/o parcial que beneficie a dichos movimientos.
Es decir, por un lado tenemos a individuos que son insegures de sus propias ideas por el temor de ser excluides y que recurren a la IA para “crear” y tener una sensación de estabilidad en lugar de enfrentarse a sí mismes, a la incomodidad de confrontar sus creencias; y por otro tenemos un sistema que no hace más que intimidar lo nuevo, lo disruptivo, que con ayuda de la tecnología y apoyado en lo político perpetúa el malinformar y prolongar ideas que “salvarán” a estos individuos de ser unos parias para brindarles una sensación de pertenencia y estabilidad basadas en seguir la norma, en seguir lo “aceptado”.
Lo dicho hasta el momento puede parecer un poco paranóico y hasta cierto punto lo es. Sin embargo, creo que es necesario ser conscientes sobre qué tipo de implicaciones tiene nuestro uso de la IA, hasta dónde van las redes de lo que consumimos y cuestionarnos qué tan “imparciales” y “objetivas” son las herramientas que día a día aparecen en nuestro quehacer. Esta tecnología llegó para quedarse, eso es un hecho, pero como toda creación humana (por más irónico que suene en este caso) hay un porqué respaldado en una ideología.
No sé si mis compañeres vieron lo que conllevaba usar la IA para un trabajo de humanidades, sería aterrador si no, porque eso significa que ahora más que nunca hay que reflexionar sobre esta herramienta, sobre su presencia en espacios de pensamiento y sobre su normalización a la hora de volverse una salida fácil para deberes académicos.
Por: Aram Rangel Alcantara e Isael Guillermo García Macedo
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