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CRÉDITO: Fundación UNAM

CCH Sur: el amor de mi vida

Número 17 / ABRIL - JUNIO 2025

No es sólo una escuela, es refugio, es consuelo, es complicidad

Picture of Aquetzalli Urban Fonseca

Aquetzalli Urban Fonseca

Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) Sur

El amor de mi vida no es una persona, es un lienzo de pastos verdes, donde generaciones de historias se han tejido en el viento, risas rebotan entre los árboles y lágrimas se han perdido en sus pasillos. Este amor tiene la fragancia de libros antiguos de la biblioteca y del aire fresco que se filtra después de la lluvia atrapado entre las jardineras, como un perfume que se niega a irse. El tiempo, aquí, se suspende.

El amor de mi vida sabe a agua de limón con chía de torres, a chocolates y papitas que se compran con una coperacha entre amigxs. Mi amor se siente en las mochilas pesadas, no sólo llenas de libros, sino de sueños que se arrastran a lo largo de pasillos y escaleras, con cada paso que damos.

El amor de mi vida tiene la textura de carteles de lucha y resistencia pegados en el G, esas bancas rayadas con confesiones que nunca fueron dichas, pero que se quedaron grabadas en el espacio.

Y el sonido… el sonido es como el susurro de los árboles que bailan con el viento. Las ardillas corretean entre las ramas y edificios, ajenas a la vida que pasa, mientras todo se funde en una danza, una melodía secreta de historias no contadas. El sol acaricia las piedras cálidas de las jardineras, creando refugios inesperados, como los que encontré en las tardes más soleadas, cuando el lugar se convirtió en mi consuelo.

Cada paso por sus pasillos me llena de nostalgia. Una nostalgia que sólo se puede vivir cuando el tiempo se va deslizando, imperceptible, entre los dedos. Y al mirarlo, me doy cuenta de que parte de mí queda aquí. Un mural en el X, que resistió dos años antes de desvanecerse, es un pedazo de mí que no muere, que sigue allí, grabado en el aire que respiro.

Acostada en el pasto, sintiendo el susurro de los árboles y viendo el pasar de la gente sin detenerse, me fundí con el lugar. Era como si todo se fusionara, las voces, los sonidos, las personas, los edificios. El tiempo se detuvo, y todo cobró un sentido en esa efímera conexión.

La lluvia, que con su brilloso manto cubría la escuela, me regaló momentos casi sacados de una película, sencillos pero hermosos, riendo tanto con amigos que el agua parecía no querer tocarnos, jugando con una simple rueda de caucho, era una complicidad tan profunda que no compartíamos sólo risas, sino un amor sin palabras, un amor que dejó una marca en el corazón.

Al acercarme a la inminente despedida, me pregunto, ¿cómo le dices adiós al amor de tu vida? El CCH Sur no es sólo una escuela, es un latido en mis zapatos gastados, el testigo de mis primeras veces, el lugar donde me descubrí por completo. Me arranca de sus pasillos, pero algo de él se va conmigo, como si esa pertenencia fuera infinita.

Camino lentamente intentando memorizar cada rincón, cada sonido, cada emoción que este lugar me ha dado. Quiero quedarme con la esencia de sus edificios, con el eco de las voces, con el susurro de las hojas movidas por el viento. Pero, sobre todo, quiero llevarme la gratificación de haber sido parte de algo más grande, algo que no se pierde, que sigue vivo en mí y en todos aquellos que hemos pasado por aquí.

Y, si pudiera decirle algo a alguien que comenzará su camino por el CCH Sur, le diría: “Lo amarás tanto, que cuando te tengas que ir, sentirás que te arrancan el alma con la fuerza de un desgarro. Este amor no sólo transforma, deja huellas que nunca se borrarán, porque te cambia para siempre, es un lugar que se deja, pero nunca te deja ir”.

 

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