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Crédito: Victoria Sarahi Ferrer Pastrana | Escuela Nacional Preparatoria plantel 6 Antonio Caso

Buenas noches, Indiferencia

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

No necesito lo ideal, necesito lo humano

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Omar Hernández Beltrán

Facultad de Estudios Superiores Aragón

Año 2125:

—Buenas noches, Indiferencia —dijo el asistente virtual hogareño, una inteligencia artificial llamada Amor.

—Hasta mañana —respondió llanamente, haciendo honor al nombre que ese mismo asistente sugirió a sus padres.

—¿Quieres que programe a “Alta Cocina” para que tenga preparado el desayuno al despertar? –Alta Cocina era una extensión de Amor, la rama que se dedicaba a preparar la comida.

—Podría cocinar, tengo tiempo, no lo programes —indicó mientras se frotaba los ojos.

—Lo lamento, no te escuché bien, ¿dijiste que lo programe?

—Sí, da igual —dijo rascándose la cabeza. Amor, mientras tanto, entró en reposo hasta el día siguiente.

Muchas veces había cavilado sobre los horribles nombres que llevaban las personas, incluyéndose. Su hermana, por ejemplo, fue nombrada Cansancio. Lo que más la afligía era saber que al mundo le parecían nombres hermosos y comunes.

En diversas ocasiones, le habían explicado el origen del nombre de las nuevas generaciones de la humanidad: un par de lustros después de la pandemia del siglo pasado y de la impresionante (ahora obsoleta) evolución de ese modelo rústico de inteligencias artificiales, las personas se cansaron de los nombres “comunes”, querían cosas originales para sus hijos. Comenzaron a consultar a las primeras IA. Al inicio brindaban nombres especiales: Constelación, Felicidad, Gozo, cosas por el estilo. Sin embargo, todo ello sucedía a la par de la aparición de nuevos programas que comenzaban a bautizar según su funcionalidad, si lo que la IA hacía era asistir médicamente se llamaba: Salud o Sanidad. Con el tiempo, los nombres entre personas e IA eran muy similares, cosa que provocó que estas presentaran uno de sus últimos fallos registrados, y ese fue generar la confusión entre los nombres de ambos. Con el tiempo, fue difícil distinguir a los “Asistentes” de las personas reales, por lo que tanto IA como la gente, comenzaron a seleccionar nombres más fatídicos para los bebés.

Indiferencia pensaba en esto mientras dejaba sus cosas listas para irse a dormir. Le parecía tonto llegar a ese nivel de dependencia, incluso la cotidianidad de su actualidad se le hacía un poco más razonable: ese día fue el último de clases de preparatoria, nadie se felicitó el uno al otro, y sus padres apenas y estaban enterados. Esa primera tarde de libertad después de años aburridísimos se suponía sería la más feliz de su vida, la realidad era totalmente distinta. A pesar de ser consciente de todo el tiempo del cual disponía ahora, no se sentía nada diferente.

Por la tarde, miró una película de cien años atrás. Era un musical sobre adolescentes yendo a la escuela, inmuebles que dejaron de existir y ya no se les llamaba así. En la película, al final del año, todos iban a un baile. Le hubiese encantado poder vivir algo así. Lo único que obtuvo fue un diploma digital y un discurso barato prefabricado de Amor, quien también sugirió esa misma película.

No era solo lo relativo a la escuela lo que la inquietaba, sino que había muchas áreas libres y las personas tenían miles de amigos. Decidió levantarse, luego de suspirar hastiada, y caminar sin ánimos de encontrarse con lo que el mundo era ahora, esos pasos lentos la hicieron prestar atención al gélido suelo. Al mirar por la ventana, lo único que vio fueron columnas interminables de edificios totalmente distintos a los de ese entonces, bordeados con luces neón y drones sobrevolando los cielos. Ni una persona caminando, todos dentro de vehículos manejados autónomamente, y quienes viajaban en esos autos no iban allí por diversión, era porque tenían que salir por una de las pocas tareas que ningún asistente podía resolver. Miró hacia arriba, el cielo no era azul como el de los programas de épocas pasadas, excepto por las horas en que las nubes dejaban entrar un poco de luz. En ese momento, ya en la oscuridad de la noche, deseaba ver también las constelaciones de las que tanto le contaban. Para ese punto, era difícil hacerlo de otro modo distinto a una pantalla de por medio.

