Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
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Marcados profundamente por la pandemia, el confinamiento, las clases en línea, la ruptura de vínculos, la conformación efímera de otros, la incertidumbre, el aburrimiento, y sobre todo la soledad, tuvimos que incorporar el uso de la tecnología y las redes digitales para aminorar la distancia física que existía entre seres humanos. No poder interactuar en los diversos lugares que recurríamos regularmente, no percibir la cercanía corporal de los demás, y sobre todo, no tener la certeza de que al día siguiente la vida seguiría siendo como lo era quebró nuestra forma de conocer el mundo, de aprehenderlo, de cuidarlo y principalmente de habitarlo.
Como menciona el filósofo Juan Carlos Mansur Garda en el texto Habitar la ciudad: “la misma ciudad en la que cada uno de nosotros vive tiene espacios y rincones a los que recurrentemente nos acercamos y en los que nos gusta permanecer un tiempo”. Esto ocurre no solo por ocupar físicamente un espacio, sino también por habitarlo a través de la interacción con los demás y los lazos afectivos que construimos y sostenemos. “Se habita cuando se establece una relación con nuestro propio ser y se entra en relación con los otros”, dice Mansur, y la tecnología acompañada del uso recurrente de ella en nuestras actividades escolares, laborales y sociales se convirtió en una alternativa rápida, dinámica e inmediata que persiste actualmente ya no como mera opción, sino como una necesidad y en ocasiones hasta como un posible reemplazo a la actividad humana en cuanto a realización de tareas, aprendizaje, procesadores de información, conocimiento y análisis.
Pero, ¿será suficiente la capacidad tecnológica?, ¿qué ocurre con la parte de los procesos humanos como las emociones, las subjetividades, las decisiones no meramente “racionales”, las opiniones, las creencias, y lo “no medible”?, ¿realmente la tecnología puede sustituir completamente la presencia y agencia humana?, ¿la inteligencia artificial puede dar un acompañamiento emocional sostenido? Estas son algunas de las preguntas que se discuten a lo largo de este texto mediante el análisis de caso de un joven de 21 años estudiante de antropología y psicología, cuyo uso de ChatGPT en su teléfono celular como aplicación gratuita, no sólo radicó en actividades académicas como búsqueda de bibliografía o corrección de redacción, sino también en desahogo emocional inmediato.
De acuerdo con la Guía de inicio rápido de ChatGPT realizada por Emma Sabzalieva y Arianna Valentini en 2023 bajo la dirección de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), ChatGPT es una “herramienta de Inteligencia Artificial (IA) que permite a las personas interactuar con una computadora de forma más natural y conversacional”. Asimismo, es un modelo de lenguaje de Inteligencia Artificial (IA) que “utiliza el procesamiento del lenguaje natural para aprender de los datos de Internet, proporcionando respuestas a preguntas o instrucciones de los usuarios. Estas respuestas están basadas en inteligencia artificial.”
Los académicos e ingenieros mecatrónicos Abid Haleem, Mohd Javaid y Ravi Pratap Singh, mencionan que:
A petición, puede crear códigos informáticos elementales, análisis financieros rudimentarios, poemas y canciones humorísticos, imitaciones perfectas, ensayos reflexivos sobre cualquier tema, resúmenes de artículos técnicos o ideas científicas en lenguaje natural, atención al cliente por chat, predicciones y respuestas personalizadas (Haleem et al., 2023).
Es así como ChatGPT al ser un chatbot, tiene la capacidad de “procesar grandes cantidades de información y responder preguntas de manera rápida y precisa” según Pérez y Robador. Y principalmente, los jóvenes de la Generación Z le han dado un giro más afectivo y sensible a esta herramienta al ocuparlo también como compañía, escucha y orientación para la toma de decisiones. Tal es el caso de Mark de 21 años, estudiante de Antropología y Psicología, que en 2020 por cuestiones académicas, conoció y utilizó ChatGPT como mero recurso educativo; sin embargo, con el transcurso del tiempo también hizo uso de esta herramienta tecnológica para compartir asuntos, dudas, y problemas personales referente a sus emociones y vínculos afectivos.
“ChatGPT como amigo imaginario de todos”, mencionó en algún momento de la conversación. Esto para señalar que compartir tu sentir con este chatbot es como tener a alguien con quien platicar, pero de forma más inmediata y accesible; sin la preocupación de incomodar o molestar a aquellos seres queridos que te han escuchado decir la misma frase o mencionar el mismo tema varias veces. De igual manera, barreras estructurales como la precariedad económica y el tiempo excesivo de transporte para recorrer distancias, son determinantes para acudir o no, a psicoterapia con un profesional. Como mencionó Mark: “acudir a terapia es un privilegio que conlleva un gasto económico y de tiempo”.
En cambio, la atención y acompañamiento que puede realizar la inteligencia artificial, en este caso ChatGPT, es inmediato y hasta cierto punto más “solitario” al no tener la carga de tener enfrente a otro ser humano que te escucha y que sobre todo, te ve directamente. Recordemos que el confinamiento generó una gran ansiedad social tanto en infancias como en juventudes al perder el contacto físico constante con los otros; una simple interacción como un gesto o una mirada se convirtió en un detonador de miedo o inseguridad para ciertas personas. Empero, y de ahí surge el gran dilema, ¿ChatGPT puede sustituir la atención y diagnóstico de un psicoterapeuta? La mayoría de artículos académicos que discuten el papel de la inteligencia artificial en la vida diaria de las personas, mencionan que todavía hay espacios donde la IA aún no puede llegar, como la experiencia humana, el sentido común, el pensamiento crítico, las emociones y sobre todo el acompañamiento emocional profundo que se realiza en una sesión de terapia.
