¿Volveré a ser quien era antes de usar ChatGPT?
Por: América Gabriela Salazar Morales
Cada día dependo un poco más de la IA
Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Azcapotzalco
Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Azcapotzalco
Es curioso que, aunque el tiempo avance y desarrollemos nuevas tecnologías, el debate que surge sea siempre el mismo. Por un lado, están aquellas personas que apoyan la tecnología y esgrimen razones por las cuales ésta representa un paso para el progreso. En respuesta surge otro grupo, alegando que va en contra del orden natural y perjudica a las personas.
Con los años, este histórico debate se diluye, porque la tecnología termina por formar parte sustancial de la vida cotidiana de las personas. Entonces entramos en la segunda fase de “la moralización del medio”. Este momento es especialmente problemático, ya que al moralizar la tecnología se argumenta que “el medio no es el problema, sino las personas que lo usan”. Un ejemplo claro fue la demanda interpuesta en 2023 contra OpenAI por su uso sin consentimiento de artículos del New York Times, lo que reavivó el debate sobre la transparencia en el entrenamiento de los modelos de inteligencia artificial (IA).
Precisamente en 2023 se acuñó un término para describir el efecto psicológico que implica la era digital y del meme: “brain rot”, traducido al español como putrefacción cerebral. La Oxford University Press lo incorporó por su creciente relevancia en la era digital, definiéndolo como “el deterioro supuesto del estado mental o intelectual de una persona, especialmente atribuido al consumo excesivo de contenido trivial o poco desafiante, principalmente en plataformas en línea”.
En este contexto, resulta clave el concepto de “neuroplasticidad”, que estudia la capacidad del cerebro para aprender y desaprender comportamientos mediante la repetición (o la ausencia) de ciertas acciones. Esta capacidad puede ser tan beneficiosa como peligrosa, ya que nos permite desarrollar el pensamiento crítico, pero también reforzar hábitos vacíos como perder el tiempo en revisar el teléfono una y otra vez.
Un ejemplo revelador de cómo la tecnología ha moldeado nuestra mente es la escritura. En la prehistoria solo existía el habla, que no se considera una tecnología porque se aprende por imitación. En la antigüedad, los libros eran producidos por escribas que interpretaban y refinaban las ideas de los escritores como Sócrates. De hecho, estos textos carecían de espacios y signos de puntuación, por lo que solo unos cuantos podían leerlos en voz alta para los demás; la lectura era, por tanto, una práctica colectiva.
Con la incorporación de espacios y puntuaciones, los autores pudieron apropiarse de su escritura, dando lugar a textos más complejos y variados, y al surgimiento de las bibliotecas. Aunque los escribas seguían siendo necesarios, la lectura se volvió una actividad más íntima. No obstante, con la invención de la imprenta y la adopción del papel facilitaron la reproducción de libros, la difusión del conocimiento y, en teoría, la reducción de los costos (aunque esto aún podría debatirse).
Durante siglos, la lectura en papel fortaleció el pensamiento abstracto, la imaginación y la reflexión, además de mejorar la memoria al obligarnos a retener ideas y conceptos. Sin embargo, con la llegada del internet, nuestra forma de buscar información cambió radicalmente, instaurando una mentalidad del “copy/paste”, que destruye el proceso de comprensión. Hoy, con un clic, obtenemos respuestas instantáneas que antes requerían análisis. Aun así, seguimos leyendo —aunque sea por compromiso, para cumplir con una tarea o participar en clase—, pero con la irrupción de la IA, gran parte de ese proceso reflexivo ha sido delegado a las máquinas.
Esto ha derivado en una preocupante pérdida de las capacidades de lectura y comprensión, especialmente en la generación Alfa (2010 en adelante), que ha crecido completamente inmersa con estas tecnologías. Mientras que la generación Z (2000-2010), que vivió una transición entre el mundo analógico y el digital, también ha experimentado una disminución progresiva de estas habilidades. Como dice el refrán: “músculo que no se usa, se atrofia”.
Nuestra dependencia tecnológica se ha transformado en una adicción. Somos adictos dispuestos a conseguir de cualquier modo el último iPhone, porque el teléfono actúa como droga —una de la que es muy difícil desintoxicarse—. Todos decimos que podríamos dejarlo cuando quisiéramos, pero nadie lo hace. Pasamos alrededor de 7 horas promedio en el teléfono, y aun cuando no estamos conectados, seguimos condicionados: si alguien nos llama o nos envía un meme volvemos al “metaverso”.
El cerebro, a través de la vista, es fácil de sobreexcitar. Las redes sociales explotan este mecanismo, bombardeandonos con un scroll infinito al estilo TikTok. Vemos un video de treinta segundos, olvidamos y pasamos al siguiente en un ciclo sin fin que deteriora nuestra capacidad de concentración y memoria.
Las empresas lo saben. Plataformas como Netflix han desarrollado el llamado “ambient TV”, un tipo de contenido diseñado no para recuperar la atención de sus usuarios, sino para que no se desconecten completamente mientras responden mensajes o miran TikTok.
Y como ya empiezo a quedarme sin espacio (y mi cerebro me pide revisar las redes), cierro con una reflexión: ¿cómo la tecnología nos condiciona? ¿Y cómo empresas, instituciones y personas se aprovechan de este condicionamiento para manipular a un “rebaño” cada vez más dócil?
Antes de lanzarnos ciegamente al abismo de la confianza tecnológica, debemos detenernos un instante y pensar, como dijo Diego Ruzzarin —quien de hecho me inspiró a escribir este texto—: “Cuidado, hombres de acción, porque ustedes son meros instrumentos de los hombres de pensamiento”. No se trata de dejar de actuar, sino de detenernos lo suficiente para pensar ¿Por qué hacemos lo que hacemos?.
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Una respuesta
Bien. Soy maestra y he visto, con el uso de video juegos y celulares (pantallas en general) la disminución de capacidades cognitivas, de atención, análisis, lecto escritura, entre otras, en el alumnado. Así como cambios en la conducta. Más huraños, menos empaticos, cansados, aburridos, y también ansiosos.
Así como la entrada temprana a contenidos para adultos.
Esperamos que las autoridades que velan por las infancias empiecen a hacer algo, como en otros países, en donde están desdigitalizando a este grupo que es vulnerable.
Gracias