Incluso le resultaba inusual que aquellos que habitaron la tierra en el pasado tomaran sus teléfonos y llamaran a sus amigos si se sentían mal. Ahora no, lo único que tenía que hacer era despertar a Amor con una sola palabra y la asistiera psicológicamente. 

La única interacción real que había entre personas y que no tuviera que ver con emergencias, era entre las familias, y solo cuando se reunían para cenar, cosa que además se volvía cada vez más rara. Era únicamente en esas ocasiones cuando no estaban muy “ocupados” como para mirarse al rostro entre los mismos congéneres.

Indiferencia también se preguntaba cómo se conocían las personas que se casaban. En las películas viejas, las personas se invitaban a salir o declaraban su amor de una forma tan poética. Se decepcionó al descubrir que, con el paso del tiempo, el cómo se conocían era en una de esas extrañas ocasiones en que alguien debía salir casa y con un poco de suerte encontrarse con otro con quien compaginaba. Aunque incluso eso comenzaba a ser extraño, la mayoría le decía a su asistente que estaba listo para casarse, entonces se conectaba con miles de IA que buscaban resolver la petición de su humano hasta encontrar a la persona “perfecta”. Y así, se hallaba un apartamento donde pudieran vivir, siendo un nuevo asistente el primero en nacer en ese nuevo hogar.

Supo que llevaba bastante tiempo pensando en eso cuando el mundo se oscureció por completo. Las luces de la calle regían el mundo ahora. Entonces notó que tenía insomnio. Al decidir que estaba cansada de esa realidad, salió de su habitación para atreverse a irse en medio de la noche, incluso eso era extraño, pero relajante, no tener miedo de salir a esas horas. En algunas películas de policías del siglo pasado el crimen era un gran problema.

Amor despertó cuando abrió la puerta de su casa.

—¿Qué necesitas? Puedo llamar a cualquier asistente o programar algún vehículo para que te trasladen de inmediato –saltó Amor al despertar.

—Solo quiero caminar.

—Puedo encender todo el equipo “Musculatura”, el cual incluye caminadora digital.

—Me refiero a tomar aire.

—Activando la simulación “Paseo Nocturno” —avisó Amor para después transformar su casa en una noche estrellada en un parque. Indiferencia no se molestó en explicar nada y simplemente se fue.

Caminó unos veinte minutos, reconociendo que, a pesar de estar en el exterior, también odiaba todo lo que había en su entorno. Le hubiera gustado llegar a ver lo que una banqueta era y no que los vehículos autónomos solo tomaran otro camino o la esquivaran levemente al detectarla, pues todo estaba al mismo nivel de la calle. Al mirar arriba, le era difícil ver dónde terminaban los edificios, mismos que en ocasiones no eran ni siquiera importantes, así eran todos ya. Le hubiera encantado escuchar al menos un ruido, así fuera uno motorizado, ya que la nueva tecnología también se había encargado de eso. A pesar de que millones de personas habitaban esa ciudad, aquello no distaba mucho de un pueblo fantasma de una vieja película.

A lo lejos, después de tanto andar, vio una silueta que se aproximaba, ambos se detuvieron al verse. Era un chico de su edad.

—No sé cuándo fue la última vez que vi a otra persona que no sean mis padres —informó el chico con rostro sorprendido—. Me llamo Rechazo —extendió su mano y ella recordó haber visto ese extraño gesto en alguna película, lo imitó.

Esa conexión creció con rapidez, incluso sus asistentes sugerían programar llamadas para poder platicar, pero ellos preferían imitar lo de épocas antiguas y lo de la noche en que se conocieron. Con el tiempo lo comenzó a amar, pero también detestaba lo nefasto que podía llegar a ser:

—Puedo sugerirte cortar la comunicación con Rechazo y buscar a alguien ideal para ti —decía Amor con constancia.

—No necesito lo ideal, necesito lo humano sin más.

Lo que ella nunca consideró, fue que esos humanos del siglo anterior, a los que tanto añoraba, no resultaban ser tan distintos de lo que ya conocía.

 

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