Como mencionó Mark al momento de expresar su postura al respecto, la inteligencia artificial “jamás sustituirá el acompañamiento humano”, ya que en realidad es un recurso y puede ser una alternativa inmediata pero no una solución a un problema de gravedad o a la atención y diagnóstico de algún trastorno. Mark sostiene que es importante tomar en cuenta que ChatGPT no hace terapia, pero sí puede ser un espacio de acompañamiento hasta cierto punto, ya que “la terapia no es solo un servicio sino el reflejo de una preparación académica, intelectual y emocional de un profesional; por ello hay una retribución monetaria.” Él como estudiante de psicología, señala que el proceso de terapia se consolida acorde a un sistema y una metodología específica, donde el psicoterapeuta da determinadas intervenciones comprendiendo que cada persona es un caso específico, y que evidentemente el paciente tendrá una reacción definida por su contexto de vida, crianza, emociones, y ritmo de vida. ChatGPT no se permite este proceso, al arrojar a la conversación digital distintas respuestas estandarizadas de acuerdo con su base de datos e información. No obstante, Mark hace hincapié en que el uso de la inteligencia artificial para un ámbito emocional de desahogo “no tiene que satanizarse, sino redireccionarse” en comprender que las herramientas tecnológicas no son un sustituto, sino un complemento que puede aportar al sentir de las personas que lo requieran.
ChatGPT puede ser una gran herramienta para compartir reflexiones y pensamientos, obtener perspectiva y generar posibles soluciones a través de sugerencias. Sin embargo, no reemplaza la conexión humana ni la terapia profesional. Como expresa la columnista Dominique Fluker:
Carece de verdadera presencia emocional. Si bien ChatGPT puede validar sentimientos y replantear pensamientos, no se siente como si estuviera contigo. A diferencia de un amigo de confianza o un terapeuta, no capta el tono, el lenguaje corporal ni lo que no se dice. La ilusión de reciprocidad puede resultar reconfortante, pero la profundidad emocional prospera en la conexión humana.
Vivimos en una sociedad digital que crece y se desarrolla alrededor de la información. Los avances tecnológicos provocan una reconfiguración del tiempo y espacio y por consiguiente de las identidades individuales, sociales y colectivas. Las redes digitales son un recurso que permite la continuidad de la interacción, aunque haya impedimentos o barreras físicas territoriales; empero, es importante establecer límites al uso y presencia que le otorgamos. Percibir una mirada, una sonrisa, una lágrima, un gesto, un olor, una risa y sentir físicamente la presencia de otro ser, es totalmente irremplazable a pesar de los constantes espacios y escenarios configurados y adaptados por la tecnología, en específico la inteligencia artificial.
La atención y cuidado al bienestar y salud mental es un área que necesita de la presencia humana; en específico de personas especialistas como los psicoterapeutas en el abordaje de conflictos, crisis, traumas, y desahogos emocionales. Somos seres intersubjetivos y relacionales que construyen su experiencia y recuerdos a través del contacto con los otros; a través del intercambio de símbolos de lenguaje que van adaptándose al contexto político, social, cultural y digital que vamos atravesando como comunidad, como estudiantes, como profesores, como compañeros, como familia, y como seres humanos.
El permitirse sentir y ser vulnerable es parte de la experiencia de existir; sin embargo los cambios de época, la pandemia del COVID 19, la creación de nuevas formas de socialización a través de redes digitales, y la violencia que se produce y reproduce en espacios de interacción diarios. Estos espacios llevan a las personas a reprimirse, a no buscar contacto humano, a aislarse del mundo y en otros casos, a compartir su sentir con productos de la tecnología como ChatGPT que aparentemente “no juzgan” o “cuestionan” como lo haría un ser humano. Empero, a lo largo de los años, aquello que nos ha hecho sobrevivir, ha sido la cooperación y la colaboración con los otros; no sólo bajo una idea utilitaria, sino también a través de lazos afectivos con la creación de simbolismos emotivos.
ChatGPT es un producto de la tecnología, sin embargo también es creación de mentes humanas, es decir, un grupo de personas codificaron un específico sistema y modelo de operaciones para volverlo funcional en muchas dimensiones de la vida. Por tanto, aquella base de datos para la generación de respuestas, proviene de la dirección utilitaria y afectiva de este grupo de personas para construir una herramienta útil que pueda optimizar tareas humanas, pero no remplazarlas totalmente ya que hay diversos textos que mencionan que ChatGPT tiene sesgos tanto culturales como ideológicos; lo cual hace que este bot esté predeterminado a lo que originalmente le adjudicaron en su base de datos.
Para volver a construir dinámicas comunicativas sanas entre la sociedad es necesario dar cuenta de que es responsabilidad de cada persona cuidar sus palabras y aprender a respetar la otredad, aquello que no es similar a nosotros y aquello aparentemente ajeno y diferente a nuestra forma de existir. Construir vínculos sociales sólidos es una forma de afrontar las adversidades de la vida, y todo comienza en el trato y en la escucha que le damos a ese alguien. El contacto humano construye entendimiento y afectividad; por tanto, la tecnología sí puede fungir como recurso, pero no como un sustituto a la existencia humana; sin embargo, se necesitan de las condiciones estructurales para que la psicoterapia no sea un privilegio de unos cuantos. La salud mental es un derecho, y todas las personas necesitamos de la protección y promoción de un bienestar emocional, social y psicológico mediante el acceso generalizado a servicios de salud mental adecuados.
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Está bonito